UNAS PALABRAS DE
PRESENTACIÓN
Comenzamos
esta sección haciendo nuestras las palabras de Marroquín
y Villa (1995:21) sobre la importancia de la comunicación
interpersonal:
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"La
comunicación interpersonal es no solamente una de las dimensiones
de la vida humana, sino la dimensión a través de la
cual nos realizamos como seres humanos (...) Si una persona no mantiene
relaciones interpersonales amenazará su calidad de vida". |
En una sociedad cada vez más cambiante, acelerada y despersonalizada,
el encuentro con el otro y, por extensión, el encuentro de uno
mismo a través del otro no es tarea fácil. Sin embargo,
esta dimensión interpersonal es un factor común en los múltiples
modelos de madurez psicológica propuestos por diferentes autores.
Carpenter, desde su modelo de Competencia Relacional, hace alusión
a la sensibilidad emocional y la empatía; Smith destaca la importancia
de la capacidad de relación estrecha con otros; Allport establece
como criterios de madurez personal la relación emocional con otras
personas, autoobjetivación, conocimiento de sí mismo y sentido
del humor, entre otros; y Heath, desde una perspectiva dimensional evolutiva,
hace referencia al alocentrismo como una de las características
fundamentales (Zácares y Serra 1998).
De acuerdo a Scolt y Powers (1985, citado por Marroquín y Villa
1995:15), los principios de la comunicación interpersonal son los
siguientes:
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"Las
personas se comunican porque esa comunicación es totalmente
necesaria para su bienestar psicológico.
La comunicación no es sólo una necesidad humana sino
el medio de satisfacer otras muchas.
La capacidad de comunicación interpersonal, no debe medirse
exclusivamente por el grado en que la conducta comunitaria ayuda a
satisfacer las propias necesidades, sino también por el grado
en que facilite a los otros la satisfacción de las suyas". |
Las relaciones interpersonales constituyen, pues, un aspecto básico
en nuestras vidas, funcionando no sólo como un medio para alcanzar
determinados objetivos sino como un fin en sí mismo (Monjas 1999).
Por tanto, la primera conclusión a la que podemos llegar es que
la promoción de las relaciones interpersonales no es una tarea
optativa o que pueda dejarse al azar.
Desde el campo psicoeducativo estamos viviendo un interés creciente
por la llamada educación emocional. Autores como Gardner (1995)
a través de las Inteligencias Múltiples y, más recientemente,
Goleman (1996) con su concepto de Inteligencia Emocional, han inclinado
sensiblemente la balanza ante los aspectos emocionales del individuo.
La extensa obra de estos y otros autores (Pelechano 1984, Mayer, Caruso
y Salovey 1999) afirman con rotundidad que el éxito personal ya
no depende tanto de nivel de inteligencia lógico-matemática
como de las habilidades que el sujeto tenga para manejar contextos interpersonales.
Si esto es así, y parece serlo a la luz de los datos tanto empíricos
como fenomenológicos, la consecuencia es clara: hemos de educar
a las futuras generaciones en habilidades como la empatía, la resolución
de conflictos interpersonales, el manejo de sus sentimientos y emociones,
el control de la ansiedad, la toma de perspectiva y estrategias comunicativas,
ya que les estaremos preparando para el éxito, entendido éste
como un elemento que contribuye a una mayor calidad de vida.
Según Bisquerra (1999) la educación emocional tiene como
objetivo último potenciar el bienestar social y personal, a través
de un proceso educativo continuo y permanente que aúne el crecimiento
emocional y el cognitivo, porque ambos son necesarios para el desarrollo
de la personalidad integral.
De acuerdo con este autor, la educación emocional facilita actitudes
positivas ante la vida, permite el desarrollo de habilidades sociales,
estimula la empatía, favorece actitudes y valores para afrontar
conflictos, fracasos y frustraciones y, en definitiva, ayuda a saber estar,
colaborar y generar climas de bienestar social.
EL MOMENTO ACTUAL EN EL SÍNDROME DE DOWN
Obviamente, todo lo anteriormente expuesto en términos generales
para cualquier individuo, es igualmente válido para una persona
con síndrome de Down. Los niños, adolescentes y jóvenes
adultos con síndrome de Down se están incorporando paulatinamente
a la sociedad con un papel activo: se incorporan a la escuela ordinaria,
acceden al trabajo normalizado, frecuentan los espacios de ocio y deportivos
del barrio, son consumidores de servicios de salud, cuidado personal y
estética, participan en grupos parroquiales, etc. En definitiva,
están normalizando su vida en los diferentes ámbitos o esferas
de la misma.
Esta realidad es tremendamente enriquecedora para las nuevas generaciones
de jóvenes con síndrome de Down ya que les procura multitud
de estímulos, nuevos modelos a imitar, mayores refuerzos... Pero
esta misma realidad, a su vez, es muy exigente ya que le plantea al joven
mayores retos: la necesidad de discriminar lo relevante de lo superficial,
de reaccionar ante situaciones novedosas, de saber cuidar de sí
mismo al disponer de mayores cotas de libertad y autonomía, etc.
Comunicar sus necesidades con precisión, solicitar ayuda, manejar
la ansiedad, tomar un papel activo, controlar su lenguaje, acomodar la
forma de relación, aceptar la opinión del otro o saber convivir
con compañeros de acuerdo a unas normas, se convierten para estos
jóvenes en habilidades de supervivencia.
Los jóvenes con síndrome de Down quieren salir a divertirse,
tener novio/a, vivir de manera independiente, tener un trabajo; quieren,
en definitiva, hacer sus propios proyectos. Estos deseos planteados hace
años eran eso, deseos. Actualmente, cada vez más jóvenes,
afortunadamente, pueden ir haciendo realidad estos sueños. Ahora
bien, esta autonomía personal debe acompañarse de la misma
dosis de responsabilidad y compromiso (Troncoso 2000).
Autonomía y responsabilidad son las dos caras de la moneda en las
que debe apuntalar el joven su proyecto de vida, su proceso de crecimiento
personal. Crecimiento que, necesariamente, debe partir de una serie de
presupuestos básicos:
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Debe
basarse en un conocimiento profundo y una aceptación incondicional
de sí mismo, todo ello dentro de un marco interpersonal, un
"encontrarse a sí mismo" para proyectarse hacia los
demás, enriqueciéndose en ese camino de "ida y
vuelta". |
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Debe
abarcar todas las dimensiones de la persona, esto es, relaciones familiares,
aspectos laborales, ocio, aspiraciones personales, amistades y relaciones
de pareja, y fomentar su capacidad de autodeterminación en
estos ámbitos o esferas vitales. |
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Implica
necesariamente que los demás les percibamos en su rol de adulto,
y les reconozcamos no sólo su capacidad sino su derecho a crecer
en el sentido más profundo e íntimo de la palabra. |
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Debe
extenderse hasta la última etapa de la vida, la vejez, momento
en el que la dimensión interpersonal cobra especial significado.
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Con cierta frecuencia nos encontramos con niños, adolescentes y
adultos que precisamente tienen dificultades en esta dimensión
interpersonal: graves problemas de comunicación oral, dificultades
para establecer relaciones afectivas, trastornos de conducta, etc.
En estos casos, el familiar, cuidador o profesor deberá encontrar
la "onda" en la que el chico se comunica (gestos, sonidos, movimientos
oculares, etc), dándose una verdadera sintonía interpersonal
en la cual la palabra es sustituida por la mirada, la caricia y el gesto.
Más aun, será precisamente en estos casos de dificultad
de comunicación en los que deberemos habilitar otras fórmulas
o vías creativas para que el chico pueda expresar su mundo interior
y así evitar un aislamiento y ruptura con el otro mundo, el exterior.
Por todo ello, consideramos fundamental, tanto en aquellos jóvenes
con altos grados de capacidad y autonomía, como en aquellos con
más limitaciones, potenciar su dimensión interpersonal o,
en otros términos más actuales, su inteligencia emocional.
Ante lo expuesto, a los profesionales y familiares nos compete reflexionar,
actuar en consecuencia e intentar dotarles de los mejores recursos posibles
para que esta aventura de formar parte activa de la sociedad, con sus
pros y contras, tenga éxito y sea gratificante.
Si iniciábamos esta introducción de la mano del Profesor
Marroquín, queremos finalizar con un mensaje de A. Fierro (1999:96)
que encierra el propósito último del devenir humano, del
crecimiento personal y de la posibilidad de autodesarrollo:
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"También
ellos han de confeccionar el cesto con los mimbres de los que disponen.
Y, con la ayuda de otros, disponer de recursos para, al final de la
vida, aunque no escriban sus memorias, poder decirse a sí mismos
en voz baja: creo que he vivido". |
Diana Cabezas Gómez.
Psicóloga Clínica |