Un año después

La semana pasada, leyendo el último número de la revista de la Fundación Síndrome de Cantabria, volví a recordar todos los sentimientos que nos envolvieron en el embarazo de Miguel cuando nos dijeron que tenía síndrome de Down.

Nosotros vivíamos más o menos felices con nuestras tres hijas cuando decidimos tener el cuarto hijo. Todo fue totalmente normal, hasta que al tercer mes de embarazo y tras una ecografía con alguna señal de alarma, nos diagnosticaron mediante amniocentesis que nuestro cuarto hijo, varón, tenía síndrome de Down. Fueron unos momentos muy duros para nosotros que en la vida habíamos tenido ningún problema importante. Sin embargo, ahora muchas veces hablamos mi marido y yo que nos parece imposible aquel disgusto inicial tan fuerte.

Los meses previos al parto de Miguel nos sirvieron para prepararnos y conocer algo sobre el síndrome de Down, con la inestimable ayuda de la Fundación de Cantabria, puesto que no sabíamos absolutamente nada sobre él. Mucha gente no entendía cómo habíamos optado por el diagnóstico prenatal si dentro de nuestros esquemas no entraba la opción del aborto; pero nosotros no dudamos, pues la otra opción tras la ecografía era pasar los 6 meses restantes con la incógnita de si nuestro hijo nacería o no con una anomalía cromosómica. Desde luego fue mucho mejor saberlo, pues cuando nació Miguel supuso para todos, incluidos abuelos, tíos y primos, una alegría enorme. La familia se desplazó rápidamente, como no lo habían hecho con ningún otro nacimiento, y nos acompañaron en esos momentos tan especiales.

Miguel ya tiene 6 años, intentamos que sea uno más entre sus hermanas, aunque a veces eso no resulta fácil, ya que Miguel tiene un encanto que nos hacer perder la cabeza a veces. Gracias a Dios en su educación también intervienen sus hermanas y le ponen en su sitio muy a menudo. Es un niño muy sociable con el que vecinos, familiares y amigos se encuentras muy a gusto.

Cuando conozco a nuevos padres de niños con síndrome de Down, lo que más intento transmitirles en esos momentos de sufrimiento es que, aunque no lo crean, todos hemos pasado lo mismo y que, con el tiempo, su vida volverá a la normalidad como nos ha pasado a nosotros.

Pepa Muruzábal y Miguel Torre
Santander

Publicado en Revista Síndrome de Down, 12(3), 1995. Reproducido con autorización.


Ejercer de Padres

Somos un matrimonio de Barcelona, padres de un niño maravilloso de 17 meses llamado Luis.

En estos momentos, estamos esperando una niña para el mes de septiembre. Es una niña que se llamará como su madre, Sara, y nos han informado que tiene el síndrome de Down. Dicho diagnóstico fue mediante amniocentesis y dentro del plazo legal del aborto.

Quizás sea una situación muy poco habitual que unos padres sepan antes del nacimiento que su hijo vaya a tener síndrome de Down... y lo acepten.

A decir verdad, nuestro ginecólogo se quedo "parado" al decirle que no íbamos a abortar. De hecho nos comentó que en su consulta más del 95 % de las parejas en nuestro caso aborta (que cada uno saque sus conclusiones...).

Nosotros no tardamos más tres minutos en decidir no abortar. Habíamos ido a buscar un segundo hijo y la teníamos... Sin más...

Evidentemente, el conocer la noticia fue un golpe para ambos; pero afortunadamente hemos estado muy unidos y eso nos está facilitando mucho las cosas. iQué importante es estar unidos y haber coincidido en la decisión!

Una vez decidido que Sara iba a ser una más dentro de nuestra familia, pasamos a la fase de información. Y afortunadamente, cuanto más sabemos y más fundaciones u organismos conocemos, más felices estamos con la decisión tomada. En estos momentos, podemos decir que tenemos una ilusión absoluta porque nuestra hija nazca, y poder empezar a ejercer de padres con el mismo amor que hacemos con su hermano mayor.

Por otro lado, todo nuestro entorno familiar y amigos han acogido el tema con gran fortaleza e intenciones de apoyo. Desde aquí queremos agradecer a nuestros padres, hermanos y amigos todo el cariño con que se han manifestado al conocer la noticia.

Para concluir, queremos decir que no sabemos qué nos deparará el futuro con Sara. ¿Pero quién sabe? ¿Alguien sabe cuando nace un hijo cómo será cuando tenga 20 años? O aunque sea cruel, ¿alguien sabe siquiera si llegará cumplir esos 20 años?

Lo importante es vivir el presente y ser felices en él... y os aseguramos que nosotros somos muy felices.

Pedro Luis y Sara
Barcelona


Publicado en Revista Síndrome de Down, 18(3), 2001. Reproducido con autorización.



9 Meses, 38 Semanas, 226 Días de Memoria

Pocas cosas quedarán en la permanente memoria de mi vida tan duramente escritas como el embarazo de mi hija con síndrome de Down.

Era la cuarta de mis hijos y nacía 7 años después de su anterior hermano.

Esa niña no estaba proyectada, al menos en aquel momento y después de tres cesáreas anteriores.

El argumento lógico sería preguntar: ¿pero cómo, después de tres partos por cesárea, no se ligó Ud. las trompas? Y la contestación para aquellos que lo están leyendo es que, simplemente, no me dio la real gana de hacerlo a los 31 años que tenía cuando di a luz a mi tercer hijo. La vida da muchas vueltas, pensé entonces, y a mí me gustaban los niños. Estaba en buena forma física y, en definitiva, era mi propia responsabilidad, no la de los médicos, tan aficionados hoy en día a dictaminar la tasa de natalidad.
Lo cierto, sin embargo, es que cuando Beatriz llegó había pasado demasiado tiempo. Yo tenía 38 años y las responsabilidades laborales y, sobre todo, familiares habían aumentado proporcionalmente a la altura y edad de mis otros hijos, a la organización y orden de una casa en la que sus dos cabezas de familia trabajaban también fuera de ella.

Pasado el primer mes de embarazo empezaron los problemas, primero físicos pues adelgacé unos 3 kilos, y luego los mentales que, en realidad, son siempre los más incisivos porque te machacan las 24 horas del día. No dormía apenas, y cuando lo hacía las pesadillas hacían que me sintiera más despierta que cuando realmente lo estaba.

Al poco tiempo el ginecólogo me sugirió hacer una amniocentesis pues las ecografías no indicaban nada anormal y ello me quitaría la permanente preocupación de que: “algo no iba bien”.

No quise.

No quise porque no me sentía suficientemente madura para tener que tomar algún tipo de decisión drástica en caso de un fatal diagnóstico. Era, sencillamente, demasiada responsabilidad y yo no quería más responsabilidades de las que ya tenía.

Al cuarto mes empecé a tener pérdidas, hecho que corroboraba, como otros muchos síntomas añadidos, que aquel era un embarazo distinto.

Las noches eran cada vez más largas y mis conversaciones con aquel bebé más tristes. Mi deseo era perderlo antes de que naciera y mi sentido de culpabilidad iba poco a poco invadiéndome el terreno hacia cualquier pensamiento positivo.

Ecografía tras ecografía nada parecía indicar anomalías físicas internas en el bebé, pero en mí la idea persistía con más fuerza, hasta el punto de considerarlo un hecho.

El día antes de nacer mi hija, una buena amiga me preguntó:

-“Bea, ¿a qué tienes tanto miedo?". Y yo le contesté:

-“A tener un hijo con alguna deficiencia mental”. Ella añadió:

- “Y ¿por qué?”

-“No podría soportarlo”, concluí.

Dieciséis horas después nacía Beatriz y con ella venía a mi vida el síndrome de Down.

Siempre he pensado que, si en aquella habitación de hospital no me rompí por dentro al enterarme de la noticia, fue porque ya lo había estado durante los 9 meses de su gestación.

Mi duelo, mi tristeza, mis terrores nocturnos, todo... Todo aquello que hace a una persona tan cobarde e impotente de sí misma, maremotos internos por el miedo a lo desconocido, a la insignificancia, a sentirse un títere de las circunstancias que la vida le planta a uno delante de su casa, todo... lo peor, había ya terminado.

Nueve meses, treinta y ocho semanas, doscientos veintiséis días tardé yo en recuperarme de lo que fue mi encuentro con la diversidad en la vida y, gracias a Dios, el doscientos veintisiete se lo dediqué por entero a mi hija Beatriz.

Gracias, Bea, pues aunque fue espantoso el recorrido, me olvidé de él en cuando te vi. Atrás quedaron arrumbados de inmediato el rechazo y la angustia. Tu vida me devolvió la mía, que tan gozosamente vivimos juntas, con tu padre y tus hermanos.

Gracias por existir Beatriz, y por esa sensatez que me brindaste en tan mal momento, pues sin ella no tendría, hoy, éstos tan felices a tu lado.

Por quererme tanto y dejar que yo te quiera. Gracias.

Beatriz Gómez-Jordana Moya

Inicio Quiénes somos Inscríbete Contacta

Down21.org es una Fundación sin ánimo de lucro, apoya nuestra causa
Registro de Fundaciones 28/1175-G-82737024