El sentimiento de rechazo, del que ya hemos hablado es denominador común en muchos padres. Este rechazo, ya sea hacia el niño, ya sea hacia su discapacidad en general, es vivido por los padres con mucha angustia. Rechazan a su hijo, y esto les hace sentir mal. Además, es un sentimiento del que se habla poco, porque da mucho miedo reconocerlo: se supone que no es natural sentir rechazo por los hijos.

La sensación de rechazo y culpabilidad aparecen muchas veces unidos, ya que es habitual que un sentimiento de rechazo haga que los padres se sientan culpables. Además, las manifestaciones de ambos son las mismas en muchos casos, razón por la que suelen exponerse juntos.

Al conocer que el bebé tiene síndrome de Down, es normal buscar causas y culpables a este hecho. Muchas madres se sienten responsables, y se preguntan si la causa habrá sido el fumar, tomar alcohol, drogas, hacer demasiado deporte, etc. Otras veces, aparecen discusiones entre los padres, y se echa uno a otro la culpa. Estos sentimientos suelen desaparecer con información real acerca del síndrome de Down, y al darse cuenta de que la única causa es una alteración cromosómica de la que nadie es culpable.

En segundo lugar, algunos padres, sobre todo con altas creencias religiosas, lo entienden como un castigo por no haber sido todo lo "buenos" que deberían. Consideran entonces que son los culpables, ya que esto les ha pasado por haber realizado una serie de acciones incorrectas en el pasado. Algunos reaccionan entonces realizando trabajos voluntarios con personas necesitadas, o mediante ayudas económicas a asociaciones, etc., olvidándose a veces de su hijo.

Otra posibilidad ante el sentimiento de culpabilidad producido por el rechazo sentido hacia el niño o sus características, es la sobreprotección compensatoria. Se sobreprotege al niño, impidiéndole que crezca como persona autónoma e independiente.

También, la no-aceptación del bebé se esconde a veces en profesionalizarse en el tema. No se refiere esto a los padres que se forman en el síndrome de Down como respuesta a la necesidad de información o a las ganas de ayudar a su hijo. Se trata de padres que olvidan que son padres, y su relación con sus hijos es fría, únicamente centrada en enseñarle muchas cosas.

Por otro lado, la no-aceptación plena del niño con síndrome de Down puede dar lugar a una sobre-exigencia o perfeccionismo. Se espera que nuestro hijo sea el mejor niño con síndrome de Down o que llegue a ser como el resto de los niños. Esta actitud perfeccionista se manifiesta en actitudes de "centralismo" hacia el niño: "todos hacemos lo que podemos para que salga adelante". Se crean unas pautas de interacción con el niño inadecuadas: se le exige más de lo debido y se le atiende demasiado, de manera que se crea una dependencia del niño hacia una persona, generalmente la madre. Esto crea además una agresividad latente, ya que se frustran los deseos personales de realización de la persona que más se entrega al niño y de toda la familia, que debe sacrificarse por el niño con síndrome de Down. Además, como se le exige tanto al niño, éste se frustra y se siente incapaz de hacer lo que se le pide. El niño tiene una falta de confianza en sí mismo, u se percibe como que solo es querido si hace las cosas bien.

El polo opuesto a esta reacción sería la postura del padre que se ha rendido, que no lucha, que piensa que no hay nada que hacer y que no espera nada del niño.

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