Como hemos indicado previamente, es conveniente que el alumno joven haya participado en un programa de aprendizaje perceptivo-discriminativo. Ésta ha sido una de las razones por la que hemos dedicado tanta atención a dicho aprendizaje en los capítulos 3 y 4.
Si el alumno ya tiene 8 o 9 años de edad, es probable que sus capacidades de atención y percepción estén suficientemente desarrolladas. En pocas sesiones de trabajo podrá entender en qué consiste el aprendizaje de la lectura. En algunas de las etapas del proceso inicial, progresará rápido si se tiene cuidado al programar las actividades y materiales, adaptándolos a su nivel y personalidad.
Refiriéndonos ahora a los requisitos previos relacionados directamente con el método que describimos, es necesario matizar y concretar los siguientes:
Para facilitar la atención y el mantenimiento de la máxima concentración posible deben evitarse o atenuarse los estímulos que puedan interferir con el estímulo propuesto al alumno. Es preciso que a nivel de figura-fondo, tanto en lo visual como en lo auditivo, no se le creen confusiones. Por tanto, se evitarán ruidos, movimientos innecesarios, comentarios y conversaciones de quienes observen la sesión. También se evitará que el alumno tenga a su alcance otros materiales que le interesen más que el propuesto por el educador. Las frases que se empleen para indicarle qué debe hacer, serán cortas, emitidas con pausa y con claridad de contenido y de articulación.
Si se analizan las causas de los fallos, si se modifican las estrategias y si se mantiene una intervención adecuada, las mejoras se producen. Es fundamental acertar con los estímulos que interesen al niño. En este caso, el éxito está asegurado.
Nuestra recomendación, basada en la experiencia y en los resultados, es que este programa debe comenzarse cuando el niño cumple estos requisitos mínimos. No conviene esperar a que se produzca la madurez para la lectura descrita clásicamente, y propuesta por diversos autores que, probablemente, es necesaria con otro tipo de métodos. Según nuestro criterio, no es preciso que el alumno tenga una edad mental de 5 a 6 años, ni un lenguaje oral fluido y claro, ni una lateralidad bien establecida, ni una casi perfecta coordinación motriz, ni un C.I. por encima de 50. Estos "mínimos" pueden ser inalcanzables o alcanzarse muy tarde en el caso de las personas con síndrome de Down. Sin embargo, esa «falta de madurez» no impide que sean capaces de aprender a leer. Las experiencias realizadas en diversos lugares, confirman que los niños pequeños con síndrome de Down, con edades mentales inferiores a 6 años, leen.
Por otro lado, no es cierto que los adolescentes y jóvenes que todavía no han aprendido a leer, ya no puedan hacerlo. Varios grupos trabajan con este grupo de personas, demostrando que si antes no han aprendido, es debido a que no se les ha enseñado o se ha intentado con métodos inadecuados. A la hora de trabajar con personas mayores, será preciso no "infantilizar" el modo de hacerlo. Por tanto, hay que adaptar contenido, materiales y procedimientos a las edades psicológicas e intereses de dichas personas. Probablemente, la madurez adquirida y el interés que pongan en el aprendizaje, facilitará la tarea. Los progresos se darán pronto. No disponemos de datos que nos muestren el nivel lector al que pueden llegar a leer las personas con síndrome de Down que aprenden cuando son mayores. Nuestro consejo es que se inicie el programa de lectura cuanto antes, y que nunca se interrumpa, salvo en situaciones muy excepcionales de fracaso.