Los primeros momentos

El nacimiento de cualquier bebé trae consigo una serie de cambios en la familia en la que entra, tanto si es el primero como si es el último o el de en medio.

Si esto se produce en todas las familias, mucho más acentuado es el proceso cuando el niño que ha llegado tiene síndrome de Down.

El hijo soñado, perfecto, que iba a hacer realidad nuestros sueños, y que iba a ser el reflejo de lo que nosotros somos o de lo que nos gustaría haber sido, no ha llegado. En su lugar llega un bebé distinto. En realidad, todos los padres, tanto de niños con síndrome de Down como de niños sin esta diferencia, pasan antes o después por esta etapa: la de reconocer que nuestro hijo es otra persona, distinta de nosotros y con su propia personalidad e inquietudes, con una inteligencia determinada, con un carácter propio y con unas aptitudes y actitudes que la definen como individuo diferente del resto. Este reconocimiento puede ser más o menos duro, puede darse a los 3 años o a los 18, pero debe traer consigo una aceptación incondicional de nuestro hijo.

¿Qué es diferente entonces cuando el bebé tiene síndrome de Down? Que este proceso de aceptación y de adaptación al nuevo miembro de la familia es algo imprevisto, no normal, fuera de los cánones habituales y sobre todo traumático en su principio. Desde un primer momento se hace evidente que es diferente y no es como sus padres habían pensado. Además, el síndrome de Down tiene una serie de mitos, que aún persisten en el año 2001, debidos a falta de información y desconocimiento, que preocupan enormemente a la familia. Este miedo y preocupación se manifiesta de maneras muy distintas en los padres, pero existen emociones relativamente comunes, lógicas y de carácter muy humano a las que una vez nos enfrentemos y aceptemos -cada uno a su manera y de forma natural- nos ayudaran a comprender mejor a nuestro hijo, a nosotros mismos y al futuro que se nos presenta.

Afrontar miedos, culpabilidades, desorientación, soledad y angustias proporcionarán a esa familia, en un futuro próximo, un marco estable para ese bebé, adolescente y adulto que le aceptará como lo que es: su hijo.