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Jesús Flórez:
catedrático de Farmacología de la Universidad de
Cantabria (España), Doctor en Medicina y en Farmacología |
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Jesús
Flórez, 64 años, catedrático de Farmacología
de la Universidad de Cantabria (España), Doctor en Medicina y en
Farmacología, padre de familia, marido y, sobre todo y por encima,
un hombre normal, asequible, corriente, y una persona con toda la humanidad
que la palabra encierra en sí misma.
Nunca
sabemos si fueron las circunstancias las que le llevaron a ser "tan
así", o fue la vida que, por ser él como es, le entregó
esas circunstancias a sabiendas de que pocos son capaces de sobrellevarlas
con esa sencillez, equilibrio, y haciendo ver a quien le conoce que
todo en esta vida es "tan relativo".
Pregunta.
Como padre de dos hijas con discapacidad, es imposible no preguntarle
quién fue primero, si el huevo o la gallina, para saber qué
es lo que hace a algunas personas, de las millones que pertenecemos al
mundo, tan "perspicaces" con relación al resto. Resumiendo,
¿era usted así antes o le cambió la vida?
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Respuesta. ¿Es que hay alguien a quien la vida no
le haga cambiar? El problema, o más bien la clave, está
en el sentido que uno decida que tenga ese cambio. Cada uno de nosotros
es fruto de su biología y de su entorno. Nacemos con una
dotación que en buena medida nos cualifica; pero después
el entorno, las influencias, las reflexiones que ellas nos imponen,
las decisiones que uno libre y voluntariamente toma, y las consecuencias
de esas decisiones, son las que van modelando nuestro acabado final.
Mis dos hijas constituyen una parte esencial de ese entorno y de
esas influencias.
La formación que recibí en mi juventud y que tanto
influyó en mi "proyecto de vida" constituyó
esa materia prima sobre la que el acontecer de mis hijas fue tejiendo
mi manera de ver y de estar en el mundo. Es un proceso enormemente
dinámico y fluido, nada lineal, nada sencillo, plagado de
luces y sombras. Pero al final nos movemos por razones muy elementales.
La que en mí prima es la siguiente: lo único que da
sentido real a nuestra existencia es mantener una actitud de autenticidad
-ser honrado con uno mismo-, de amor a la justicia, y de servicio
-vivir para los demás-. Voy aprendiendo que estas actitudes
colman todo deseo de felicidad.
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P.
¿Pensó a sus 20 años que la vida le preparaba para
todo lo que usted le ha dado a ella? ¿O jamás se le pasó
por la cabeza las pruebas a las que sería sometido, si es que las
considera como tales?
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R. Creo
que nadie a sus 20 años se imagina la dureza de la vida que
le va a tocar vivir. Personalmente me considero un ser afortunado
porque, pese a los enormes problemas de mi niñez y adolescencia,
dispuse de poco frecuentes oportunidades para obtener una sólida
formación humana y científica, que me han permitido
desarrollar casi sin limitaciones una actividad como profesional,
y como persona que va adquiriendo responsabilidades crecientes en
la sociedad.
Si le soy sincero, son muy escasos los momentos en que he visto
a mis hijas como problemas, probablemente por tener a mi lado una
esposa muy especial. Y quizá también porque tiendo
a considerar los problemas como algo que nos impulsa a encontrar
soluciones, y eso es enormemente positivo. Pero, sobre todo, porque
mis hijas se han esforzado en no ser problema: al contrario, se
han convertido en fuente inagotable de alegría, de ilusión.
Ver a dos seres que, aun cargadas de limitaciones, se esfuerzan
en superarlas con candor, con exquisita naturalidad, y que te dan
las gracias por la ayuda que les prestas... ¿Cómo
no voy correr a proclamar a quienes quieran escucharme, que vale
la pena hacer todo lo que hacemos en favor de personas como ellas?
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P. ¿Cuál
es la barrera, y quién la pone, entre lo que todos deseamos y lo
que la realidad nos impone? ¿Somos nosotros quienes perdemos la
batalla ante la adversidad, o es ella misma una aliada que consigue extraer
nuestras mejores virtudes?
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R. La principal barrera somos nosotros mismos, que somos
unos ilusos cargados de prejuicios. Y sin embargo, los seres humanos
somos maravillosos (mi admiración hacia la naturaleza humana
no tiene límites), aunque intrínsecamente imperfectos
y radicalmente frágiles. Esa realidad biológica la
tenemos que aceptar, nos guste o no. ¿Quién ha diseñado
este extraño conglomerado de belleza, imperfección
y fragilidad? Ahí entramos en un terreno en el que no voy
ahora a penetrar.
El hecho es que la realidad no coincide con el deseo, es cierto;
unas veces lo supera pero con frecuencia ocurre lo contrario. Pero
ese deseo es un imperativo humano que tira de nosotros para hacer
que nos movamos. ¿Qué sería de nuestras vidas
sin deseos, sin ilusiones, sin impulsos? Por tanto, siendo realistas,
tenemos que asumir y aceptar que nuestros logros no alcancen lo
que nuestros deseos ansían. Esto no es un conformismo cínico
que seca el devenir de nuestras vidas; es la aceptación libre
y generosa de una realidad demostrada en cada existencia humana
que, bien entendida, nos sirve para mantener vivos los deseos, para
elevar aún más la perspectiva. Porque así,
lo que consigamos tendrá cada vez mayor calidad. En el mundo
de la discapacidad intelectual es clarísimo: sólo
los que ponen altos sus deseos -sus objetivos- consiguen que esta
realidad progrese y se eleve.
En cuanto a la adversidad, estimo que no es un mal absoluto en sí
mismo. La podemos ver como obstáculo insalvable y destructor,
o como desafío que provoca nuestra acción firme y
tenaz. Nuestra responsabilidad como educadores es promover en nuestros
hijos o alumnos esta segunda actitud.
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P.
¿Baja la guardia en algún momento o es que en estos temas
no hay guardia que bajar?
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R. Digamos que, como principio iluminador de una vida que
tiene su peculiar peripecia y trayectoria, no se puede bajar la
guardia. Otra cosa es que en determinados momentos y circunstancias,
se me nuble la vista, se me descarguen las pilas y diga "me
voy, ya vale". Pero lo bonito es tener a nuestro lado a personas
que, en esos momentos, te miren y te sepan decir: "te quiero".
Y yo las tengo.
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P. ¿Qué
puede hacer entender a la humanidad que es necesaria la diversidad y la
continuidad de nacimientos de niños especiales? ¿Podría
convencernos del bien que su presencia entre nosotros supone para todo
aquello que es el resto que nos rodea? ¿Os es que la diferencia,
simplemente, no es necesaria y su aportación es más bien
problemática e incómoda?
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R. No tengo intención de convencer a nadie, pero sí
de dejar claro mi pensamiento. Toca usted un tema crítico.
¿Cuál es el sentido de la imperfección? ¿Por
qué la discapacidad? ¿Por qué el dolor? ¿Por
qué una vida abocada inexorablemente a la muerte? En definitiva,
¿por qué esta vida? Y si me apura, ¿con qué
derecho me ha puesto nadie en este mundo, si no me ha pedido permiso
para hacerme nacer? Tocamos las preguntas más radicales del
ser humano y llevamos siglos tratando de responderlas con sentido.
No quiero elucubrar y prefiero mantener los pies en el suelo. Por
una parte, soy persona que piensa que nuestra vidas han de tener
un sentido. El mero azar me parece irracional. Y por otra, constato
empíricamente que allí donde hay una imperfección,
una necesidad, una diferencia, una deficiencia del tipo que sea,
hay seres humanos que se crecen, se agigantan en su esfuerzo por
superarlas. Unas veces son las propias personas que las padecen,
y otras veces son las que les rodean, o las que recorren miles de
kilómetros para rodearlas. Y que, gracias a esos impulsos,
el mundo se va haciendo más armónico, más justo,
más bello. Es cierto que lo diferente y lo feo suscita de
inmediato el rechazo, pero a la larga suscita la solidaridad y,
aún más, el amor humano.
Pues bien, este hecho constatable una y mil veces va contra toda
la lógica del principio de la evolución biológica
en la que estamos embarcados. En el devenir de la humanidad -si
uno lo contempla a largo plazo- no prima la ley del más fuerte,
del más dotado, como ocurre con las demás especies
biológicas. Al contrario, ante lo débil desarrollamos
sentimientos infinitos y acciones de acercamiento, de compasión,
de ayuda afectiva y efectiva, de acogida, incluso en contra de nuestros
propios gustos o intereses. Eso va contra toda lógica evolutiva,
e incluso contra la raíz biológica de nuestra actividad
cerebral. Y sin embargo, eso enriquece de manera impresionante la
dignidad humana, el conjunto de cualidades que nos adornan, la grandeza
humana.
¿Cuál es la causa de esta paradoja? En mi opinión,
es muy sencilla: la inteligencia humana, que es algo nuevo y sorprendente
que surge en el devenir evolutivo. Somos seres-que-piensan, seres-que-reflexionan
y, por tanto, seres-que-aman-reflexivamente: es decir, seres que
se mueven ya no sólo por el deseo sino por el amor.
¿Quién o qué suscita, provoca, promueve y mantiene
el ejercicio de estas inigualables cualidades humanas? Precisamente
eso: lo feo, lo diferente, lo imperfecto, lo doloroso, lo inacabado.
Por eso son tan necesarios en nuestro mundo: despiertan y abren
los pétalos más ocultos de nuestra flor. Son las verdaderas
palancas que hacen mover el mundo de una forma digna de ser vivido;
insisto, a largo plazo. Así es como equilibran a esas otras
fuerzas ciegas y con frecuencia destructoras, que son el poder y
el dinero. Sencillamente, necesitamos la existencia de la diferencia
y la discapacidad como necesidad ecológica que nos permite
seguir creciendo en dignidad.
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P.
Cree que tal vez algún día exista un método que controle
el funcionamiento del tercer cromosoma y lo sitúe en armonía
con los otros 46?
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R. ¡Vaya, por fin llegamos al síndrome de Down!
¿no? Sinceramente, creo que sí pero no sé cuándo.
Si vamos camino -lento e inseguro- de conocer el funcionamiento
de los genes, de las leyes que regulan su influencia y de sus mecanismos
de acción, llegará el día -aún lejano-
en que podamos controlarlos. A lo mejor, por métodos que
ahora ni siquiera vislumbramos, como ocurre tantas veces en el progreso
científico.
Quizá por eso comprenda usted mejor ahora por qué
admiro tanto al ser humano como criatura maravillosa: reúne
y conjuga su capacidad para hacer obras inteligentes y para dotarlas
de amor inteligente y, al mismo tiempo, compasivo.
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