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Interacción
participativa con los compañeros:
un
estudio comparado entre niños con discapacidad,
con y sin síndrome de Down
Michael
J. Guralnick
International Journal of Intellectual Disabilities,
vol. 46(5): 379-393, 2002
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RESUMEN
Introducción
Se admite actualmente
como un hecho bien comprobado que los grupos heterogéneos
de niños pequeños con discapacidad intelectual ligera
tienen un riesgo considerablemente mayor de verse socialmente aislados
de sus compañeros en el ambiente escolar, familiar y social.
Existe una restricción en el número de las amistades
recíprocas que establecen los niños con discapacidad
intelectual. Se forman menos redes de interacción social.
Es menos frecuente la participación con los compañeros
y es menor el nivel de aceptación e integración social
por parte de los compañeros en los programas preescolares
de integración.
A pesar de
la constancia de estos patrones, hay una considerable variación
individual en lo que concierne a la implicación de los compañeros
dentro de estos grupos heterogéneos de niños con discapacidad
intelectual. En cierto grado, se asocia esta diversidad individual
a características específicas del niño, especialmente
al grado de los problemas de conducta. Pero también puede
ir asociada a la capacidad lingüística o al temperamento
del niño. Además de estas características que
son específicas del niño, la variabilidad en la interacción
con los compañeros puede estar relacionada con el grado en
que los padres fomentan las relaciones de su hijo y el desarrollo
de amistades. Hay pruebas de que los padres con hijos con discapacidad
intelectual fomentan el juego con compañeros menos frecuentemente
que los padres de niños con desarrollo normal, a pesar de
que los primeros son mucho más dependientes del papel de
los padres en la preparación activa para el juego con compañeros
que los segundos.
Quizá
el subgrupo mejor estudiado sea el de los niños con síndrome
de Down, en el que los diversos datos apuntan a la existencia de
un fenotipo conductual propio. Los estudios de que disponemos sugieren
que los niños pequeños con síndrome de Down
muestran considerable dificultad en participar y crear una red social
significativa. Concretamente, los preescolares tienen relativamente
menos contactos con los compañeros, dejando aparte los hermanos
y los amigos de éstos, y sólo alrededor de la cuarta
parte de los niños participan en actividades organizadas.
De hecho, hasta un tercio de los niños con síndrome
de Down parece que no tienen contactos de juego en absoluto. Aunque
no se han realizado comparaciones directas entre niños sin
y con síndrome de Down sobre su interacción con los
compañeros, hay un conjunto de características infantiles
que sugieren que los niños con síndrome de Down pueden
presentar particulares dificultades en esta área del desarrollo.
Concretamente,
al comparar grupos de niños con síndrome de Down con
otros de similar edad de desarrollo pero con un desarrollo normal,
se aprecia que los que tienen síndrome de Down parece que
muestran un patrón poco congruente de la regulación
afectiva en situaciones de relación social. Los niños
con síndrome de Down no persisten suficientemente en sus
tareas, sobre todo si éstas son difíciles. Esta falta
aparente de motivación orientada hacia la tarea, junto con
las especiales dificultades afectivas y los problemas recientemente
descritos sobre el modo de procesar las expresiones emocionales,
pueden muy bien combinarse para reducir de modo sustancial el éxito
que pueden alcanzar los niños con síndrome de Down
al afrontar tareas sociales complejas y dinámicas en situaciones
de juego con compañeros, como son la persistencia en un juego,
la resolución de conflictos, o el ganarse la entrada en un
grupo. Pero es el caso que los niños con síndrome
de Down claramente muestran una marcada orientación social,
en contraste con la orientación hacia los objetos. Y sin
embargo, a pesar de la aparente voluntad para interactuar socialmente,
es posible que su impotencia para conseguirlo de modo efectivo en
repetidas ocasiones termine por afectar su nivel de interacción
participativa con los compañeros.
Objetivos
El objetivo
principal de este estudio fue comparar el grado de interacción
de niños con retraso mental, con o sin síndrome de
Down, con los compañeros. Para ello, el autor se propuso
examinar varios temas interrelacionados en dos grupos cuidadosamente
emparejados de niños con retraso mental, uno con y otro sin
síndrome de Down; se obtuvieron datos a partir de unos cuestionarios
y de entrevistas estructuradas con las madres, en las que se abordaban
diversas cuestiones y se comparaban los dos grupos de niños.
El primer interés
se centró en conocer si había diferencias entre
los dos grupos en cuanto al nivel de interacción con los
compañeros. Las diferencias en la orientación
social por parte de los niños con síndrome de Down
podía significar una ventaja en la interacción, aunque
otras características específicas de este grupo (menor
motivación, interacciones afectivas poco congruentes) podían
crear especiales dificultades para mantener la interacción
con sus compañeros. En consecuencia, se realizaron un conjunto
de medidas sobre la interacción con los compañeros,
consistentes en la intensidad de los contactos, características
de los compañeros de juego, naturaleza de las relaciones
(identificación de los amigos, relaciones previas existentes
en la red social del niño), y grado de participación
en las actividades de grupo con sus compañeros.
El segundo
tema concierne a las acciones que los padres realizan para
preparar y ordenar el juego de sus hijos con los compañeros
y para vigilar ese juego. La presunta orientación
social de los niños con síndrome de Down podría
animar a esos padres a ser más activos en la preparación
del juego a pesar de las posibles dificultades de los niños
para relacionarse con los compañeros. Además, los
padres de los niños con síndrome de Down pueden estar
más animados a preparar y a seguir el juego a través
de las redes de apoyo de los padres, o como consecuencia de la mayor
aceptación que estos niños reciben.
En tercer lugar,
se compararon las perspectivas o convicciones de los padres
sobre la integración temprana de sus hijos, con especial
referencia a la aceptación de los compañeros en ambientes
de integración y al impacto de los niños con desarrollo
normal sobre el desarrollo social de sus hijos. Los mismos factores
señalados en las acciones de los padres pueden predisponerles
a expresar creencias más positivas en relación con
la integración temprana que los padres de niños con
otro tipo de discapacidad.
Métodos
y resultados
Las familias
que aceptaron participar en el estudio recibieron un paquete de
materiales por correo que contenía los cuestionarios, las
escalas de evaluación y el formulario de aceptación.
Había cuestionarios sobre la interacción de su hijo
con los compañeros, preparación y seguimiento de la
interacción por parte de los padres, y convicciones o ideas
sobre la integración temprana del niño. Después
se emparejó, caso-a-caso y cuidadosamente, a los 21 niños
con síndrome de Down con otros 21 del grupo de 64 que tenían
otro tipo de discapacidad que había sido previamente seleccionado.
Todas las mediciones demográficas familiares coincidieron
bien entre los dos grupos pero hubo algunas diferencias en los problemas
de lenguaje y de conducta.
Interacción
participativa con los compañeros:
A pesar de lo que cabía esperar en el caso de los niños
con síndrome de Down, en función de la etiología
de su discapacidad, no se apreciaron diferencias con el otro grupo
en todo un conjunto de mediciones sobre la interacción con
los compañeros, especialmente en lo referente a la frecuencia
de los contactos sociales y las características de las redes
sociales elaboradas por sus compañeros. Y es de notar que
las madres refirieron que casi todos los niños tuvieron al
menos un compañero habitual (media = 2). La media de tiempo
transcurrido con cada compañero fue de 8-14 horas por semana,
y habitualmente los niños jugaban juntos una o dos veces
por semana. Los niños jugaron alrededor de dos tercios de
su tiempo en su casa, pero un porcentaje más pequeño
lo hizo en ambas casas. la mayoría de los niños tenían
como compañeros de juego al menos un niño y una niña,
y algo menos de un tercio de los niños tenían al menos
un compañero con discapacidad. La inmensa mayoría
de los compañeros tenían edades similares a las de
los niños del estudio, aunque hubo muchas más variabilidad
en el grupo con síndrome de Down, especialmente en la sección
de edades más altas. Los análisis de relación
indicaron que los dos grupos eran también comparables en
términos de porcentaje de compañeros que eran familiares
(sin síndrome de Down = 68,8%; con síndrome de Down
= 62,5%).
La duración
de las relaciones fue razonablemente larga (2 a 4 años como
media) y las madres valoraron la cualidad de las relaciones de sus
hijos con sus compañeros como alta. Sin embargo, menos de
la mitad de los niños poseía un gran amigo. Poco más
de la mitad de los niños en ambos grupos participó
en actividades de grupo organizadas fuera de casa en las que intervinieran
sus compañeros.
Preparación
y seguimiento:
Como sucedió en el caso de las interacciones con compañeros,
no hubo diferencias entre los dos grupos para ninguna de las variables
(P > 0,05). Las madres prepararon las sesiones de juego aproximadamente
una vez por semana, y se mantuvieron muy activas en la vigilancia
de las actividades, comprobando y sugiriendo actividades cuando
sus hijos jugaban en su propia casa. La preparación de estas
actividades por parte de las madres guardó relación
también con la interacción con los compañeros
en ambos grupos.
Ideas sobre la integración: En el caso de las
madres de los niños con síndrome de Down, fue mayor
la puntuación obtenida en sus ideas sobre los beneficios
que la integración podría reportar, pero esta conciencia
materna no guardó relación ni con su disposición
para preparar la interacción ni con el grado de interacción
conseguida con los compañeros. Las madres de los niños
con síndrome de Down obtuvieron las mejores puntuaciones:
(1) aprenden más; (2) se esfuerzan más; (3) se sienten
mejor consigo mismos; (4) mayor variedad de actividades; (5) promueve
la aceptación (por parte de la comunidad); y (6) les prepara
para el mundo real.
COMENTARIO
El principal
objetivo de este trabajo fue determinar si los niveles y las características
de la interacción con compañeros eran diferentes entre
los niños pequeños con discapacidad intelectual, con
y sin síndrome de Down. No se detectó diferencia alguna,
pese a lo que cabía esperar a juzgar por las diferencias
que se han descrito en las características de unos y otros
niños. ¿Por qué?
Quizá
la explicación más probable esté en las conductas
de los padres. Como se ha analizado anteriormente, la interacción
participativa con compañeros es el producto de las conductas
específicas de la etiología de la discapacidad y de
las experiencias relacionadas. Lo que ha podido ocurrir es que los
padres adaptaron de manera eficaz sus abordajes y estrategias a
los patrones de conducta de sus hijos para facilitar su interacción
con sus compañeros. Con otras palabras, los padres de ambos
grupos han podido ser lo suficientemente hábiles como para
ajustarse a las diferencias en las características de los
hijos, incluidas las que son propias de la etiología, con
el fin de promover la interacción con los compañeros.
Estas semejanzas
pueden sugerir que las madres de los niños con síndrome
de Down disponen de parecidas capacidades para organizar y apoyar
las interacciones del niño con sus compañeros, y para
fomentar adecuadamente su participación con ellos. En consecuencia,
las diferencias que se observan en la conducta de los niños,
y que son específicas de la etiología, pueden no ser
de magnitud suficiente como para perturbar los patrones de interacción
familiar que dirigen y regulan la interacción de los niños
con sus compañeros.
Si los padres
hacen ajustes, pueden tomar la forma de estrategias específicas
de enseñanza y de entrenamiento para promover interacciones
positivas con los compañeros, similares a las que realizan
habitualmente los padres de niños con desarrollo normal.
Las madres de
los niños con síndrome de Down expresaron ciertamente
unos puntos de vista más positivos con respecto a los beneficios
de la integración, incluida la promoción de la aceptación
en ambientes comunitarios. Estos resultados sugieren la voluntad
de promover una mayor participación de los niños con
síndrome de Down en ambientes de integración, aunque
relativamente pocas familias tienen la oportunidad de hacerlo en
muchas comunidades.
De este importante
estudio cabe concluir lo siguiente:
1. Los
niños con síndrome de Down no están menos capacitados
que los demás niños con deficiencia mental de otra
causa para entablar y mantener relaciones positivas con compañeros.
2. Es
fundamental la acción positiva de las madres, a la hora de
preparar los períodos de interacción con los compañeros
y de mantener las actividades durante esos períodos.
3. Por
alguna razón, las madres de los niños con síndrome
de Down han cobrado mayor conciencia del valor y la eficacia que
estas interacciones de sus hijos tienen con vistas a su desarrollo.
En consecuencia,
este estudio destaca la importancia de que las familias favorezcan
y promuevan situaciones y espacios en que sus hijos con síndrome
de Down puedan interactuar con otros niños, en la seguridad
de que están preparados para hacerlo. Sin embargo es conveniente
que esas interacciones sean adecuadamente preparadas y que se atienda
su desarrollo para que la interacción sea rica en contenidos
y favorezca su continuidad.
Canal
Down21
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