| Entrevista
a María Victoria Troncoso |
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María
Victoria Troncoso
es, desde hace muchos años, Presidenta de la Fundación
Síndrome de Down de Cantabria. Su vida profesional comenzó
por derroteros bien diferentes a los del mundo de la discapacidad
pues se licenció en Derecho por la Universidad de Navarra.
Un buen día se aplicó en ella el arraigado refrán
popular que dice: El hombre propone y Dios dispone. María
Victoria es madre de cuatro hijos; las dos chicas tienen discapacidad
intelectual y fue hace 37 años cuando tuvo que aplicar todo
lo que sabía de derechos para volcarlos sobre las
personas más desprotegidas e inculcarles no sólo lo
que merecían tener sino los deberes que tenían por cumplir
a lo largo de sus vidas. Pocos años después se diplomó
en Pedagogía Terapéutica y, con más valor del
que da uno o varios títulos académicos, se doctoró
cum laude en la carrera profesional más difícil
que nos toca estudiar a los mortales: la propia vida y la voluntad
férrea, la constancia implacable y el desinteresado amor a
borbotones, para sacarla airosamente adelante y, con la suya, la de
toda una maravillosa familia.
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Pregunta:-
¿Tan
diferentes somos de ellos, María Victoria?
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Respuesta.: Me
parece muy acertado el slogan: Todos iguales, todos diferentes,
porque en lo esencial todos somos iguales porque somos seres humanos,
con la misma dignidad, con afectos y sentimientos, con derechos y
deberes, con luces y con sombras, con debilidades y fortalezas, con
una misión que cumplir.
Pero, al mismo
tiempo, cada uno somos un ser único e irrepetible, distinto,
diferente, en aspectos accidentales. ¡Basta sentarse en el
banco de un paseo y ver a las personas que pasan por delante!...
Pero insisto en que no hay tanta diferencia entre unos y otros,
entre quienes tienen síndrome de Down y quienes no lo tenemos.
Lo fundamental y común es el ser, y lo accidental y diverso
es el hacer o el tener. Entre todos los seres humanos hay más
igualdad que diferencia.
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P.¿Después
de tantos años de experiencia y convivencia con el síndrome
de Down, desde el punto de vista educativo y pedagógico, ¿a
qué ritmo se desarrolla intelectualmente un niño con trisomía
21? ¿Es inicialmente ascendente y rápido para luego ralentizarse
a una determinada edad, o esto es una trivialidad?
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R.El ritmo
de desarrollo intelectual de un niño con síndrome de
Down es, en términos generales, más lento que el de
los niños sin discapacidad. Pero esa lentitud es variable y
distinta entre un niño y otro. También es distinta en
el mismo niño en unos aspectos frente a otros; o sea, no existe
la misma lentitud en todas las áreas del desarrollo, y finalmente
podemos afirmar que la velocidad de progreso es variable en las diferentes
etapas de la vida.
Todos los niños,
tengan o no síndrome de Down, progresan y se desarrollan
de un modo espectacular desde el nacimiento hasta los tres o cuatro
años de vida. El hecho de que en ese período de tiempo
la talla se duplique, el peso se triplique y el cerebro aumente
considerablemente en perímetro, peso y volumen, pueden hacernos
comprender que también se da una gran evolución y
desarrollo en lo cognitivo, emocional, lingüístico,
etc. En los años posteriores, el progreso es más lento
para todos, especialmente a partir de la adolescencia y primeros
años de la juventud.
Este proceso
natural y común a todos se manifiesta de un modo más
evidente en los niños con discapacidad intelectual, entre
ellos los que tienen síndrome de Down. A pesar de ello, el
dato esperanzador y positivo que ahora tenemos es que el progreso
no se detiene, como se afirmaba hace unos años, sino que
las personas con síndrome de Down siguen avanzando y progresando
en sus etapas juvenil y adulta si participan activamente en ambientes
y programas adecuados. Aún no sabemos hasta dónde
pueden llegar si se les brinda las oportunidades que necesitan.
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P. Dentro del desarrollo pedagógico
de un niño con síndrome de Down, ¿existen aspectos
educativos que les sean más favorables, más fáciles
que otros, tienen puntos fuertes a su favor? ¿O para ellos todo entraña
la misma y aparente dificultad?
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R. . Es cierto
que existen aspectos del desarrollo de los niños con síndrome
de Down que les son más favorables para su aprendizaje, para
su participación social y para su desarrollo. Un ejemplo puede
ser el de sus capacidades de percepción y memoria visuales
y espaciales, que les ayuda en su autonomía personal y en algunos
aprendizajes académicos como el de la lectura. Otro ejemplo
puede ser el de su personalidad que, como regla general, tiende a
ser sociable y agradable, siempre que se les rodee de un ambiente
cálido, acogedor y amable.
Sin embargo,
los aprendizajes que, como el de las matemáticas, suponen
un alto nivel de abstracción y mucha memoria, les resultan
muy difíciles.
El lenguaje
verbal, que tradicionalmente se ha descrito como dificultad importante
y específica, tanto en sus aspectos formales de articulación
e inteligibilidad del habla, como en aspectos de estructura y morfo-sintaxis,
es uno de los temas que más observación, estudios
e intervención ha suscitado. Hoy podemos afirmar que se ha
avanzado y mejorado muchísimo. Hace 25 años, podíamos
leer que el lenguaje de las personas con síndrome de Down
si existía, porque muchas no llegaban a ser verbales
era telegráfico, con uso casi sólo de infinitivos,
frases cortas y con contenidos mínimos de comunicación
de necesidades. Hoy en día, eso sucede sólo en una
minoría. Aunque sigue siendo una dificultad, ya tenemos medios
para ayudarles mejor y que puedan comunicarse con más soltura,
precisión e inteligibilidad.
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P.¿Cree
que el desarrollo intelectual y el desarrollo físico en el síndrome
de Down van por caminos paralelos? ¿O no tiene nada que ver lo uno
con lo otro?
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R. El desarrollo intelectual y el desarrollo físico
en los niños con síndrome de Down no siguen el mismo
ritmo que en los niños sin síndrome de Down. El avance
en edad mental que se da habitualmente en los niños sin discapacidad
y que va correspondiendo a su edad cronológica, es más
lento en los niños con síndrome de Down. Al principio,
durante los primeros meses y en algunos casos hasta los tres o cuatro
años, puede no notarse mucho. Conforme los niños van
creciendo, sus edades mentales van quedando más bajas que sus
edades cronológicas y su desarrollo físico. Esto hay
que entenderlo bien y comprender que los niños siguen aprendiendo,
mejorando, progresando, y por tanto creciendo en edad mental; pero
no lo hacen al mismo ritmo que les correspondería por su edad
cronológica. Todo ello medido, como sabemos, por las pruebas
psicométricas, para las cuales hay que aplicar, por tanto,
cuantos matices sean precisos para interpretar bien los datos.
Si, por ejemplo,
se dice de un muchacho con síndrome de Down de 14 años
(el cual, en lo físico ha evolucionado de un modo semejante
al de los demás adolescentes, como es lo habitual) que, aplicada
una prueba tiene una edad mental de 8 años, ¡en absoluto
hay que deducir que ese chico es como un niños de 8
años!... ni tan siquiera podemos creer que su manera
de resolver todas las situaciones o de afrontar las diferentes tareas
es la de un niño de esa edad. Pero sí puede ayudarnos
a comprender por qué no puede realizar determinadas operaciones
de cálculo o entender temas con contenidos de abstracción.
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P.
Como fiel defensora de una educación en integración para la
mayoría de las personas con síndrome de Down, ¿podría
decirnos qué le parece más asequible al entendimiento humano-social
de hoy en día: la integración de un individuo con síndrome
de Down de nivel medio y corriente, o la de uno con síndrome de Down
de nivel superior e inusual, por expresarlo de algún modo comprensible?
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R. Todos deben tener su sitio, y para ello hay que
prepararles y preparar también a la sociedad. Actualmente
estamos con las primeras promociones de jóvenes trabajadores
teniendo en cuenta que el Proyecto Aura pionero se inició
hace 13 años y estamos valorando las variables más
significativas que influyen en una mejor integración. Como
dato de la experiencia que vamos recogiendo, podemos afirmar que
un nivel cognitivo superior no siempre funciona como elemento positivo.
No debe sorprendernos, porque pasa lo mismo con la población
general en la que vemos que personas con una inteligencia emocional
bien desarrollada están mejor integradas y son más
felices que personas con niveles altos en otros aspecto de la inteligencia,
como puede ser la académica.
Las personas
con síndrome de Down con niveles intelectuales más
altos que la media necesitan, como todos, una percepción
y conocimiento lo más realista posible de sus capacidades
y de sus limitaciones, de sus habilidades y de sus debilidades,
y todo ello con armonía personal y estabilidad psicológica.
Conozco varios jóvenes con síndrome de Down que creen
que no necesitan de nadie para funcionar en la vida, y reclaman
una y otra vez sus derechos sin cumplir bien sus deberes. No se
dan cuenta de que todos necesitamos formación, y el apoyo
y el consejo de otros que saben más y que pueden ayudarnos
en nuestras limitaciones
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P.
¿Realmente piensa que la educación en integración es,
para el propio individuo con síndrome de Down, algo muy diferente
a la educación especial?
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R. Pienso que la educación en integración no
es, o no debería ser, muy diferente a la educación
especial. Lo fundamental es la educación, qué se entiende
por educar, cómo se hace, para qué, con qué
objetivos a corto, medio y largo plazo. El hecho de hacerlo en un
centro específico o en un colegio ordinario es sólo
circunstancial, no esencial. En ambas situaciones hay ventajas e
inconvenientes, que pueden subsanarse fácilmente con diversas
estrategias compensatorias de las posibles carencias y optimizando
lo bueno de cada una de las posibilidades.
Quiero señalar
que en la educación debemos incluir no sólo al niño
con síndrome de Down sino a la sociedad, a la comunidad educativa,
que necesita tener a alumnos con necesidades educativas especiales
para mejorar.
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P. Muchas veces
la imagen que damos de nosotros mismos nos hace flacos favores. ¿Es
María Victoria Troncoso una persona exigente, firme e inflexible
consigo misma, todo el tiempo? ¿O también le duele la cabeza,
llora con una película, se siente agobiada, confusa, y con ganas
de escaparse a las Fiji durante una semana y, a poder ser, sola?
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R. No sé si soy exigente, firme e inflexible conmigo
misma, pero sí sé que trabajo mucho y que procuro
hacer bien las cosas. ¡Por eso me duele la cabeza con frecuencia!...
Las pocas veces que veo una película, cuando me emociono
lloro, ¡y mucho!
Estoy muy familiarizada
con los agobios... ¡Siempre tengo más cosas que hacer
que tiempo para ello!... Con frecuencia tengo el conflicto entre
cumplir un deber u otro en el mismo espacio de tiempo: éste
es el tipo de confusión que me viene un día sí
y otro también.
No me asaltan
las ganas de escaparme lejos, pero sí siento muchas veces
el agotamiento y no puedo seguir. Me parece evidente que la fortaleza
física no es lo mío... Pero el motor interior vuelve
a darme energía y me impulsa. A veces, ese motor interno
es encendido por alguien que me necesita o que me pide
algo, y me pongo otra vez en marcha. Si creo que he sido útil
y he podido ayudar a alguien, eso es mejor que ir a las Fiji o disponer
de tiempo para mí sola.
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