Entrevista
con Sara Pardo
Directora del Centro de Educación Especial
"María Corredentora" (Madrid) |
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Una experiencia la enganchó y cambió su vida. Licenciada
en Filosofía y Letras y especialista en Literatura Hispánica
por la Universidad Complutense, le bastó un año de contacto
con la discapacidad infantil para que se dedicara en cuerpo y alma a la
educación especial. Obtuvo la Diplomatura en Educación General
Básica y en Pedagogía Terapéutica.
Desde hace 23 años dirige el Colegio de Educación Especial
María Corredentora, de las Religiosas de Nuestra Señora
de la Compasión. Trabajadora infatigable, acogedora de todas las
preocupaciones, quienes la conocen admiran su capacidad para trabajar
en equipo, delegar y dar responsabilidades. Su talante abierto se trasluce
en su mirada y en el ambiente que se respira en el Colegio.
Pregunta:-
¿Cuándo nació el deseo de dedicarse a la educación
de personas con discapacidad desde sus primeros años de vida?
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Respuesta.
Después de vivir un año junto a personas con discapacidad,
supe que ya no me podía separar jamás de ellas...
Que su mundo sería mi mundo y su causa mi bandera. Ellas
me transformaron.
Mi formación universitaria estaba orientada hacia la Literatura
hispánica y mi trabajo hacia una Escuela de Magisterio, pero
desde el Centro María Corredentora, me llegó una señal
de petición de ayuda por un curso. Cambié de planes,
me fui al Colegio y desde entonces soy una de las muchas personas
felices, que caminan por este magnífico mundo.
Mi vocación se fue alimentando de amor a estas personas,
de servicio a sus necesidades y de formación continua.
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P.¿Qué
nos hace a los seres humanos tan diferentes espiritualmente unos de otros?
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R.Todos
somos diferentes como son diferentes los rostros de las personas.
Somos diferentes en lo físico, en lo intelectual, en lo familiar,
en lo social, etc. Y también lo somos a nivel espiritual.
Como un niño necesita cuidado, alimento, ayuda para ir creciendo,
así veo también a nuestra vida espiritual: una tarea
que vamos haciendo poco a poco, una tarea destinada a crecer y que
unas personas cuidan más que otras.
Todos nacemos con capacidad y posibilidades de vivir plenamente
nuestra dimensión espiritual, de disfrutar y valorar las
más sublimes vivencias espirituales. Se abre ante nosotros
todo un largo y fecundo camino a recorrer. Para mí avanzar
por el camino de la madurez espiritual es una aventura sumamente
gratificante y enriquecedora.
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P. ¿Es privilegio de unos pocos oír y sentir la cercanía
de Dios, o todos tenemos la misma oportunidad y es que muchos somos sordos,
ciegos e insensibles?
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R. La maravilla
de esta vida es que Dios no es privilegio de nadie sino regalo para
todos.
El oír y sentir a Dios es un don, es un regalo, es una vivencia
sencilla, llena de paz, al alcance de todos, pero que exige nuestra
colaboración y a veces preferimos la comodidad de no querer
oír, de no querer ver, de no querer sentir.
Para mí son grandes maestras en este aprendizaje las personas
con discapacidad. Ellas sí que saben relacionarse con Dios,
oírle, sentirle. Lo hacen con la sencillez y confianza con
la que se entregan a los demás. Cuando pretendemos aportarles
nuestra riqueza de creyentes, descubrimos el buen trabajo que hizo
Dios en su vida.
No se puede explicar con palabras la capacidad que tienen para abrir
corazones, para ayudar a los demás a ser realmente humanos,
para conducir a otros al encuentro con Jesús.
Es un misterio la fortaleza que emana y contagia su aparente debilidad. |
P.¿Dónde
está esa parte del alma que despierta la sonrisa de un niño
con un cromosoma fuera de su sitio?
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R.No lo sé donde está, sólo sé
el regalo que es para mi alma, los sentimientos que hace brotar
en mí y la ternura que se desliza por mi corazón cuando
contemplo la sonrisa de un niño con un cromosoma fuera de
su sitio.
Su sonrisa para mí es mágica, me fortalece cuando
me siento débil, me relaja cuando estoy cansada, me tranquiliza
cuando estoy preocupada, me hace "cosquillas" en el corazón
y, sobre todo, es una oportunidad más para dar gracias a
Dios por estos mensajeros especiales que nos ha enviado.
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P.
¿Con qué se va a casa Sara Pardo cuando cierra el colegio
a las 5 de la tarde?
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R. Me voy con esa cierta armonía interior que da
la entrega a esta noble misión que nos humaniza a todos:
educar a personas para que cada día sean más personas
y su vida sea de mayor calidad.
Me voy con una buena dosis de paz y alegría, de entusiasmo
y serenidad.
Me voy con muchos proyectos que un cohesionado trabajo en equipo
irá haciendo realidad.
Me voy soñando un mañana donde las personas con
discapacidad están incluidas en la sociedad, y su respeto,
consideración y participación en ella es una vivencia
cotidiana de todos los que acompañamos su camino.
Y muchos atardeceres, cuando pienso en cada uno de los alumnos,
resuenan en mi corazón las palabras de Tagore: "Vino
a este mundo de las cien encrucijadas y no sé cómo
te eligió a ti entre la muchedumbre, por qué llamó
a tu puerta y cogió tu mano para preguntarte el camino.
Te seguirá, riendo y hablando, sin una duda en su corazón.
Guarda su fe en ti, guíalo rectamente y bendícelo".
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