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La
herencia de Chris
En
una ocasión dijo Churchill: "Vivimos de
lo que obtenemos, pero hacemos vivir por lo que damos"
Y
esto es exactamente lo que me enseñó
mi hijo Chris. Me enseñó algunas lecciones
extraordinarias de humanidad que jamás había
encontrado antes. Sólo por poner un ejemplo.
En cierta ocasión visité su centro de
trabajo y lo que allí experimenté fue
realmente único. Observé a Chris cómo
atendía a un compañero trabajador ciego.
Chris le llevó a los lavabos, le condujo al
área de descanso para tomar el lunch y le devolvió
a su sitio de trabajo. Aunque en la mayor parte del
tiempo no se hablaron mucho, se notaba cómo
emanaba una cierta maravillosa comunicación
no verbal entre ellos. La amabilidad y sensibilidad
que Chris mostraba al ayudar a su colega, la completa
confianza que el joven ciego exhibía, y la
cálida interacción que se notaba entre
los dos fueron realmente extraordinarias. Chris mostraba
una calidad de humanidad difícil de encontrar.
Chris
nació el 25 de julio de 1965. Al igual que
otros muchos padres en espera, mi mujer y yo nos prometíamos
un feliz acontecimiento con motivo del nacimiento
de un niño sano. Sin embargo, nuestros sueños
pronto se arrumbaron cuando vimos que Chris tenía
síndrome de Down. Pero tras esta primera experiencia
traumática, pronto nuestra tristeza y genuinas
preocupaciones se transformaron en gozo y auténtica
alegría, porque la risueña personalidad
de Chris y su contagiosa sonrisa realmente conquistó
nuestros corazones, y así empezamos a disfrutar
con la vida de Chris. Su progreso lento pero constante
en el desarrollo y su determinación y tenacidad
para superar la adversidad nos arrebataban e inspiraban.
Conforme
Chris crecía y amanecía cada día,
veíamos menos sombras y más sol. Mi
hija Jeannette lo resumió así de conciso
cuando dijo "Chris era el sol de nuestra familia".
Cuando
Chris murió hace cuatro años, mientras
asistíamos a nuestra Convención anual
en Dallas, yo lo tenía en mis brazos, no quería
que se fuera - era un torrente de lágrimas
- y hoy todavía sigue fluyendo.
Pero
Chris nos dejó una herencia. Durante su corta
vida Chris fue un maestro por excelencia. En cierto
modo me obligó a hacerme agudas preguntas sobre
los valores humanos realmente importantes como son
"¿Cómo medimos el valor de lo humano?"
y "¿Cómo hacemos, como sociedad
justa y humanitaria, para ofrecer los cuidados más
apropiados para quienes no son capaces de cuidar de
sí mismos?".
Quizás,
no tanto mediante su expresión verbal sino
mediante sus acciones conforme se desplegaban, mediante
su conducta y su viveza, Chris me hizo ver claro cuáles
debían ser nuestros valores y cómo esos
valores han de influir en nuestra conducta.. Por encima
de todo, Chris me hizo saber que el valor básico
ha de ser el reconocimiento de la dignidad y la valía
de las personas con síndrome de Down.
Aprendí
de Chris y de tantas otras personas con síndrome
de Down a las que he tenido el privilegio de atender
durante los últimos 35 años, que existe
una bondad, y un afecto, y una humanidad, y una magia
en neutros hijos que deben ser protegidas y jamás
traicionadas. Chris y otras personas con síndrome
de down me enseñaron acerca de sus admirables
cualidades humanas, su avanzada contribución
a la sociedad, y su pasión por la vida. Amigos
míos, debemos preservar esta humanidad y esos
destacados valores humanos en un mundo cuyas fuerzas
y presiones nos empujan a creer sólo en tecnología
y en soluciones tecnológicas, especialmente
cuando conciernen a temas relacionados con el diagnóstico
prenatal.
Chris
y sus amigos también me enseñaron que
cada persona con síndrome de Down es un ser
humano único y absolutamente valioso. Y si
uno cree que la vida humana tiene un valor infinito,
entonces ha de creer que la inviolabilidad de la vida
exige que no se vea afectada por la minusvalía
física o mental. De alguna manera, el valor
de las personas con síndrome de Down está
intrínsecamente enraizado en su misma humanidad.
Y si ciertamente las personas con síndrome
de Down tienen los derechos de los seres humanos,
se deduce que pueden alcanzar el punto en el que adquieren
su plena realización.
También
Chris infundió en mí la idea de que
el servicio a la humanidad debe estar por encima de
la gratificación personal en la vida profesional
y en la iniciativa privada. Me enseño que,
en último término, los logros materiales
no importan en absoluto, sino que lo que de verdad
permanece serán la calidad de vida y el amor
que demos a los demás.
Chris
y sus amigos me hicieron ver que más allá
de las conquistas intelectuales y del éxito
mundial que tanto valoramos en nuestra cultura, existen
importantes cualidades humanas que debemos aceptar.
Chris me enseñó a no tomar la vida como
algo que se nos debe sino a ser más consciente
de sus placeres sencillos y a utilizar el tiempo de
una manera más juiciosa, porque es demasiado
preciosa como para malgastarla en cosas sin importancia.
Gracias
a Chris nuestra familia ha aprendido a ser más
tolerante con todos, a aceptar y a respetar las diferencias
de todos los seres humanos. Gracias a Chris, todos
los miembros de nuestra familia afrontamos mejor la
vida y hemos aprendido valiosas lecciones que nos
ayudan cada día de nuestra vida. Pero por encima
de todo, Chris nos ha enseñado a amar, y ésta
es verdaderamente la experiencia más enriquecedora.
Amigos
míos, creo firmemente que es obligado que volvamos
a los fundamentos de la existencia, al respeto a la
vida y a la preocupación desinteresada por
la dignidad humana. El respeto a la vida y la valoración
de lo que significa cada ser humano individual, incluidos
nuestros hijos con síndrome de Down, deben
formar la piedra angular de cualquier sociedad que
haya de persistir. Tiene que haber respeto por la
inviolabilidad de la vida y por la dignidad de cualquier
ser humano.
Ésta
es la herencia de mi hijo Chris, y quiero agradecerles
la oportunidad que me brindan de compartirla con todos
ustedes.
Siegfried
M. Pueschel
Texto presentado por el autor en la Convención
anual del National Down Syndrome Congress (USA, 2002)
y cedido por él a Canal Down21.
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