DE
LA SEGREGACIÓN A LA INCLUSIÓN ESCOLAR
Miguel
Ángel Verdugo Alonso
Catedrático de Psicología de la Discapacidad,
Facultad de Psicología, Instituto Universitario de
Integración en la Comunidad (INICO), Universidad de
Salamanca
INTRODUCCIÓN
Cuando cambia la filosofía del hombre (su naturaleza,
sus objetivos, sus potencialidades, su realización),
entonces todo cambia. No solo cambia su filosofía política,
económica, ética y su filosofía de la
historia, sino también su filosofía de la educación,
de la psicoterapia y del desarrollo personal, la teoría
acerca de cómo ayudar a las personas a llegar a ser
aquello que pueden y necesitan profundamente llegar a ser.
Nos encontramos en la actualidad en el centro de un cambio
de este tipo en torno a las capacidades, potencialidades y
objetivos del hombre. Está naciendo una nueva concepción
acerca del hombre y de su destino, y sus implicaciones son
muchas, no sólo para nuestras concepciones educativas,
sino también para lo que hace a la ciencia, política,
literatura, economía, religión e incluso a nuestras
concepciones del mundo no-humano. (Maslow, 1968/1972, p. 251)
Las optimistas palabras de Maslow sirven ahora como iniciación
para comentar algunos conceptos y principios de la intervención
interdisciplinar con los alumnos con necesidades educativas
especiales, los cuales hace unos años apenas eran esbozados.
Los principios de actuación y las metas actuales de
la intervención y apoyo, reflejan una visión
transformada de lo que constituye las posibilidades de vida
de las personas con discapacidades.
La intervención que desarrollan distintos profesionales
ha de orientar sus tareas en función de estos principios,
siempre de acuerdo a los conocimientos que la psicología
científica, educación y otras disciplinas van
proporcionando.
Los principios y directrices de actuación en el mundo
de la discapacidad han seguido una evolución claramente
positiva en las últimas décadas, apostando cada
vez más por unas metas similares a las del resto de
las personas.
De la desatención y marginación iniciales se
pasó a la Educación Especial, y vista
la segregación que ésta generaba se pasó
a la Normalización e Integración de
las personas en el ambiente menos restrictivo, lo que finalmente
dio lugar a la Inclusión educativa, laboral
y social de los individuos, basada en las modificaciones ambientales.
Es en esos momentos en los que aparecen planteamientos y programas
innovadores como los de escuela inclusiva (‘escuela
para todos’), empleo con apoyo y vida con apoyo. Ese
proceso acaba conduciendo hacia el paradigma de Apoyos,
la Autodeterminación de la persona y la búsqueda
de la Calidad de Vida.
A pesar de lo dicho hasta ahora, en la actualidad, en el año
2003, estamos en un momento crítico para la educación
de los alumnos con limitaciones y dificultades. La Ley
de Calidad de la Enseñanza es una propuesta regresiva
que no ha tenido en cuenta a los alumnos con necesidades especiales.
Aunque las directrices y comprensión científica
y social de lo que hay que hacer han avanzado notablemente
en favor de las personas con discapacidad y los alumnos con
necesidades especiales, encontramos que el papel desempeñado
por la administración educativa es determinante, influenciando
positiva o negativamente el desarrollo de los procesos.
Desde mediados de los años 90 se viene marginando cualquier
iniciativa dirigida a evaluar y mejorar el desarrollo de la
integración e inclusión educativas. No se habla
de ello porque no interesa, y paulatinamente se recortan recursos
personales y materiales. Además, no existen líneas
explícitas de formación del profesorado, ni
campañas de sensibilización y apoyo comunitarios,
ni apoyo a las experiencias innovadoras. Con esta situación
se ponen las bases para que fracase la integración
e inclusión educativas.
Frente a ello, la labor de los profesionales, familiares,
organizaciones e investigadores debe consistir en aportar
una crítica de la situación y proponer y demandar
cambios positivos. Hoy resulta esencial mejorar la formación
de los profesionales (inicial y continua), dotarles de materiales
de apoyo útiles para encauzar las experiencias de integración,
favorecer la innovación, extender a la educación
secundaria el esfuerzo integrador, mejorar la detección
precoz de discapacidades, regular y supervisar las adaptaciones
curriculares y apoyos individuales, y muchas otras acciones.
LA EDUCACIÓN
ESPECIAL Y LA INTEGRACIÓN EDUCATIVA
El surgimiento de la educación especial fue
un hecho positivo porque significó el reconocimiento
de la necesidad de la educación especializada para
aquellos con discapacidades: profesorado especialmente preparado,
programas especiales diferentes a los de la escuela común,
procedimientos especiales para mejorar los aprendizajes, materiales
específicos, y el propio centro especial. Todas esas
novedades generalizaron una mejora de la situación
por su especificidad y especialización tanto de los
medios humanos como de los materiales. Sin embargo, el modelo
de atención entró en crisis cuando las escuelas
especiales se convirtieron en el cajón de sastre que
recibía todos los alumnos que el sistema educativo
rechazaba. La intolerancia de la escuela común hacia
lo que era distinto y presentaba más dificultades favoreció
el que los alumnos con problemas de comportamiento, discapacidades
de distinto tipo, problemas de aprendizaje, inadaptación
social y otros problemas fueran enviados a los centros especiales.
Y la mezcla de situaciones problemáticas fue en detrimento
de cualquier planteamiento normalizador, dificultando a su
vez el desarrollo de procedimientos educativos eficaces, y
reduciendo los planteamientos terapéuticos iniciales.
La segregación y marginación de los alumnos
respecto a las pautas sociales y culturales generales se convirtió
en un aspecto dominante que caracterizó a los centros
especiales. Y ese es uno de los principales motivos por los
que se originó el movimiento a favor de la normalización.
La investigación sobre programas educativos segregados
subraya los efectos colaterales negativos de proporcionar
unos programas de educación especial separados de los
iguales sin discapacidades (Gartner y Lipsky, 1987; Snell
y Eichner, 1989). Sin embargo, cuando los programas escolares
(en aulas con alumnos con discapacidad integrados) no se adaptan
al alumno para reflejar sus necesidades suelen convertirse
en versiones repetitivas o "diluidas" del currículo
ordinario. También ocurre que esos programas escolares
plantean una secuencia rígida de pasos evolutivos sin
adaptarlos a la edad cronológica o a las necesidades
funcionales del alumno. Y lo que ocurre en estos casos es
que los estudiantes no mejoran sus habilidades funcionales
(Gartner y Lipsky, 1987), y el aula integrada se convierte
en un nuevo modo de segregación por no dar la respuesta
individual necesaria.
La integración de personas con discapacidad apareció
ligada al concepto de normalización. El principio de
normalización, proveniente de los países escandinavos
y desarrollado por Wolfensberger en EEUU, fue extendiendo
su campo hasta convertirse en una ideología general
con directrices detalladas de provisión y evaluación
de servicios de habilitación y rehabilitación.
Wolfensberger (1972) escribió que "normalización
es la utilización de medios, culturalmente tan normativos
como es posible, en orden a establecer y/o mantener conductas
y características personales que son tan culturalmente
normativas como es posible" (p. 28). La esencia de la
normalización no residía en un programa determinado
de tratamiento, sino en proporcionar a las personas devaluadas
socialmente la dignidad completa que les corresponde por derecho
propio (Perrin y Nirje, 1985). Esto implicaba la puesta en
marcha de muchas actividades más allá de las
tareas concretas de la rehabilitación física,
sensorial o cognitiva de un individuo.
La finalidad y principal aval de la puesta en marcha de la
integración educativa se basa en asumir que:
a) proporciona oportunidades para aprender a todos los alumnos
en base a la interacción cotidiana entre ellos;
b) prepara a los estudiantes con discapacidades para la vida
y profesión futuras en un contexto que es más
representativo de la sociedad;
c) promueve el desarrollo académico y social de los
estudiantes con discapacidades;
d) fomenta la comprensión de y aprecio por las diferencias
individuales;
e) promueve la prestación de servicios para estudiantes
sin discapacidad, y para estudiantes "en riesgo",
sin estigmatizarlos; y
f) difunde las habilidades de los educadores especiales dentro
de la escuela y del currículo.
Las afirmaciones previas no siempre ocurren en la realidad.
La integración educativa tiene muchas maneras diferentes
de ser puesta en marcha. Las diferencias entre países,
regiones, localidades, e incluso de un centro a otro de una
misma localidad pueden ser abismales. La integración
educativa es un proceso que requiere abordar progresivamente
la mejora de las condiciones educativas de los alumnos con
necesidades especiales. Es un proceso largo que debe afrontar
muchas dificultades, y debe ser planificado con criterios
integrales y con una buena coordinación de las instituciones
implicadas.
La controversia entre aulas especiales e integración
no se produjo por primera vez en los años setenta,
sino que es un debate mantenido por los profesionales de la
educación desde los años 50 del pasado siglo
(Readings in mainstreaming, 1978). Los factores determinantes
del éxito en la integración educativa de individuos
con discapacidad están claramente definidos por la
investigación desde los años setenta y ochenta
(Verdugo, 1989a):
1. Formación adecuada del profesorado (Cantrell y Cantrell,
1976; MacMillan, Jones y Meyers, 1976; Payne, Polloway, Smith,
y Payne, 1977; Taylor, 1981).
2. Actitudes de los maestros y profesionales de la educación
hacia los niños integrados (Baker y Gottlieb, 1980;
Corman y Gottlieb, 1978; MacMillan, Jones y Meyers, 1976).
3. Programas especiales de rendimiento académico que
requieren la utilización de técnicas educativas
específicas (Budoff y Gottlieb, 1976; Corman y Gottlieb,
1978; Haring y Kung, 1975).
4. Programas adecuados de adaptación social e interacción
con los compañeros sin discapacidad (Gresham, 1982;
La Greca y Mesibov, 1979; Monereo, 1985).
A pesar de los vientos renovadores positivos que trajo para
la situación de los alumnos con necesidades especiales,
la integración educativa adolece de haberse basado
mucho más en prejuicios personales y presupuestos ideológicos
que en resultados de estudios e investigaciones. Los problemas
en muchos de los estudios que han defendido la integración
se encuentran en la metodología, con graves problemas
de diseño, sesgo de la muestra, e instrumentación
insuficiente y poco analizada. Y esta falta de sustanciación
científica posiblemente explica las dificultades que
todavía, tras cuatro décadas de experimentación,
se siguen encontrando, sin poder cerrar definitivamente el
debate (Andrews, Carnine, Coutinho, Edgar, Forness, Fuchs
et al., 2001).
DE CENTRARSE EN EL
INDIVIDUO A CENTRARSE EN EL AMBIENTE
Tras el arduo e interminable debate entre integración
y educación especial que se dio en los procesos de
transición y cambio de los sistemas de atención
en los años setenta y ochenta apareció el concepto
de inclusión educativa, laboral y social. En este caso
el énfasis se desplazó desde el individuo al
que se consideraba que había que integrar y entrenar
específicamente, hacia las modificaciones ambientales
(físicas y del comportamiento de los individuos y de
las organizaciones) necesarias para que el ambiente en el
que el individuo se integra pueda aceptar como un igual a
la persona con discapacidad. Y así, junto al concepto
de escuela para todos y empleo integrado, aparecen después
los conceptos de diversidad, multiculturalidad y otros, que
plantean diseños diferentes de la escuela y la sociedad
del futuro abiertos a todos los individuos.
La normalización, desinstitucionalización e
integración fueron los principios predominantes en
las últimas décadas en los individuos con discapacidades
del desarrollo (Holburn, 2000), pero en los años 90
surge el paradigma de apoyos individuales comunitarios
(Bradley, 1994b). Este paradigma se va desarrollando simultáneamente
a las aspiraciones por una calidad de vida enriquecida
(Schalock y Verdugo, 2002) y la mejora en la autodeterminación
de las personas (Wehmeyer, 1998, 1999, 2001a). Esto significa
orientarse hacia un fortalecimiento o capacitación
(“Empowerment”) del consumidor (Bradley,
1994a, 1994b), y pone en primera línea los principios
de la planificación centrada en la persona (Mount
, 1994; Mount, Ducharme y Beeman, 1991; Mount y Zwernick,
1988; O'Brien y Lovett, 1993).
La dirección general en los cambios de principios y
directrices de actuación mejora progresivamente, reduciendo
y eliminando la marginación y segregación y
planteando una mayor participación y la equiparación
plena de oportunidades de las personas con discapacidad. A
pesar de esa dirección positiva de los cambios, en
la sociedad conviven a la vez prácticas que reflejan
modos de actuación que responden a paradigmas ya superados
hace tiempo. Y en algunos ámbitos o sectores, esas
prácticas con arreglo a principios y modelos periclitados
siguen siendo mayoritarias. Por ejemplo, refiriéndonos
a España, tenemos ahora grandes dificultades para generalizar
y encauzar con eficacia la inclusión educativa, hay
un lento desarrollo de programas de empleo con apoyo o de
empleo competitivo, son escasas las experiencias de vida con
apoyo, y existe cierta desatención hacia los colectivos
con plurideficiencias, retraso mental profundo o los niños
con graves problemas de salud.
EL ROL QUE DEBEN ASUMIR
LOS PROFESIONALES
La transformación de la realidad social y profesional
hacia lo que científicamente parece evidente es compleja
y lenta, y requiere de la participación activa de muchas
personas. Los educadores, junto a otros profesionales, que
trabajan con los alumnos con necesidades educativas especiales,
deben asumir un rol de innovación y transformación
de las prácticas tradicionales de los programas y servicios.
La individualización real de la evaluación e
intervención educativas acorde con los últimos
avances científicos es una de las claves de esa mejora.
Los apoyos o ayudas individuales que necesita cada alumno
deben ser evaluados con la máxima precisión
y revisados con frecuencia por los equipos interdisciplinares.
Junto a la importancia tradicionalmente asignada a los conocimientos
académicos, debe también prestarse gran atención
a otras dimensiones del comportamiento del individuo: conducta
adaptativa; participación, interacciones y roles sociales;
salud física y mental; y el contexto.
La evaluación educativa llevada a cabo por los profesores
y otros profesionales de la educación (psicólogo,
pedagogos, terapeutas, etc.) es un aspecto determinante del
éxito en el proceso de inclusión escolar. Las
funciones que puede tener la evaluación educativa son
muy diferentes, y el proceso varía de acuerdo con el
propósito perseguido. Hoy se puede entender que las
principales funciones de la evaluación educativa en
los niños con discapacidad intelectual y otros problemas
similares son el diagnóstico, la clasificación
y la planificación de los apoyos (Asociación
Americana sobre Retraso Mental, 2002).
Otro de los aspectos más relevantes en la actualidad
son las tareas desempeñadas por los profesionales en
las organizaciones y en la sociedad. Las actuaciones a nivel
del mesosistema (Schalock y Verdugo, 2002) desempeñan
un rol de gran importancia para mejorar la planificación
y eficacia de las organizaciones, incrementando la calidad
de los servicios que prestan.
La gestión de programas y servicios por un lado, y
la evaluación de los mismos por otro, pueden mejorar
ostensiblemente con la participación de los profesionales
de la educación en esos procesos. De hecho, esa intervención
psicosocial que actúa no sólo dentro del aula
está ocurriendo así ya en la realidad española
y de otros países. Pero debe ampliarse esa participación
aún más, pasando a examinar críticamente
los resultados de los proyectos educativos en las aulas y
escuelas.
La principal razón para defender una finalidad y tareas
transformadoras de la realidad estriba en la dificultad que
muestran los servicios educativos para adaptar su funcionamiento
a los avances científicos en la comprensión
y en la evaluación de las necesidades de las personas
con discapacidad, así como a las tendencias más
actuales de intervención y apoyo. Sin una dirección
clara hacia el cambio, los profesionales son “neutralizados”
por la inercia del sistema tradicional de funcionamiento.
Sin estrategias claras para la transformación, sin
una formación específica de los profesionales,
e incluso sin alianzas profesionales compartidas, las posibilidades
de fracaso son muy amplias.
Y esta situación descrita adquiere características
dramáticas cuando la administración educativa
no tiene como objetivo mejorar la atención a los alumnos
con limitaciones, y renuncia a impulsar acciones específicas
de reflexión, evaluación e intervención.
Y es ésta, precisamente, la situación en la
que nos encontramos.
UNAS PALABRAS FINALES
La integración educativa tiene ya tres décadas
de existencia en muchos países y el proceso sigue adelante.
Y sigue adelante porque la integración es un modo de
trabajar en el aula y en la escuela defendiendo los derechos
a la educación y la igualdad de oportunidades de todos
los alumnos. Se han superado muchos problemas en ese camino
y quedan otros muchos por resolver, pero es cierto que el
desarrollo de la integración escolar contribuye a transformar
las actitudes sociales y profesionales hacia la población
más desfavorecida. Y sitúa al niño con
retraso mental y a otros niños con problemas en el
centro de la atención junto a los otros niños
que no presentan problemas.
La integración educativa no permite la segregación
ni la marginación por motivos de las diferencias en
la capacidad de rendimiento o por otras razones. La integración
educativa pone las vías, marca el camino sobre cómo
trabajar en las aulas. Pero, es cierto que conviene complementar
la integración educativa con nuevos conceptos y planteamientos
novedosos que ayudan a fortalecer los esfuerzos en este sentido.
Así, desde una perspectiva de inclusión escolar,
hay que tener en cuenta la propuesta recientísima hecha
por la Asociación Americana sobre Retraso Mental en
2002 (Luckasson et al., 2002) sobre la conceptualización
del Retraso Mental, y las propuestas de Schalock y Verdugo
(2002/2003) que hacen operativo el concepto de “calidad
de vida” y su uso en el trabajo cotidiano junto a otros
conceptos de interés, como el de autodeterminación
y la planificación centrada en la persona.
Si hablamos de calidad de vida en lugar de integración
o normalización, o complementariamente a ellas, estamos
haciendo referencia a las personas y no al proceso en general,
y podemos medir con precisión los avances significativos
que sirven para su mejora. Sustituiremos la ambigüedad
del concepto integración por la descripción
concreta de los logros. Además, hablar de calidad de
vida nos va a permitir situar los esfuerzos que se realizan
contextualizados en las necesidades de la persona desde un
enfoque integral de sus necesidades. La escuela tiene importancia
en la medida en que prepara para la vida, para el empleo,
para la independencia, y para la participación en la
comunidad. Y todos esos aspectos deben ser una parte importante
de cualquier currículo escolar, independientemente
del tipo y grado de la discapacidad del alumno.
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Este
artículo es la base de la ponencia presentada por su
autor el 23 de octubre de 2003 en las I Jornadas Nacionales
sobre Formación y Empleo, organizadas por ADESCA en
Avilés (Asturias).
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