TRATO DIARIO CON LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD
Y VIRTUDES
En la vida moral de las personas podemos distinguir dos circunstancias.
La primera tiene que ver con la necesidad de toma de decisiones:
en determinados momentos, respecto a la orientación general
que queremos dar a nuestro proyecto de autorrealización
y convivencia; en otros, respecto al modo como nos planteamos
salir de situaciones moralmente conflictivas en las que no se
impone con evidencia una opción (dilema entre valores,
tensión entre valores y contextos, etc.) o en las que
imponiéndose nos tienta la salida inmoral. La segunda
circunstancia remite a lo que hacemos cotidianamente, con expresiones
más o menos coherentes, con las opciones globales y decisiones
morales que hayamos podido tomar.
Con frecuencia, cuando pensamos en la moralidad como aliento
de nuestras vidas tendemos a tener presente la primera de las
circunstancias, la de las decisiones (y quizá los actos
inmediatos). Pero olvidamos que, siendo ciertamente imprescindible
para que podamos hablar de una moral autónoma, donde
al final se acaba jugando la densidad de nuestro aliento moral
es en lo que hacemos día a día, en la cotidianidad
en la que sostenemos -o no- en el tiempo las decisiones tomadas.
La cotidianidad no remite solamente a los comportamientos orientados
hacia nosotros mismos y hacia las personas con las que nos relacionamos.
Remite también al conjunto de la sociedad y a los compromisos
de justicia, sin perjuicio de que en ciertas ocasiones se necesiten
acciones extra-ordinarias. Por ejemplo, es en el día
a día y sólo en el día a día como
se pueden realizar determinadas exigencias de la ética
ecológica, como las relativas a los hábitos individuales
de consumo. Ahora bien, lo que en modo alguno puede ignorarse
es que tratándose tanto de la autorrealización
como de la relación de tú a tú con las
personas, el momento de la cotidianidad es el más relevante.
Relacionando este esquema con las categorías éticas,
puede decirse que para el momento de la decisión son
fundamentales los principios e imperativos morales, por la capacidad
que tienen de orientar la acción concreta y por su característica
de exigencias que se nos imponen. Son también importantes
los discernimientos correctos en tomo a los ideales de felicidad.
Pero para el sostenimiento de las decisiones en el día
a día, para la realización efectiva de la moralidad
de las mismas, son fundamentales las virtudes, por todo lo que
tienen de disposiciones interiorizadas que se expresan en hábitos
de conducta.
En torno a las virtudes se nos presenta una circularidad que
es creativa. Debemos decidir ser virtuosos como condición
para serlo (no se deciden sólo acciones a realizar, se
decide también el cultivo de actitudes), pero sólo
siendo virtuosos mantendremos y realizaremos plenamente nuestras
decisiones de vida moral.
Apliquemos ahora todos estos preámbulos al trato diario
con las personas con discapacidad. No sin antes hacer dos advertencias,
para que se entienda correctamente lo que pretendo plantear.
Lo primero que conviene subrayar es que no hay algo así
como una «ética especial» para la relación
cotidiana con las personas con discapacidad, lo que expresaría
en realidad una marginación de las mismas. Lo que tenemos
es una «ética para todos» que está
llamada a asumir las circunstancias específicas de las
personas, entre las que, en algunas, está la circunstancia
de discapacidad, en toda su variedad.
La segunda advertencia se refiere a que, cuando planteamos
la ética de la relación con las personas con discapacidad
podemos tender a centrar nuestra atención moral con tal
unilateralidad en quienes se relacionan con ellas (familiares,
amigos, profesionales, voluntarios), urgiéndoles a cumplir
diversas exigencias de bien y justicia, que acabamos reconociéndoles
sólo a ellos como sujetos morales, reduciendo a las personas
discapacitadas a la condición de objeto de nuestras atenciones.
Este artículo está especialmente pensado para
las personas que atienden en ciertas necesidades a las personas
con discapacidad y que se relacionan con ellas, por lo que será
a ellas a las que tendré presentes fundamentalmente;
pero conviene que el lector no olvide que al otro lado de la
relación hay también sujetos morales en la variedad
de sus circunstancias. El ideal de virtud que aquí se
va a exponer es también una propuesta para las propias
personas con discapacidad, que debe acomodarse a su específica
circunstancia de discapacidad (aunque aquí no entre a
desarrollarlo).
Hechas estas aclaraciones, puede ya destacarse que en el trato
diario con las personas con discapacidad son importantes, por
supuesto, los principios, para decidir la orientación
ética del mismo y clarificar los dilemas morales que
pueden surgir, pero son fundamentales, como ya he avanzado,
las virtudes. Por la razón ya aportada de la durabilidad
que suponen. Y porque, aunque inmediatamente dirigidas a la
perfección del agente (por ejemplo, del profesional de
la atención que se propone cultivar una virtud) tienen
una eficacia decisiva para reforzar la acción que realiza,
sobre todo cuando no es puntual (quien enseña con paciencia
enseña mucho mejor). Podría expresarse esto a
través de una nueva formulación de la circularidad
«virtuosa»: decidiendo cultivar aquellas virtudes
que entendemos son necesarias para el desarrollo positivo de
nuestra relación con las personas con discapacidad, avanzamos
de hecho en nuestro propio perfeccionamiento, y avanzando en
nuestro perfeccionamiento como personas que cultivan las virtudes
logramos modos de relación que perfeccionan a las personas
con discapacidad.
Tras haber expuesto en los artículos anteriores el papel
de los principios en la relación, en este me centraré,
pues, de lleno en el papel de las virtudes. No debe ignorarse,
de todos modos, que no se trata de separar vitalmente principios
y virtudes, sino únicamente de separarlos analíticamente
para poder después ayudar a que se vivan co-implicadamente:
las virtudes ayudando al discernimiento y la realización
de los principios y los principios empujando al cultivo de las
virtudes. Sí queda, de todos modos, como diferencia,
que desde la perspectiva de los principios se busca de modo
directo clarificar y decidir las intervenciones correctas con
las personas con discapacidad, mientras que desde la perspectiva
de las virtudes (aretológica) el interés se centra
en las disposiciones vitales del profesional que condicionan
su relación habitual con ellas.
SOBRE LA NOCIÓN DE VIRTUD
Antes de aplicar la categoría «virtud» a
la relación con las personas con discapacidad, conviene
aclarar lo que implica. Tarea especialmente necesaria porque
en diversos ambientes sociales se trata de una palabra poco
apreciada. Suena a mojigatería, a clericalismo trasnochado,
a cierta minusvaloración de lo vital, etc. Se le buscan,
por eso, sustitutos, como el de «actitudes». Pero
creo que tiene tras de sí una potente y positiva tradición
que dice más que estas versiones nuevas, por lo que hay
que recuperarla actualizándola, aunque no pueda ignorarse
que ciertos usos espurios la han debilitado. Por lo demás,
clarificar lo que significa la virtud en general es ya un primer
paso para concretar, aunque sea en forma genérica, la
tarea moral que pueden proponerse quienes se relacionan con
las personas con discapacidad.
Este esfuerzo de aclaración podemos realizarlo tomando
como referencia, con flexibilidad y con ciertos complementos,
la muy clásica versión aristotélica de
virtud. Aunque las virtudes pueden apuntalar los deberes, conviene
partir de su resituación moral en el horizonte teleológico
(el que apunta al fin de la vida humana) de felicidad, tomada
ésta como «vida lograda», como «plenitud».
Las virtudes son, más que el camino para la felicidad,
la felicidad realizándose. La virtud (areté
en griego, esto es, «excelencia») realiza la excelencia
del que actúa, le hace ser de hecho lo que es potencialmente,
le conduce hacia la plenitud. Y al hacerle así humano,
contribuye a hacer también humanas a las personas con
las que se relaciona y a la sociedad en general. De ese modo,
la virtud no responde primariamente al polo de la obligación
que se me impone aunque no me guste, sino al polo de lo que
es deseable porque es admirable, excelente, bueno... porque
tengo conciencia de que me realiza, aunque pueda costarme. Si
en un momento dado aparecen deberes, será de modo derivado.
En segundo lugar, la virtud es un hábito, una
disposición a hacer el bien que se expresa en modos de
conducta sostenidos. Estos hábitos se adquieren con la
práctica, con la experiencia; esto es, nos hacemos virtuosos
o viciosos según la conducta habitual que tengamos. En
cierto sentido se da aquí, de nuevo, una circularidad
-soy virtuoso porque practico la virtud, practico la virtud
porque soy virtuoso- pero es sumamente fecunda. A su vez, esta
práctica, el éxito de la misma, depende de varios
factores interrelacionados: nuestro carácter, que nos
hace más propensos a unas virtudes que a otras y que
debe acabar constituyéndose en auténtico carácter
moral gracias a la interiorización personalizada de las
virtudes; las condiciones objetivas de la vida social, que ofreciendo
unos u otros estímulos, posibilidades y modelos a imitar,
ayudan o dificultan la realización de determinadas virtudes;
y la educación, en la que se debe dar una específica
planificación del aprendizaje de la virtud que comprenda
a la vez sentimientos, motivación y razón, dado
que el ser humano es «deseo inteligente o inteligencia
deseante» (Aristóteles) y la virtud sólo
arraiga si arraiga en su psiquismo global. Una vez adquirido
de este modo el hábito, la conducta que se relaciona
con él la hacemos con facilidad e incluso con gusto.
En este sentido, toda virtud es una fuerza para actuar (virtus
en latín es «fuerza»).
En tercer lugar, ese hábito, nos dice Aristóteles,
se expresa como elección -opción expresa de la
voluntad- del término medio entre dos extremos
viciosos, de la cima entre dos abismos hacia los que tiende
a caer el deseo no deliberado. Así, la valentía
es el justo medio entre la cobardía y la temeridad. Ahora
bien, hay que reconocer que se trata de una elección
delicada, porque no sólo hay que coordinar deseo y razón,
hay que tener en cuenta también las circunstancias personales
y sociales, lo que hace que el término medio pueda fluctuar
en su concreción en unas situaciones u otras (la valentía
pide a veces enfrentarse y otras retirarse), en unas personas
u otras (la moderación en la comida no se puede expresar
del mismo modo en unos que en otros). Hoy se discute la pertinencia
de esta referencia al término medio para definir a todas
las virtudes. De hecho, ya Aristóteles se vio con problemas
para aplicarlo al caso decisivo de la justicia. Pero en la intuición
aristotélica hay algo muy importante que conviene destacar:
dado que ese término medio no es algo matemático
y fijo, dado que hay que prestar atención a las circunstancias
y a las personas implicadas, lo que resulta manifiesto que debe
funcionar en todas las virtudes a la hora de delimitarlas y
realizarlas es la prudencia que las asume en su punto justo.
Quizá, por poner un ejemplo, la veracidad no tenga en
sentido estricto extremos viciosos entre los que situarse, pero
ciertamente sólo se realizará adecuadamente incorporando
a ella la prudencia o sabiduría práctica que discierne
los modos concretos de vivirla en cada situación. Es
ahí donde hay que huir de los extremos viciosos.
Como cuarta característica de esta ética de las
virtudes conviene poner de manifiesto una cuestión que
también es discutida: la tesis de la unidad de las virtudes,
el supuesto de que para vivir bien una virtud hay que vivirlas
razonablemente bien todas y en todas las circunstancias. Hoy
se tiende a pensar que es un supuesto exagerado. Por ejemplo,
puede decirse, un educador de personas con discapacidad, puede
tener virtudes que le capacitan para vivir una relación
profesional adecuada con ellas y carecer de las virtudes que
se precisarían para llevar adelante determinados compromisos
políticos o familiares. Por mi parte entiendo que, sin
radicalizar la tesis de la unidad, conviene rescatar de ella
algo fundamental. En primer lugar, el contenido de cada virtud
se precisa moralmente de modo afinado cuando va acompañada
de las otras virtudes: la benevolencia sin una virtud como el
respeto puede resultar opresora y el respeto sin la benevolencia
puede ser inhumano. En segundo lugar, el que tiene un auténtico
aliento moral para perseguir una virtud, lo tiene para perseguirlas
todas (todas las importantes). Con todo, estas observaciones
no deben hacemos perder de vista que la razonable unificación
de las virtudes a la que todos estamos llamados recubrirá
siempre en cada uno de nosotros unas connotaciones especiales
y únicas, con acentuaciones y articulaciones diversas
entre las virtudes: tenemos que educar moralmente nuestro carácter
para conseguir lo máximo de él, pero no tenemos
que forzarlo; hay que buscar las mejores circunstancias de educación,
pero no todos tendrán las mismas. En este sentido también
es importante conocerse a sí mismo y desde ahí
sentirse más vocacionado para unas actividades (por ejemplo,
de atención a personas con discapacidad) que para otras,
actuando en consecuencia en la medida en que sea posible. Es
cierto que no siempre se puede elegir. En nuestro caso, los
padres que tienen niños con discapacidad se encuentran
evidentemente en situación de tener que afrontar, también
con el cultivo de las virtudes, una situación relacional
no buscada en lo que tiene de condición de discapacidad
por una de las partes.
PANORÁMICA DE VIRTUDES PARA LA RELACIÓN
CON LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD
Aclarado qué entender por virtud, así como señaladas
algunas consideraciones relativas al modo como deben cultivarse,
toca ahora descender al anunciado terreno de la relación
diaria con las personas con discapacidad para iluminarlo moralmente
desde el referente de las virtudes.
a) La virtud de la amistad
Lo primero que conviene subrayar es que, por su propia naturaleza,
toda relación humana está llamada a ser una experiencia
singular. Constatación de la que emerge una consecuencia
fundamental: allá donde hay singularidad no puede darse
un trato puramente estandarizado, se precisa atención
y acomodación a la persona concreta. Pues bien, para
ello -es la tesis que voy a defender y desarrollar- el mejor
aliado moral son las virtudes.
La relación que familiares, profesionales y voluntarios
establecen con la persona con discapacidad es una relación
moralmente simétrica (aspecto que nunca debe
perderse de vista), es también simétrica en una
serie de aspectos fácticos (que también conviene
tener presentes siempre para no reducir a la persona a su discapacidad),
pero ciertamente hay además una dimensión asimétrica,
la marcada precisamente por la circunstancia de discapacidad.
A este respecto, con las personas con discapacidad se tiene,
en determinadas circunstancias (las que aquí se están
contemplando), una relación de apoyo. La calidad moral
de la relación dependerá en buena medida del modo
como se viva esta asimetría. Desde el modelo moral de
principios o deontológico se afronta teniendo presente
todo lo que se puede la afirmación de las mutuas autonomías
y sus correspondientes derechos que deben ser respetados. En
el modelo de la virtud o aretológico, sin que deba negarse
ese referente, se subraya, en cambio, que se instaura una relación
llamada a ser en sí misma virtuosa con la adquisición
de la forma de la amistad.
Aparece así la primera virtud clave. Una virtud especialmente
relevante porque constituye el «clima» adecuado
para acoger a las demás virtudes al interior de esa relación.
Hay que advertir que no se trata de propugnar que «toda
relación» con las personas con discapacidad tiene
que alcanzar el modo de amistad intensa y globalmente vivenciada
a la manera como se entiende la amistad en el lenguaje corriente
(además de ser imposible su generalización, en
ciertas circunstancias puede ser contraproducente). De lo que
se trata es de propugnar una amistad moral contextualizada.
En genérico, contextualizada en el hecho de la discapacidad,
que pedirá que la asimetría de la relación
de apoyo sea enmarcada en la simetría básica de
la relación de amistad. En específico y variable,
contextualizada tanto en las modalidades de la discapacidad
(intelectual o no intelectual, etc.), como de la edad (niño,
joven, adulto), como de las del tipo de relación (no
es lo mismo la relación familiar que la profesional,
que la de los «amigos» en el sentido social del
término). Concretamente, si nos centramos en la relación
profesional, podría decirse que lo que conviene estimular
es una especie de amistad «parcial», ceñida
a determinados aspectos y momentos de la vida, asumida de ese
modo por ambas partes. Eso evita, por un lado, la frialdad de
la mera relación contractual pero, por otro lado, permite
no caer en una implicación afectiva omniabarcante, negativa
tanto para el profesional como para el que recibe sus servicios.
La virtud de la amistad incluye una serie de «preceptos
de amistad», que, evidentemente, acogidos en el clima
que crea, no son percibidos como obligantes, porque «van
de sí». Si se quiere, a este nivel son más
bien criterios básicos para discernir si se trata de
amistad moral. Aplicados a la relación de amistad que
nos ocupa, podemos precisarlos en tres. El primero de ellos
es el reconocimiento de la persona con discapacidad como insustituible,
como alguien único en una situación singular,
no como un número más en el proceso de apoyo.
El segundo es el de la indivisibilidad e integralidad de su
persona, que pide una atención global y no fragmentada.
El tercero es el del respeto y fomento de su autoestima, que
tiene como nivel más básico la supresión
de todo trato humillante y la superación de la tentación
de fomentar el sometimiento «consentido».
b) Presentación del panorama de virtudes
Además de implicar estos «preceptos», la
virtud de la amistad se expande y manifiesta en un manojo de
virtudes que a su vez la potencian. ¿Cuáles de
ellas pueden ser más pertinentes para las experiencias
de una amistad en la que está implicada la circunstancia
de discapacidad en una de las partes? Sin ánimo de ser
exhaustivos, y teniendo muy presente que subrayar virtudes para
este modo de relación no presupone que son sólo
específicas de él, cabe resaltar las siguientes: