UN PLANTEAMIENTO RADICAL
Es posible que el paso más radical que no acabamos de
dar, cuando discutimos o abordamos el tema de la persona con
discapacidad, sea el más elemental: que es «una
persona más». La segregación se inicia en
nuestra primera proyección: la mental. Y aceptamos que
lo podemos hacer con nuestra mejor intención: cómo
atenderles, cómo cuidarles, cómo programar y gestionarles
los apoyos. Incluso llegamos a convencernos de que las personas
con discapacidad son parte de nuestra sociedad, sin caer en
la cuenta de que no es que sean «parte de la sociedad»
sino que «son sociedad», «conforman la sociedad
en que vivimos».
No pretendemos minimizar el enorme recorrido y esfuerzo que
la sociedad occidental ?por referirnos a la que conocemos? ha
realizado por acoger el fenómeno de la discapacidad en
su seno y por asumirlo y tenerlo en cuenta. Pero a fuerza de
considerarla como algo especial, algo anómalo y patológico,
la hemos tapiado por así decir. En un lado estamos nosotros,
y en el otro están ellos. Que necesitan ?y se lo proporcionamos,
eso sí? accesos especiales, lenguajes especiales, educación
especial, atenciones especiales, cuidados especiales. Nosotros
somos los «típicos», por traducir burdamente
la jerga más moderna que el mundo anglosajón utiliza
para evitar el adjetivo «normales» que antes se
empleaba. Si somos «nosotros» los típicos,
«ellos» serán… lo que ustedes prefieran:
el epíteto da igual, porque no vamos a entrar en esa
curiosa pretensión de cambiar la constitución
española para decidir si son galgos o podencos, cuando
se ha escapado ya la liebre de aceptar que sea la misma sociedad
la que ha conseguido de sus legisladores que le permitan decidir
si «ellos» tienen derecho a la vida.
Les creamos un espacio a «ellos». Y evitamos así
que el espacio sea común. No nos referimos al espacio
físico ?que también?; nos referimos a un espacio
mucho más íntimo, mucho más poderoso porque
es origen de todos los espacios que después imaginamos:
es el espacio mental.
La dimensión ética de la discapacidad arranca
del moderno pensamiento de la justicia: la reivindicación
de la igualdad. No resalta la diferencia sino la igualdad. Es
más lo que nos une o iguala que los que nos separa o
diferencia.
Oigámosles hablar a las personas con discapacidad: «Aunque
seamos personas con discapacidad, como personas somos iguales
y la sociedad debe reconocer coherentemente lo que proclama
enfáticamente. Si tal como funciona resulta que se nos
ve como «anormales», no es porque lo seamos ?hemos
quedado en que somos iguales?, sino porque la sociedad está
funcionando de modo inadecuado. Es decir, no es que nosotros
no nos adaptemos a la sociedad, es la sociedad la que no se
adapta a acoger en igualdad a todos sus miembros». En
este sentido, el debate sobre la integración de las personas
discapacitadas remueve en sus cimientos el corazón de
los valores que proclamamos y se convierte en el test más
riguroso de su cumplimiento o incumplimiento.
La igualdad ontológica y jurídica no debe hacemos
ignorar, por supuesto, las diferencias fácticas. Al revés,
debe tenerlas muy presentes a fin de que sean tratadas de modo
tal que hagan real esa igualdad. Y ellos siguen diciendo: «Concretamente,
si lo más básico de esa igualdad es que tengamos
condiciones dignas de existencia desde las que podamos desarrollarnos
como personas autónomas, es de justicia que la sociedad
se organice de modo tal que todas las personas puedan acceder
a dichas condiciones. »
Si resulta que en el punto de partida en el que estamos hay
una clara desigualdad de realidades de existencia y de oportunidades,
la sociedad deberá prestar una atención específica
a los desfavorecidos para igualarles en circunstancias de realización.
Es así como surge la discriminación
positiva.
LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD INTELECTUAL COMO SUJETOS DE DIGNIDAD
Cualquier planteamiento ético que hagamos en relación
con la discapacidad de las personas debe partir de un principio
fundamental que está en el origen: toda persona con
discapacidad es un sujeto de dignidad. Puede que a alguien
le parezca esta afirmación una perogrullada. La realidad
es muy distinta.
La conquista de la dignidad
Digno es aquello que es un valor en sí mismo. A lo que
es un valor en sí mismo le corresponde ser valorado por
sí mismo. No tiene dignidad, en este sentido, aquello
que es valorado en función de otra cosa, como medio para
lograr un determinado objetivo, o aquello que ni siquiera es
valorado para eso. De ello se desprende que lo que tiene dignidad
no puede ser instrumentalizado (ser utilizado como puro medio).
En cambio, lo que no tiene dignidad puede ser usado como puro
medio, o incluso destruido si estorba. Esto es, la relación
moral, expresada en su nivel básico como deber de respeto,
es una relación que se impone sólo cuando remite
de modo directo o indirecto a quienes son sujetos de dignidad.
Pues bien, las personas con discapacidad intelectual están
siendo reconocidas como sujetos de dignidad en el sentido pleno
del término (y oficialmente, porque eficazmente es ya
otra cuestión) sólo a partir de los sesenta del
siglo pasado. La historia de las personas con discapacidad intelectual,
al menos cuando era marcada, es la historia de seres a los que,
en la gran mayoría de las culturas, y en cualquier caso
en la nuestra occidental, se les ha negado su condición
de sujetos de dignidad, de personas. Desde ese supuesto, se
las ha tratado como medios cuando se las veía «explotables»
(mano de obra barata fácticamente esclavizada), o se
las ha reprimido, excluido e incluso destruido cuando se las
percibía como mera carga o incluso como amenaza.
Diego Gracia, en un ilustrativo estudio lleno de datos históricos
defiende decididamente la tesis de que las personas con discapacidad
han sufrido un trato paralelo al que se ha ofrecido a los animales.
Durante muchísimo tiempo se las trató como animales
salvajes peligrosos (¡¡monstruos!!), de
los que debíamos protegemos con mecanismos de exclusión
y contención, que fueron en general muy crueles; a partir
del siglo XVIII, comenzó a tratárseles como animales
domésticos (enfermos mentales con limitación
congénita, seres ya de la especie humana pero parcialmente
realizados), sometiéndoles a procesos de domesticación
terapéutica y reclusión. Y finalmente, en las
últimas cinco décadas, se ha abierto el proceso
de tratarlas como animales humanos (personas), promoviendo
la normalización y la integración.
Por eso insistimos en hablar no de discapacitados, sino de
personas con discapacidad, para remitirnos a lo que
las define en la centralidad intangible e irrenunciable de su
identidad. Se trata de personas, esto es, de sujetos de dignidad,
valiosos por sí mismos, que deben ser respetados en su
condición de tales, que, por tanto, son sujetos de relación
moral plena. Puede parecer a veces una insistencia excesiva,
un afán algo desmedido de situarse en el «lenguaje
políticamente correcto». Pero si recordamos la
historia que hay detrás y que acabo de mencionar, toda
insistencia puede parecer poca. Porque lo que es cambio reciente
de algo que se vivió durante siglos, debe ser firmemente
afianzado, ya que en nuestro inconsciente colectivo —y
en nuestras prácticas— siguen anidando múltiples
vestigios del pasado. Evidentemente, frente a estos riesgos
no se trata sólo de insistir en ese lenguaje correcto,
como si mágicamente bastara con nombrar la realidad,
se trata sobre todo de que la corrección del lenguaje
sea expresión de la intención firme de hacerlo
eficaz.
El reconocimiento de la dignidad
Dado que acaba de aparecer el tema de la identidad —de
personas, en este caso—, es conveniente resaltar este
dato de la psicosociología: los seres humanos construimos
nuestra identidad no sólo a través de la comprensión
de nosotros mismos y de nuestra iniciativa —personal y
colectiva—, la construimos también a través
del reconocimiento —personal y colectivo— que recibimos
de los otros y que tendemos a interiorizar, sobre todo en circunstancias
de inferioridad. Esto es, y aplicándolo a nuestro caso,
si somos (mal) reconocidos como no personas se nos empuja a
creer que no lo somos en realidad. De aquí se desprende
una consecuencia moral elemental: el deber del adecuado reconocimiento
del otro desde la conciencia de que, de no hacerlo o de hacer
un mal reconocimiento, ejercemos una forma de opresión
que puede resultar especialmente grave (que además, para
regocijo del opresor, no necesita de la fuerza para mantenerse,
precisamente porque ha sido interiorizada). La aplicación
al caso de las personas con discapacidad, al deber de reconocimiento
de su condición de personas, se muestra evidente.
Considerar a las personas con discapacidad como sujetos de
dignidad tiene una consecuencia específica muy importante.
Desde el punto de vista de los derechos humanos, lo que nos
da a todos la igualdad sustancial de la que se desprende después
la obligación de igualarnos todo lo posible en la realidad,
es precisamente la condición de dignidad: todos somos
sujetos de igual dignidad. La dignidad, de este modo, no
marca sólo el deber del respeto, marca a su vez la orientación
hacia la potenciación de la autonomía (implicada
en el imperativo de que no se me pueda tratar como puro medio)
y de la equidad (implicada en la igualdad de la dignidad). Como
se ve por este breve apunte, la dignidad es la base de los derechos
y deberes morales fundamentales de nuestra interrelación,
también, sobre todo, para el caso de las personas con
discapacidad. Y estos son los tres grandes principios: