PACIENCIA
En nuestra cultura actual la paciencia no está de moda.
Lo que cuentan son las prisas, la eficacia rápida, robar
tiempo al tiempo, la competencia que premia al que llega antes.
Sobre la paciencia pende además una acusación
específica: la de ser una «virtud» que incita
a sufrirlo todo con resignación (recuérdese que
viene de pati, padecer), a aguantarlo todo, incluso la injusticia
o el mal evitable. Evidentemente, si es eso no es virtud, porque
contradice la justicia. Es, si se quiere, uno de sus extremos
viciosos -el de «exceso de paciencia»-, que se contrapone
al exceso de la impaciencia. Pero en realidad, el «sufrir»
propio de la paciencia es de otro tipo.
La paciencia se confronta en ocasiones a sufrimientos inevitables,
provocados por conductas de los otros, o por acontecimientos
de la realidad, o incluso por nuestros propios modos de ser
y actuar (la paciencia se ejerce en tres direcciones: hacia
mí, hacia el otro, hacia la realidad). En estos casos,
aliándose con la serenidad, adquiere la forma de encaje
sereno, con ese señorío que permite no sucumbir
al dolor e incluso salir reforzado de él (hay un soportar
que fortalece). Por otro lado, no se conforma con ello. Aliándose
ahora con la justicia discierne si en la raíz de esos
sufrimientos ya inevitables como presente, hay injusticias que
si se evitaran harían que cesaran en el futuro. Y entonces
ofrece su propio modo de contribución para luchar contra
ellas. «El paciente pide valor para cambiar lo que se
puede cambiar, serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar,
y sabiduría para conocer la diferencia», dice Carlos
Díaz en la obra arriba citada (p. 198).
Este modo de contribución, este modo de «actividad
de la paciencia», que, por tanto, no es mera pasividad,
es el mismo que emplea para aquellos objetivos que aunque no
respondan a una reacción contra la injusticia piden un
tiempo largo. La paciencia pasa aquí a adquirir la forma
de constancia y perseverancia, de dominio de la ansiedad; se
hace persistencia en la búsqueda del bien, a pesar de
las dificultades y contrariedades. Y muestra tener una gran
eficacia. Triunfa allá donde compromisos supuestamente
fuertes pero impacientes fracasan. Se ha dicho a este respecto
que la paciencia es el poder de la modestia, de los modestos.
Y cuando se llega a la meta, cuando se saborea el fruto conseguido,
el gozo es de mucha mayor intensidad y especialmente calidad.
Pensando específicamente en la paciencia con los otros,
cuando ésta es virtud adquiere la forma de obsequio de
amor, de aceptación de lo que inicialmente nos fastidia,
porque así les acogemos y, según de lo que se
trate, nos situamos en posición de ayudarles. Ahora bien,
este modo de paciencia queda purificado cuando se vive con la
conciencia de nuestra propia fragilidad, con la conciencia de
que no sólo tenemos que ser pacientes con nosotros mismos,
sino de que los otros están también en situación
de tener que ser pacientes con nosotros. Vivir la paciencia
plenamente es en buena medida compartir en la amistad las paciencias.
Aunque tengamos que estar dispuestos a ofrecerla incluso cuando
no la recibimos.
Este obsequio de amor al otro que es la paciencia tiene una
tonalidad especial al adquirir la forma de respeto al tiempo
del otro. Somos impacientes porque queremos someter al otro
y a la realidad a nuestras expectativas temporales, por lo que
la frustración sobreviene cuando los demás no
se acomodan a éstas. Pero la paciencia pide precisamente
que ensamble mi tiempo en el tiempo necesario del otro, que
sepa esperar, que sepa acompañar sin forzar al otro.
La paciencia, por último, no supone sólo mera
espera. Implica esperanza, a la vez que es sostenida por ésta.
La persona paciente es la que sabe esperar de sí misma
y especialmente del otro un avance difícil, un cambio
de conducta, una novedad; es la que da siempre una oportunidad
al débil (al otro débil y al débil que
somos nosotros mismos). Y la que, precisamente porque confía
en ello, porque confía en él, se siente alentada
para perseverar.
Hecha esta presentación de la paciencia, tocaría
ahora, como en los casos anteriores, aplicarla al caso de la
relación con las personas con discapacidad, a nuestra
paciencia con ellas y con nosotros y a la paciencia de ellas
con nosotros y con ellas mismas. Pero he encontrado un testimonio
que plasma mucho mejor de lo que pudiera hacer por mi parte
lo que significa aprender y practicar paciencia en este modo
de relación, por lo que suplirá mis propias consideraciones.
Se podrían añadir a él algunas observaciones
complementarias con lo dicho aquí sobre la paciencia,
pero creo que van de sí, por lo que no es necesario explicitarlas.
Con todo, el texto no lo reproduzco ahora sino al acabar la
exposición de las virtudes. Porque, centrado en la paciencia,
se relaciona admirablemente con varias de ellas.
MANSEDUMBRE
También sobre la mansedumbre, como sobre la humildad
y la paciencia, recaen hoy fuertes suspicacias. No se quiere
el ideal de seres «mansos», sino de individuos duros,
competitivos, e incluso «agresivos». La persona
mansa, en el lenguaje coloquial, es una persona bonachona, que
no creará dificultades, que incluso estará atenta
a los demás, pero que será incapaz de enfrentarse
a los otros para reclamar derechos, mucho más aún
para enfrentarse a la violencia. Como si la mansedumbre estuviera
reñida con la consistencia y supusiera convertirse en
marioneta en manos de los otros. Así vista, es ciertamente
algo demasiado alicorto como para llamarlo virtud. Pero en realidad,
con ello hemos descrito uno de sus extremos viciosos, aquél
al que deriva cuando no logra imbricarse adecuadamente con la
fortaleza -ausencia de vigor- y con la justicia -renuncia a
los derechos-.
Ciertamente, la mansedumbre es lo contrario de la crueldad
y la violencia, pero no es resignación en el mal sentido
de la palabra, aceptación pasiva. del dominio del otro.
Ya Aristóteles decía que es el justo medio entre
la cólera (el otro extremo vicioso) y la placidez excesiva
(el extremo que se acaba de indicar, con el que hoy se la tiende
a identificar). Con ello sugería que la mansedumbre supone
una moderada cólera y dejaba claro que no es pasividad
ante lo que percibimos como agresión. Pero quizá
sería mejor decir que lo que supone es una serena firmeza.
Como dice Comte-Sponville, «es una valentía sin
violencia,
una fuerza sin dureza, un amor sin cólera»31, un
vigor apacible que inclina a hacer el bien en el respeto exquisito
al otro, sin producirle sufrimiento; la fuerza de la suavidad
tranquila que no deja de ser firme y constante. Proyectada en
el plano público, sería la no-violencia activa
a la manera gandhiana: no nos toca entrar aquí en esta
derivación, centrados como estamos en lo relacional,
pero muestra muy claramente, por un lado, que no tiene nada
de resignación sino que pretende ser un modo no destructivo
de confrontación con la destructividad o con su amenaza,
y, por otro, que es una virtud especialmente significativa para
afrontar positivamente los conflictos.
Una vez más hay que decir que la mansedumbre es una
virtud conveniente para todo tipo de relación. Pero pensando
específicamente en el trato diario con las personas con
discapacidad se nos vuelve a mostrar muy adecuada. Porque es
la virtud que nos proporciona, como acabo de señalar,
el talante preciso para afrontar los conflictos que vayan surgiendo.
En circunstancias en las que hay una asimetría, quien
tiene mayor poder en ella (la persona que apoya a la que tiene
una discapacidad) tiende a «resolverlos» por la
vía rápida, la de la autoafirmación impositiva
del propio poder -aunque la disfrace de formas diversas de justificación-,
pidiendo al otro que sea «manso» en el sentido negativo
de la palabra. Pero sabemos que esas «resoluciones»
son falsas, dejan latente y a veces acrecentado el conflicto.
Éste sólo se gestiona adecuadamente cuando todas
las partes implicadas en él tienen el protagonismo que
les corresponde -que puede adquirir expresiones variadas- y
todos están dispuestos a escucharse, a dialogar, a no
renunciar a lo que es un derecho o la exigencia de un deber,
pero a no atrincherarse rígidamente en las propias posiciones.
Pues bien, la mansedumbre es la virtud que nos da el talante
preciso para afrontar los conflictos de ese modo.
Pero hay además una segunda vertiente en la que la aportación
de la mansedumbre es central. Cuando en el proceso de apoyo
a la persona con discapacidad, especialmente cuando se da al
interior del proceso educativo, es necesario insertar algo con
autoridad, cuando se impone la corrección, o la advertencia,
o la reclamación de que se haga algo que debe hacerse,
el que se haga desde la mansedumbre, esto es, con el acompañamiento
de la fuerza y firmeza de la suavidad tranquila que busca con
ahínco hacer el bien al otro sin dañarle, sin
humillarle, desde el amor, intentando su comprensión,
es algo fundamental: obtendrá el fruto buscado con mucha
más facilidad (o con menos dificultad, pues ésta
está siempre presente) que si lo hace a partir de la
imposición agresiva; pero sobre todo, lo obtendrá
enmarcándolo en una relación positiva para ambas
partes.
PRUDENCIA
El fundamento del referente moral de la prudencia es la constatación
de que para la realización del bien o la acción
correcta no bastan los principios morales y la buena intención
de seguirlos; es también muy importante el conocimiento
de la realidad en la que se va a insertar la acción,
concretamente, de sus circunstancias -de las que emergen posibilidades
y limitaciones- y de las consecuencias que se provocarán
en ella en el caso de que la acción se ejecute. La prudencia
es precisamente la que tiene como misión ensamblar la
acción en sus contextos de formas tales que pueda ser
calificada de moral.
Dado que la acción y el bien siempre se realizan en
un contexto concreto, la prudencia está llamada a ser
la permanente acompañante de todos nuestros procesos
morales vitales. Ella debe estar presente en los discernimientos
en los que se quieren aplicar los principios-imperativos a una
determinada situación para decidir una acción.
Y debe igualmente empapar todas las virtudes a través
de las cuales apuntamos al bien y la plenitud, a fin de que
puedan encontrar su «punto medio», su punto de equilibrio.
Pensada específicamente como virtud, tiene que ver con
las actitudes, capacidades y disposiciones que debe poseer la
persona para que emane de ella con naturalidad y habitualmente
el arte de discernir de modo moralmente adecuado lo que tiene
que realizarse, tanto a nivel de acciones como de virtudes.
Como puede verse, ocupa por ello un papel clave en la moralidad.
Sobre la tarea que tiene la prudencia a la hora de moldear los
contenidos de las otras virtudes, he ido avanzando ya algunos
ejemplos para el caso de las virtudes precedentes. Por eso,
voy a insistir aquí un poco más en su tarea a
la hora de ayudar a los principios a encarnarse en situaciones.
Ha podido pensarse que la prudencia no era tan necesaria porque
para saber lo que hay que hacer bastaría aplicar deductivamente
los principios morales a la realidad. Pero la complejidad de
ésta muestra que lo que se precisa de verdad es establecer
una especie de relación dialéctica entre los principios
y la situación, en virtud de la cual los primeros orientan
la acción situada, pero a su vez se flexibilizan y matizan
desde las exigencias que ésta impone. Quien guía
esta delicada dinámica de interacción es precisamente
la prudencia.
La prudencia se concentra especialmente en el momento de la
deliberación que, impulsada por el fin que se persigue
y contextualizada en unas circunstancias concretas, conducirá
a una decisión cuya puesta en práctica es precisamente
la acción moral. Aristóteles hacía una
precisión importante al definirla, indicando que se trata
de la recta deliberación en tomo a lo contingente, en
tomo a lo que puede ser de otra manera, incluso moralmente.
Esto es, la prudencia actúa fundamentalmente en aquellos
contextos concretos en los que varios cursos de acción
son posibles y hay que discernir cuál es el mejor éticamente.
Para ello hay que articular lo universal de los principios y
lo particular de la situación, la regla formal y la solicitud
debida a las personas, la razón y el deseo, y dilucidar
los medios adecuados en su kairós, su tiempo oportuno.
La prudencia se diferencia así de la sabiduría,
o saber de lo que no puede ser de otra manera. Pero también
de la habilidad: ésta se dirige igualmente a la realidad
contingente, pero mientras que para el sujeto hábil la
calidad del fin resulta indiferente (cuenta su destreza para
encontrar los medios adecuados para cualquier fin), la prudencia
es la habilidad del preocupado por la moralidad. Precisamente
también por esto la prudencia se diferencia de la astucia,
o habilidad que pone el conocimiento de la realidad al servicio
de los propios intereses egoístas.
Para realizar las articulaciones mencionadas antes no hay recetas
fijas, pues la aplicación situada de la ética
es en última instancia singular. Pero, ciertamente, caben
orientaciones generales, porque también hay similitudes
entre situaciones y retos comunes en la búsqueda de las
armonizaciones que se pueden pretender. He aquí algunas
de ellas.
En primer lugar, a la hora de orientar de
una manera general la decisión situada a través
de un adecuado proceso de deliberación, concretamente,
de articular lo universal y lo particular, puede resultar coherente
la propuesta que sintetiza Diego Gracia en el contexto de la
bioética, pero que es extensible también a contextos
como los de la discapacidad. Según este autor, deben
considerarse tres momentos (En «Ecología y bioética»,
en GAFO, J. (ed.): Ética y ecología, Universidad
de Comillas, Madrid, 1991, 188-191):