Es muy probable que todos conozcan el famoso principio de Peter
en el mundo de los negocios: “una persona es promovida sucesivamente
hasta que alcanza una posición para la que no está
cualificada”. En su reciente libro sobre el bienestar mental
de los jóvenes y adultos con síndrome de Down, recientemente
comentado en este Portal (v. http://www.down21.org/revista/2006/noviembre/libros.htm),
Dennis McGuire y Brain Chicoine proponen lo que denominan el principio
de Dennis, porque es el primero de estos autores quien lo ha expuesto
con todo realismo. Dice así: “Hemos visto un fenómeno
similar al principio de Peter en un cierto número de personas
con síndrome de Down, que han sido sucesivamente promovidas
a ambientes residenciales más independientes y a tareas laborales
más exigentes, en los que no se pueden manejar y fracasan,
porque la presión emocional les desborda. Esto les lleva
al aislamiento, a la frustración y a no sentirse felices”.
Una aparente paradoja: es lo que se suele llamar “morir de
éxito”.
Dennis McGuire ha tenido el acierto de enmarcar
con un sugerente título una realidad que otros muchos educadores
y padres corroboran. Pero la realidad de este fenómeno
debe ser correctamente interpretada. Nos equivocaríamos
si dedujésemos que no debemos ponernos metas ambiciosas
en nuestra acción educativa, o contentarnos con una situación
mediocre, o que no debamos intentar nuevos caminos. Pero cuando
llega el momento de la vida autónoma, del trabajo que no
está en régimen tutelado sino dentro de una situación
laboral ordinaria que exige responsabilidad y resultados, del
desarrollo de una vida afectiva, debemos ser muy conscientes de
cuál es la capacidad real de la persona y mantener la guardia
de nuestra observación y vigilancia. Sabe comunicarse correctamente.
Estupendo. ¿Significa por eso que va a poder atender al
teléfono y hacer frente a las variadas demandas de un público
exigente? Se maneja bien en las actividades diarias de la casa.
¿Significa eso que sabe controlar sus tiempos y organizar
autónomamente su vida de ocio? Tiene un trato agradable
con las personas. ¿Significa que podrá estar en
la caja registradora de una tienda y calcular los cambios y monedas
con agilidad?
Hemos de tener en cuenta que si muchos adultos
con síndrome de Down tienen edades del desarrollo que oscilan
entre los 4 y los 11-12 años, esta puntuación es,
en cierto modo, una media de los diferentes aspectos de la personalidad
de una persona. La clave está en no tomar como único
referente la edad de desarrollo sin considerar a toda la persona.
Porque mientras que sus habilidades sociales y adaptativas pueden
estar próximas a 4-10 años, sus aspiraciones sociales
pueden ser parecidas a las de una persona de su edad cronológica,
pongamos 22 años. Puede tener habilidades como de 13 años,
y su capacidad de juicio la de 7 años. Si no se tienen
en cuenta estas realidades, las expectativas pueden ser demasiado
altas o demasiado bajas. Mirar sólo a la media nos confundirá.
Lo que el principio de Dennis advierte es la
necesidad de afinar nuestros juicios, y de ser muy conscientes
de que las habilidades personales y la capacidad adaptativa de
un individuo son enormemente variables. De modo que no demos por
conseguida una capacidad concreta por el mero hecho de que es
brillante en otra. Todos estamos expuestos a un posible fracaso,
pero disponemos de recursos internos para superarlos. Nos preocupa
la vulnerabilidad del joven y el adulto con síndrome de
Down para hacerles frente, a la vista de las repetidas experiencias
que se van conociendo. Y más si por nuestra culpa no se
han medido bien las fuerzas, o con la mejor de nuestras intenciones
nos hemos dejado ilusionar por la brillantez o el destello de
algunas de sus cualidades.
Una vez más, se necesita realizar una
evaluación periódica para determinar si las expectativas
que nos proponemos son las apropiadas. Ajustarlas cuando el nivel
de desarrollo de la persona cambia es la consecuencia lógica.
La clave está en dar con el nivel apropiado e irlo ajustándolo
hacia arriba conforme la persona se desarrolla. De nuevo, el obstáculo
a superar es encontrar ese equilibrio entre expectativa apropiada
y seguridad. Probablemente se necesita un cierto “bajar
de nuestras ilusiones y poner los pies en el suelo”, si
queremos alcanzar el crecimiento y nivel óptimo de habilidades
que deseamos.
Ser ambiciosos, sí. Ser cautos, también.
Ser vigilantes, siempre.