LOS
TALENTOS DEL SÍNDROME DE DOWN:
ALGUNOS PENSAMIENTOS PARA LOS NUEVOS PADRES
Martha
Beck, Ph.D.
Estados Unidos

“Jamás las cosas volverán a
ser como antes ni para usted ni para su familia”,
me dijo un doctor de rostro grave, un día
frío de invierno de 1988, justo después
de que mi hijo Adam fuera diagnosticado de síndrome
de Down. “Está usted echando a perder
su vida”.
Dudo que hubiese estado tan duro si mi bebé
hubiese nacido ya, pero el diagnóstico de
Adam llegó por amniocentesis, tres meses
antes de que el niño naciera. Había
yo decidido mantener el embarazo, y entonces mi
ginecólogo estaba tratando de que cambiara
de opinión. Supe que lo que le motivaba era
un deseo sincero de ayudarme, que él creía
de verdad que sus terribles predicciones eran reales.
Y de algún modo lo eran, supongo. Es cierto
que las cosas ya no han vuelto a ser iguales para
mí desde que Adam nació, y que cuando
rehusé el aborto terapéutico “eché
a perder” la vida que siempre pensé
que tendría. Lo que no sabía en 1988
era que la vida que estaba echando a perder era
mucho menos interesante, completa y feliz que la
que iba a obtener a cambio. Hace catorce años,
al enfrentarme con mi médico que me desaprobaba,
me ponía a pensar en lo que me esperaba por
delante como madre de un hijo con síndrome
de Down. Desde entonces, con frecuencia, me he puesto
a pensar en lo que me podía haber perdido
si hubiese seguido el consejo del doctor en lugar
del dictado de mi corazón.
No estoy diciendo que considere moralmente malo
la interrupción del embarazo tras el diagnóstico
del síndrome de Down; no lo creo así.
Lo que estoy diciendo es que, para mí, tener
un hijo con este síndrome no se parece en
nada a ese horrible peso que en su día pensé
que lo era. Los miedos y las desventajas de tener
un niño así me golpearon como un martillo
en el momento del diagnóstico. El regalo
que traen consigo estos seres excepcionales se da
a conocer de un modo más lento y sutil, a
lo largo de meses, años y décadas.
Pero sé que para mí, y para otros
muchos padres de niños con síndrome
de Down, estos regalos compensan con creces cualquier
dolor o desengaño que podamos sufrir a causa
de su discapacidad.
Quizá ni siquiera necesite usted de esta
clase de seguridad o garantía. Quizá
sea usted uno de esos padres – he conocido
algunos – que dicen que jamás han experimentado
un momento de preocupación o de tristeza
por el hecho de tener un hijo con síndrome
de Down. Si es así, me gustaría saber
que tipo de droga toma y si podría recomendarme
a alguien que me la recetase también a mí.
Pasé meses de angustia mental, antes y después
de que mi hijo naciera, en duelo por el bebé
“perfecto” que había perdido
y temerosa por el bebé que había tenido
en su lugar. Creo que es una reacción normal.
Si acaba de saber que su hijo tiene síndrome
de Down, le animo a que deje que sus emociones fluyan
con toda la intensidad y durante todo el tiempo
que desee. No permita que nadie le diga que “tiene
que animarse”, que mire al lado luminoso,
que deje de sentir lo que siente. La única
reacción que es errónea es la que
no es auténtica, incluida cualquier muestra
falsa de resignación o de alegría.
Si se permite dolerse de sí misma, notará
que esos terribles sentimientos son finitos, y que
el hecho de aceptarlos le permite avanzar hacia
un lugar más feliz.
El síndrome de Down
en una cultura centrada en el C.I.
Me llevó mucho tiempo terminar mi propio
proceso de duelo, probablemente porque en la entera
historia del globo, nunca hubo una persona menos
interesada que yo en tener un hijo con retraso mental.
En el momento del diagnóstico de Adam, mi
marido John y yo estábamos a medio camino
de nuestros respectivos programas de doctorado en
Harvard, en donde habíamos obtenido también
nuestros títulos de licenciatura. Ambos éramos
“criaturas de facultad”, nacidos y formados
en familias de académicos comprometidos y
exitosos. Brevemente, desde que nacimos habíamos
vivido en ambientes en donde ser inteligente era
la única y más valiosa característica
del repertorio humano. Desde esa perspectiva, cualquier
grado de retraso cognitivo es la definición
misma de una catástrofe.
No todo el mundo vive en una torre de marfil académica
como en la que John y yo habitábamos. Pero
casi todos los que lean esto habrán crecido
en una sociedad que glorifica lo que llamamos una
“mente racional”, y habrá pasado
durante años participando en un sistema educativo
que clasifica constantemente a los niños
de acuerdo con su capacidad para pasar ciertos tests
de inteligencia muy estrictamente definidos. Este
sistema social nos enseña a todos, de mil
maneras, que nuestra capacidad para ganar dinero,
respeto y consideración social dependerá
de lo inteligentes que seamos. ¡No es de extrañar
que el síndrome de Down sea tan temido en
nuestra cultura! ¡No es de extrañar
que resulte difícil pensar en cualquier circunstancia
en la que realmente usted desee tener un hijo con
síndrome de Down! Para recibir los regalos
propios del síndrome de Down, tiene usted
que esforzarse por abandonar el modo en que se le
ha enseñado a pensar sobre el valor de la
vida misma: la vida de su hijo, su propia vida,
la vida de cualquier persona con la que se encuentre.
Aprendí esto de un modo bien difícil.
Durante las últimas semanas de mi embarazo
y los primeros días de la vida de Adam, pasé
la mayor parte de mi tiempo cavilando, llorando,
leyendo libros horriblemente deprimentes sobre las
alteraciones cromosómicas, y desarrollando
elaboradas fantasías catastróficas
sobre los terrores que aguardaban a mi familia.
Ahora, la verdad es que vuelvo la mirada hacia aquellos
miedos cuando necesito alivio, porque cada uno de
ellos o demostró ser falso, o me llevó
hacia alguna experiencia transformadora que al final
me dejaba más feliz de lo que era hasta entonces.
Por supuesto, tuve mucha suerte. Adam nació
sin ningún problema grave de salud. Nunca
hube de afrontar cardiopatías que hacen peligrar
la vida, ni convulsiones, ni cirugía neonatal.
Sé de cientos de padres e hijos que hubieron
por estas terrible eventualidades y salieron fuertes
y felices, pero no pretendo comprender la hondura
de su sufrimiento. Todos los problemas que he encarado
son los relacionados con el hecho de tener un hijo
con síndrome de Down que básicamente
es sano, y casi me parecen ahora triviales. Pero
en el momento de su diagnóstico eran espantosamente
terroríficos. Y como puede usted misma tener
esos mismos miedos, quiero contarle cómo
hice desaparecer los míos.
Miedos
infundados
Miedo
nº 1. Mi hijo sería repugnante para
mí y para el resto de la gente “normal”
No me siento orgullosa al admitir que éste
fue uno de mis mayores miedos antes de que Adam
naciera. Como dispuse de meses para imaginarme cómo
sería su aspecto y su comportamiento antes
de verle realmente, creo que mi terror fue más
exagerado del que hubiese tenido si hubiese conocido
el diagnóstico después de nacer. Estaba
aterrada de tener un hijo que se pareciera y actuara
como un “mongólico” (para usar
una de las palabras más odiadas por la comunidad
del síndrome de Down). Este miedo primitivo
se debía a mi primer contacto con personas
con trisomía 21, que había consistido
en unas visitas anuales que hacíamos por
Navidad para cantar villancicos en una “escuela
de formación” que había cerca
de mi casa. Los residentes de esta “escuela”
habían permanecido institucionalizados desde
su nacimiento, revueltos con otros que nos mostraban
toda forma de discapacidad intelectual y física,
dejados al cuidado de funcionarios del estado con
exceso de trabajo y mal pagados, que comprendían
sus necesidades.
Mi miedo sobre los aspectos diferenciales visibles
de Adam empezó a desaparecer en el momento
en que un genetista me aseguró que los niños
con síndrome de Down criados en casa tienden
– al igual que todos los niños –
a aparentar y a comportarse como los demás
miembros de su familia. Sentí también
un enorme alivio cuando Adam nació y puede
ver que, lejos de ser un monstruo, era un bebé
absolutamente adorable. Y todavía, conforme
ha ido creciendo, me ha sorprendido constantemente
comprobar las finas sensibilidades sociales de Adam,
sus suaves maneras para con la gente, el estilo
con que se viste y se peina. A los dos años
ya se preocupaba de su modo de vestir y mostraba
sus preferencias por su atuendo. Con tres años
y medio, había decidido que se sentía
más a gusto con ropa oscura, con una camisa
blanca y una corbata de estilo conservador. Y vestía
así casi a diario para acudir a la guardería
y escuela elemental. Ahora con trece años,
lleva ropa informal (pero de marca) cuando la ocasión
lo aconseja, pero le encantan las ocasiones formales
en las que ha de llevar traje o – mejor todavía
– smoking y pajarita. El sentido de estilo
de Adam, adquirido por sí mismo, elimina
toda esa “rareza” que vi hace años
en esas personas descuidadas con síndrome
de Down que estaban institucionalizadas.
Los modales de Adam son tan formales como sus gustos
por la ropa, no simplemente aceptables sino sumamente
gratos. Puede muy bien encontrarse, como me ha pasado
a mí, con que su hijo con síndrome
de Down es el único de sus hijos al que nunca
hay que recordar decir “por favor” o
“gracias”, que se presta a ayudar tan
pronto se da cuenta de que alguien lo necesita,
que está pendiente con un chiste de suavizar
una situación tensa, que se esfuerza con
cuidado, con suavidad y con eficacia por hacer que
los niños tímidos se sientan a gusto.
Me encantaría afirmar que la enormemente
agradable personalidad de Adam se debe a unos buenos
genes y a la dedicación de los padres, pero
me parece que el cromosoma extra tiene algo que
ver con ello. Si las personas con síndrome
de Down no se ven expuestas a un ambiente social
normal, ciertamente parecerán y se comportarán
de formas que parezcan extrañas a los demás.
Pero cuando se les deja funcionar en el mundo como
cualquier otra persona, estos niños tienden
a ser tan socialmente expertos como los que no tienen
síndrome de Down, si no más.
Miedo
nº 2: Mi hijo llevará una vida desgraciada
La
frase más angustiosa que mi ginecólogo
me dijo para convencerme que abortara fue: “¿Sabe?
Su hijo nunca será feliz”. Comparó
a Adam a un tumor maligno, un accidente celular
que, dejándolo crecer, nos llevaría
a una desdicha incalculable. Según iba captando
esta imagen, de pronto me di cuenta que el propio
doctor no parecía ser una persona particularmente
feliz. Tuve la sospecha de que, como tanta gente
que conocí en Harvard, probablemente se sentía
intensamente apremiado, dispuesto a demostrar su
brillantez a toda costa. Hubiese apostado hasta
mi última moneda a que no estaba basando
su opinión sobre la posible felicidad de
Adam en ninguna experiencia real con personas con
síndrome de Down. Por el contrario, sus negras
predicciones se basaban en su propia convicción
de que el valor y la importancia de los seres humanos
estaban inseparablemente unidos a su coeficiente
intelectual. En el universo de mi médico,
el trabajo intelectual era el único camino
para la autoestima y la satisfacción.
Yo había compartido este punto de vista toda
mi vida. Estaba convencida de que cuantos más
exámenes aprobara y más títulos
consiguiera, más feliz sería. Pero
incluso antes de que Adam naciera, su diagnóstico
me hizo reexaminar esta creencia. Me di cuenta de
que había superado infinidad de exámenes
académicos, y ninguno de ellos me había
proporcionado felicidad alguna que fuera profunda
y duradera. No estaba segura de que esto fuera verdad,
pero de algún modo sentí que estaba
a punto de comprobarlo.
Y bien que lo comprobé, casi desde el instante
en que Adam nació. Su primerísimo
acto independiente, antes de que le cortaran el
cordón umbilical, fue hacerse un pis entusiasta
en la cara del ginecólogo que le había
llamado tumor maligno. Y tras esta demostración,
literalmente “en su propia cara”, pasó
a vivir una de las vidas más felices que
jamás he conocido. Esto no significa que
las personas con síndrome de Down estén
“siempre contentas” –éste
es precisamente uno de los mitos azucarados que
quizá escuche de personas que tratan de manejar
su propia ansiedad sobre el retraso mental. A decir
verdad, las personas con síndrome de Down
muestran todo un espectro emocional normal, y pueden
llegar a tener una depresión clínica,
igual que el resto de la gente, si no se les trata
bien o se sienten aislados. Además, sus personalidades
son individuales; es decir, difieren entre sí
como los que nos llamamos “normales”.
Pero aun a riesgo de hacer una generalización,
yo diría que las personas con síndrome
de Down tienden a ser más perspicaces que
el resto de nosotros en un sentido fundamental:
en lugar de distraerse en conseguir autoestima en
forma de honores, poder, salud y esfuerzo competitivo,
tienden a concentrarse en un criterio esencial:
el amor.
Cuando la gente tiene experiencias casi mortales,
tiende a reaccionar poniendo el amor en el centro
de sus vidas. Los años que pueden haber pasado
persiguiendo la felicidad a base de conseguir o
de adquirir, vienen a parecer vacíos si se
compara con el tiempo que pasan con la gente y en
actividades que más aman. Adam, al igual
que otras personas con síndrome de Down que
conozco, nunca pierde esta perspectiva. Rechaza
gastar su tiempo en cosas que no ama (afortunadamente,
le encanta hacer sus tareas del hogar, ordenar sus
cosas, hacer cosas agradables para los demás,
y exigirse a sí mismo física y mentalmente).
En cambio, centra su puntería sobre cualquier
cosa que signifique querer a alguien o a algo que
se cruce en su camino. Es un optimista natural,
encontrando siempre cosas sobre las que poder sentirse
entusiasmado y complacido.
No puedo expresar lo maravillosamente que cambia
nuestra vida diaria cuando se convive con alguien
que piensa de esta manera. Durante catorce años,
Adam ha estado llamando mi atención hacia
la felicidad que nos aguarda en casi cualquier ocasión:
el gusto por una buena hamburguesa, la alegría
de jugar con nuestro perro, el fabuloso sentimiento
de lavar las sábanas. Cada día, su
pronta sonrisa y su fácil agradecimiento
me enseñan más sobre cómo disfrutar
de la vida que lo que haya aprendido en los más
de veinte años de mi educación formal.
Como comentó un día su hermana más
pequeña cuando Adam estaba explorando encantado
el modo en que funcionaba su cepillo de dientes
eléctrico: “Vaya, ya está otra
vez Adam inundado de alegría”. Aquel
ser semihumano y desgraciado que previno mi médico
nunca apareció bajo la piel de Adam; al revés,
tuve un hijo que parece haber venido equipado con
una perspectiva iluminadora que con inteligencia
y con paciencia que se estira hasta enseñarme
cómo ser feliz. Sólo me cabe esperar
que aquel primer ginecólogo que tuve reciba
alguna vez este milagroso regalo.
Miedo
nº 3: Mi hijo y yo quedaremos aislados en un
mundo hostil
Varias
semanas antes de que Adam naciera, leí un
libro horrible escrito allá por 1940 (¿o
fue en 1490?) sobre cómo tratar a los niños
con síndrome de Down de modo que actuaran
de una forma mínimamente humana. El autor
mencionaba lo importante que era para estos niños
recibir mucho reforzamiento positivo por parte de
la gente que los quería –en la mayoría
de los casos significaría solamente la madre.
Este libro era otro pequeño tesoro (y lo
digo con fuerte ironía) del tiempo de la
institucionalización, pero yo no sabía
lo anticuado y confundido que estaba. Llegué
a creer sinceramente que mi vida con Adam me aislaría
de la compañía con los demás,
que la gente nos evitaría a los dos, dejándonos
encerrados en una prisión provocada por el
accidente genético. No pude estar más
equivocada.
En las últimas décadas, la mayoría
de las sociedades del mundo desarrollado han hecho
enorme esfuerzo por aceptar, integrar y socializar
a los niños con todo tipo de discapacidad.
Queda todavía un largo camino por recorrer,
pero para aquellos de nosotros que hemos tenido
la suficiente suerte de tener acceso a comunidades
que piensan audazmente, esos terribles relatos de
hace unos años van pasando rápidamente
a la historia. La razón de este cambio es
que un gran grupo de gente, quizá incluso
todo un auténtico movimiento social, se ha
comprometido a defender el valor básico y
la dignidad de quienes tienen alguna discapacidad
del desarrollo. Quizá ya haya conocido usted
a alguna de estas personas gracias a su hospital
o a su pediatra, y conocerá a muchos más
conforme su hijo crezca. Además, se beneficiará
de los cambios que se están produciendo constantemente
en las normas y en los valores sociales. Esta será
una magnífica experiencia para su hijo, y
preveo que incluso lo será más para
usted.
Es cierto que desde que Adam nació, me he
encontrado con gente que se sentía horrorizada
y repelía el pensamiento mismo de la discapacidad.
Cuando tenía tres días, lo sujeté
en su pequeño porta-bebés que reposaba
sobre mi pecho y me fui al campus de Harvard en
donde hablé con varios de mis compañeros
de clase, amigos y profesores. Ni uno miró
directamente a Adam o hizo comentario alguno sobre
su nacimiento. Podía perfectamente haber
sido invisible. Me sentí herida en lo más
vivo por esta reacción, no estando lo suficientemente
experimentada, creyendo que si yo simplemente actuara
como si Adam fuera un bebé normal –lo
que realmente era en casi todos los aspectos–
otros se relajarían y responderían
de una forma más apropiada.
Afortunadamente, los diversos especialistas y terapeutas
que empezaron a hacer la “intervención
temprana” de Adam pronto me ayudaron a darme
cuenta que poca gente hay tan mal educada como el
personal de Harvard cuando se trata de la integración
social. A través de mi hijo, empecé
a conocer más y más personas que me
enseñaron cómo aceptar de verdad a
otros seres humanos. En los padres de otros niños
con necesidades especiales, en los educadores que
atendían a Adam en la escuela, en la buena
gente que dirige Special Olympics y en muchos otros,
encontré nuevos amigos de ley, sensatos,
divertidos, amables, de los que se entregan. Según
Adam fue creciendo, noté que mi visión
de la humanidad se iba haciendo pausadamente menos
cínica de la que tenían los profesores
de la Ivy League y los profesionales más
prestigiosos con los que yo había trabajado.
Absorbidos por entero en su proverbial carrera de
ratas, mis colegas tienden a ver a la gente en general
como a ratas. Pero a causa de la presencia de Adam
en mi vida, he llegado a creer que la mayoría
de las personas tienen un gran corazón, deseosas
de aceptar a cualquiera que desee aceptarles a ellas.
Cuando Adam es singularizado a causa de su síndrome
de Down, la distinción suele ser más
frecuentemente positiva que negativa. Un ejemplo.
Cuando nuestra familia pasaba sus vacaciones en
Hawaii, montamos en una pequeña embarcación
con unos 50 turistas para visitar un banco de coral
donde podríamos bucear. El barco estaba dotado
con un tobogán deslizante por el que los
nadadores bajaban y caían a unos diez pies
por encima del agua. Adam con sus ocho años,
que nadaba ya como un pez, decidió que quería
bajar por el tobogán, pero cuando estaba
ya subido, se dio cuenta que el descenso era más
largo de lo que esperaba. Con todo cuidado y agarrándose
a los bordes del tobogán, fue bajándose
hacia el agua, después se paró durante
un minuto larguísimo, cargándose de
ánimo para pegarse la zambullida. Al fin,
tomó aire profundamente, levantó sus
brazos, y saltó del tobogán al agua.
Estaba yo tan absorbida animándole que no
me había dado cuenta de las demás
personas en el barco, por lo que me vi tan sorprendida
como Adam cuando sonó un enorme y espontáneo
aplauso por parte de todos. Nada hubo en ello de
forzado o de condescendiente; estas personas simplemente
deseaban que Adam lo consiguiera, y su alegría
cuando lo hizo fue absolutamente genuina. Quizá
fue porque, en el fondo, cada uno de ellos tenía
algo de perdedor, y podían identificarse
tanto con el miedo de Adam como con su valor. Con
su típica despreocupación, Adam volvió
a subir a la embarcación, saludó a
la audiencia que le felicitaba, y pasó el
resto del viaje ayudando a otros chicos a vencer
su miedo para tirarse por el tobogán.
Éste es el tipo de respuesta con que me he
encontrado casi donde quiera que va la familia.
Ha habido ocasiones en las que Adam ha sido burlado
en la escuela, pero muchas menos y más suavemente
de lo que yo imaginaba –no más de las
que se burlaron de mí cuando era niña
por ser un ratón de biblioteca. Siempre le
ha gustado la escuela, siempre ha tenido auténticos
amigos, siempre ha destacado en los deportes, siempre
se ha imaginado de manera plena y realista un futuro
feliz, rodeado de gente que le quiere. En este proceso,
ha sido él quien ha abierto mis ojos hacia
un mundo más amable y abierto. Hubo un momento
en que pensé que la vida con las repercusiones
sociales de la discapacidad de Adam sería
intolerable: Ahora, no creo que podría vivir
sin ellas.
Ivy
League:
N. del T. Ivy League es un conjunto de siete universidades
privadas, muy prestigiosas, del Este de Estados
Unidos entre las que se encuentra la Universidad
de Harvard.
Miedo nº 4: Mi marido y yo jamás alcanzaremos
nuestros sueños y objetivos
Después
de que Adam fuera diagnosticado pero antes de nacer,
John y yo estábamos preocupados de que nos
nuestros años hubiesen sido heridos fatalmente.
En nada nos ayudó el que varios asesores
(además del personal obstétrico) intentaran
convencernos de que nuestras vidas se destrozarían
si manteníamos el embarazo de nuestro hijo.
Uno de los mentores le dijo a John que ninguno de
los dos terminaríamos jamás nuestros
programas de doctorado en Harvard y que nuestras
carreras se arruinarían antes de empezar.
De nuevo, estábamos oyendo predicciones basadas
en el miedo y en la imaginación, no en hechos.
Debido a la calmada personalidad de Adam, en muchos
sentidos fue más fácil de criar que
sus otras dos hermanas y ciertamente no interfirió
en los objetivos de las carreras de sus padres más
de lo que hubiese hecho un niño “normal”.
Es cierto, sin embargo, que tanto John como yo tenemos
unas vidas profesionales distintas de las que hubiésemos
tenido si Adam no hubiese llegado cuando lo hizo.
Esto no es porque interfiriera nuestros planes,
sino porque su nacimiento nos hizo comprender que
el mundo académico en que hasta entonces
habíamos vivido no se ajustaba realmente
a nuestras personalidades. Criar a Adam nos ayudó
a cambiar nuestro pensamiento dejando de intentar
crear un hijo “perfecto”. Empezamos
a ver que cada niño es perfecto, que cada
persona posee una contribución individual
que aportar al mundo, y que será la más
feliz sólo cuando se le permita donar esa
contribución.
Nuestras carreras siguieron una nueva dirección
cuando empezamos a aplicar esta perspectiva a nosotros
mismos. Aunque obtuvimos nuestros doctorados y conseguimos
buenos trabajos como profesores, los dos terminamos
por abandonar estos puestos para hacer cosas que
nos gustaban más. John, al que le encanta
viajar, se hizo consultor financiero internacional.
Yo me hice escritora y asesora vocacional, lo que
encontré infinitamente preferible a tener
un puesto real de trabajo. No por alardear, sino
para convencerles de que su vida profesional no
ha quedado irremisiblemente dañada, he de
mencionar que ganamos bastante más dinero
siguiendo nuestros sueños reales que si hubiésemos
permanecido en nuestras anteriores carreras. Puede
interesarles saber que gente como Charles de Gaulle,
la escritora Pearl S. Buck, el ensayista George
Will, el entrenador de fútbol Gene Stallings,
y un conjunto de personas con mucho éxito
han tenido hijos con síndrome de Down. Existen
problemas para combinar cualquier carrera con el
ser padres, pero la condición de su hijo
de ningún modo es un obstáculo insuperable
para alcanzar los objetivos de su propia vida.
Una nota final. A las pocas semanas de que Adam
naciera, algunos otros padres de la comunidad del
síndrome de Down me dijeron que tenía
una estupenda vida por delante como defensora de
las personas con retraso mental. No me sentí
cómoda. Francamente, había hecho otros
planes. Durante años, y para liberarme de
cualquier sentimiento de culpabilidad, me esforcé
con no mucho ánimo en asistir a las reuniones
y actos para conseguir financiación, tomar
iniciativas políticas, marcar las líneas
educativas, reuniones que eran organizadas por otros
padres, pero jamás me sentí muy entusiasmada
con ello. Sin embargo, cuando Adam cumplió
nueve años y había yo decidido ser
escritora, me pareció natural escribir sobre
él, y así lo hice –no con ningún
interés noble, sino porque era eso lo que
sentía que quería hacer. Siempre me
sorprendió que la gente me dijera que había
contribuido a la causa de conseguir la plena integración
de los niños “especiales”, porque
la verdad es que mis actos eran absolutamente egoístas.
Como consecuencia de esta experiencia, creo que
el mejor modo que cualquier padre tiene de defender
la causa de su hijo no es abandonar sus ambiciones
previas y dedicar su atención a tiempo completo
a “la causa”, sino seguir tratando de
alcanzar cualesquiera sueños que haya abrigado
antes de que su hijo fuera diagnosticado. Conforme
usted va descubriendo su propia misión en
la vida y al mismo tiempo termina por adorar a su
hijo, será inevitable que aporte su contribución
a las personas con síndrome de Down, y que
ayude a que el mundo se dé cuenta de hasta
qué punto necesita de la extraordinaria presencia
de estos seres.
Miedo
nº 5. Las vidas de mis otros hijos se verán
arruinadas
Otra alegre predicción que recibí
de mi ginecólogo fue la de que la presencia
de Adam destruiría la vida de mi hija de
18 meses, así como la de cualquier otro hijo
que pudiera tener en el futuro. Hoy, y con el fin
de informar sin prejuicio alguno, pregunté
a mis dos hijas de qué manera había
afectado a sus vidas el tener un hermano con síndrome
de Down. Kate tiene 15 años, dos más
que Adam, y Lizzy tiene 11, dos años más
joven que Adam. Aunque les entrevisté por
separado, sus respuestas a la mayoría de
mis preguntas fueron casi idénticas. Fueron
también un poco pesadas. No obstante las
voy a copiar aquí, porque me hubiesen ayudado
inmensamente conocerlas cuando por primera vez trataba
de adaptarme al diagnóstico de Adam.
P:
¿Cómo te sientes por el hecho de tener
un hermano con síndrome de Down?
R (las dos): Es difícil decirlo. No me puedo
imaginar no tener un hermano con síndrome
de Down.
P: ¿Te sientes alguna vez infeliz por ello?
R (las dos): No
P: ¿Cómo crees que afecta a tu vida
social?
R (las dos): No la afecta.
P: ¿Te preocupa tener que cuidar de Adam
cuando seas mayor?
R (las dos): No, él haría lo mismo
por mí.
P: ¿Has deseado alguna vez que Adam no tuviese
síndrome de Down?
R (las dos): No.
P: ¿En qué crees que tu vida hubiese
sido diferente de no haber tenido Adam síndrome
de Down?
R (Kate): No hubiese sido diferente.
R (Lizzy): Creo que si no hubiese tenido síndrome
de Down, podría fastidiarme.
Ahí
tienen, la propia descripción de mis hijas
sobre la lucha terrible que tuvieron para mantener
la paz con la anomalía cromosómica
de su hermano. Como he comentado antes, nuestra
familia ha tenido mucha suerte por el hecho de que
Adam tenga básicamente buena salud y una
personalidad tan extraordinariamente agradable.
Si esas condiciones fuesen diferentes, mis hijas
podían haber experimentado un trauma mucho
mayor. Pero sus respuestas revelan que la mera presencia
de un niño con trisomía 21 no se traduce
necesariamente en un desastre para los hermanos
“normales”.
Mi propia percepción sobre mis hijas es la
de que aceptan niños de modo poco corriente,
sin preocuparse por el hecho de que sean diferentes
de ellas en muchos conceptos. Aceptan a las personas
de otras culturas, raza, religión, o estado
socioeconómico, y piensan que los prejuicios
son un gasto de tiempo. Nunca sabremos si hubiesen
sido de otra manera con o sin el síndrome
de Down de Adam; pero mi opinión personal
es que las mentes de mis hijas poseen una perspectiva
más amplia y más profunda porque Adam
es su hermano.
Miedo
nº 6. Estaré siempre triste
Éste
es otro de los miedos que se me fue consolidando
por los estudios que leí mientras todavía
mantenía el embarazo de Adam. Quizá
sepan que todos los seres humanos pasan por un “proceso
de duelo” predecible cuando les ocurre algo
trágico. Comprende las fases de negación,
“regateo”, rabia, tristeza, y por último
aceptación. Mientras esperaba a Adam, se
me dijo que de acuerdo con algunos trabajos de investigación,
los padres que tienen un hijo con discapacidad (a
diferencia de los padres cuyo hijo se muere), nunca
llegan a alcanzar la aceptación. Simplemente
giran inquietos alrededor del proceso de duelo,
de la negación al regateo, a la tristeza,
a la rabia, y vuelta a empezar de nuevo por el resto
de sus vidas.
Esta fue probablemente la idea más descorazonadora
que escuché durante la etapa acongojada y
pavorosa que pasé desde el diagnóstico
de Adam hasta su nacimiento. La idea de que tendría
ese sentimiento para siempre, o al menos durante
el tiempo que Adam y yo estuviésemos vivos,
fue tan divertida como tener una sentencia de cadena
perpetua en Alcatraz. Afortunadamente, las profecías
de tristeza eterna resultaron tan falsas como todos
mis otros miedos. Tener un hijo con síndrome
de Down no significa que va a ser usted desgraciado
para siempre. Por otra parte, tampoco va a ser siempre
feliz. Ningún hijo, sea cual fuere su perfil
genético, tiene el poder de determinar la
experiencia de vida de sus padres. Nuestros hijos
sólo pueden crear oportunidades para que
cobremos sentido de nuestras propias vidas y lleguemos
a un acuerdo con nuestras propias dificultades.
Nuestra felicidad no está en sus manos sino
en las nuestras.
Dicho esto, la clave apara adaptarse a que su hijo
tiene síndrome de Down es dejar que se vayan
sus ideas sobre lo que piensa que su hijo podría
haber llegado a ser, y disfrutar de lo que su hijo
realmente es. A menudo comparo la experiencia con
la compra de un animal, creyendo que ha comprado
un perrito, se lo lleva a su casa y descubre que
en realidad es un gatito. Si se pasa todo el tiempo
tratando de que el gatito se comporte como un perrito,
olvídese de disfrutar todas esas innatas
cosas maravillosas que ocurren con los gatitos.
Las personas que tienen síndrome de Down
no son mejores ni peores que las que no lo tienen,
pero son diferentes en algunas cosas. Esas diferencias
pueden ser fuente de desencanto o decepción,
pero también pueden ser el origen de un gozo
inesperado.
El mero hecho de afirmarlo no les indica lo verdadero
que es; habrán de descubrir ustedes las alegrías
de su situación observando cómo se
desarrolla su maravilloso bebé. Todo lo que
puedo decirles es que, para mí, criar a Adam
ha sido una fuente de continuas, pequeñas
epifanías, momentos en los que su peculiar
inteligencia me permite ver el mundo de nuevas maneras.
Estoy escribiendo esto justo unos días después
del 11 de septiembre de 2001, cuando los terroristas
atacaron los estados Unidos y cambiaron el alma
americana para siempre. Conforme veía los
noticiarios sobre los cascotes humeantes que habían
sido las Torres Gemelas, Adam vino a preguntarme
qué corbata creía yo que debía
llevar para su baile de la escuela. Después
de ayudarle a decidir, le señalé a
la televisión. Habíamos estado hablando
como familia durante varias horas sobre el desastre,
y me preguntaba qué consecuencia habría
sacado Adam de todo ello.
–¿Qué crees que América
debería hacer sobre esta cosa terrible? –le
pregunté. Adam contempló en la tele
las ruinas, frunció el ceño pensando
y dijo:
–Bueno, simplemente tenemos que seguir bailando.
Este es mi consejo para ustedes, si es que están
atravesando por su propia devastación personal,
la destrucción de sus propias esperanzas
para ustedes y su hijo. Sé que es posible
descender hasta llegar a un estado de aflicción
permanente, pero en una sociedad llena de oportunidades
para sus hijos, esto está muy lejos de ser
su única elección posible. Si simplemente
se deja a sí mismo amar a su hijo tal como
es, ese amor abrirá nuevos modos de ver,
idear y experimentar la vida. El espectro de su
vida emocional probablemente se hará más
amplio que si su hijo fuera “normal”
–experimentará más pena, en
cierto modo, pero también experimentará
más alegría. Algunas personas pueden
considerarlo como una carga. Para mí, lo
siento como un privilegio.
Varios años después del nacimiento
de Adam, una amiga a la que había conocido
en la escuela secundaria me llamó para decirme
que acababa de dar a luz un hijo con síndrome
de Down. Tuve que refrenarme para no decirle, “¡Vaya,
felicidades! ¡Eso es estupendo!”. Tuve
que recordarme a mí misma que debía
respetar su tristeza, sus temores, el dolor de unos
sueños frustrados. También respeto
estas cosas en usted, así que ahora mismo
acepte por favor mis más profundos sentimientos
de compasión. Pero me gustaría dejarle
un mensaje para más adelante, cuando vea
por sí misma la extraordinaria personita
que ha entrado en su vida. Tal como mi viejo doctor
aseguró, su vida nunca volverá a ser
la misma –pero de muchas maneras, será
mejor de lo que ese buen doctor pudo imaginar jamás.
Tiene usted un bebé con síndrome de
Down. Su vida nunca volverá a ser la misma
ni para usted ni para su familia. Enhorabuena. Va
a ser maravilloso.
Este
artículo es un capítulo del libro
“Down syndrome: Visions for the 21st Century”,
editado por W.H. Cohen, L. Nadel y L. Mirzik. Wiley
Ed., New York 2002. Con autorización para
su traducción y publicación en Canal
Down21.