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NUM/04

FEBRERO2010

EDITORIAL

¿Se puede alcanzar la felicidad?

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Recientemente José Antonio Marina ha propuesto que el tener una 'buena vida' consiste en la consecución de tres grandes metas: la salud como objetivo fisiológico, la felicidad como objetivo psicológico, y la dignidad como objetivo ético. Considera que la felicidad es el concepto central: "Es ella la que designa el caudaloso impulso que va a dirigir el desarrollo paulatino del ser humano". Y entiende que la felicidad consiste en la armoniosa satisfacción de las tres grandes motivaciones humanas: el bienestar, la vinculación social y la ampliación de las posibilidades. Plantea, sin duda, un gran reto para cualquier individuo que quiera sentir la plenitud de su existencia. Y mucho más si ese individuo adolece de una discapacidad que, como la intelectual, parece limitar de raíz y a primera vista el alcance de esa felicidad. ¿Podrá esa persona —y si puede, en qué grado— alcanzar o, al menos, tender hacia el logro de esa felicidad?

Se trata de una pregunta radical porque en la medida en que nos la planteemos y, en la medida de nuestras posibilidades, tratemos de darle respuesta, condiciona por completo la actuación del cuidador: sean los padres, los maestros, los médicos, los preparadores laborales, o los que hayan de ser responsables cuando la persona alcance su madurez y la vejez. Claramente, el cuidador se tiene que preguntar: ¿en qué grado colaboro o actúo para que esa persona consiga caminar por sí misma hacia la felicidad?

Al pensar y reflexionar sobre una cuestión tan ardua y tan actual, más que ponerse uno a filosofar trascendencias, vale la pena bajar a aspectos concretos. Pongamos un ejemplo: la capacidad lectora. No están tan lejanos los tiempos en que se negaba a las personas con síndrome de Down su capacidad para leer y escribir de forma comprensiva. Pero eso cambió radicalmente cuando se aplicaron métodos apropiados, y hoy nadie duda que la alfabetización ha cambiado radicalmente sus competencias, sus perspectivas. Ahora disfrutan de la lectura de revistas, cuentos, novelas, poesía, etc. Acceden directamente a la información: han entrado y forman parte del mundo de la cultura.

Qué lejos quedan ya en el recuerdo aquellas frases que nos repetían: «¿Para qué tanto esfuerzo por enseñarles a leer? Total, no van a entender lo que leen...». O el comentario de aquel psiquiatra infantil: «¿Para qué esforzarse tanto si sólo va ganar unos poquitos puntos en su CI?». Pero es que esos poquitos puntos iban a marcar la diferencia entre leer y no leer, y eso cambia la vida de una persona: porque atañe a su bienestar, a su vinculación social, a la ampliación de sus posibilidades, por emplear los términos de Marina, antes citados, necesarios para perfilar el estado de felicidad.

Ello nos lleva a preguntarnos muy seriamente sobre el sentido de que dotamos a nuestra acción educativa, a nuestra intervención en los jóvenes y adultos con síndrome de Down. De cómo trabajemos las funciones de su organismo, tanto las motoras como las sensoriales y cognitivas, va a depender su capacidad para desarrollar actividades que les permitirán la participación en las diversas dimensiones de la vida social. Pero esto exige el gran motor: la motivación. No todos nacemos con el mismo grado de motivación, en especial la motivación intrínseca que nos impulsa desde dentro de nosotros mismos para ejecutar o conseguir algo con independencia de que en ese momento nos agrade o no. Un pedagogo que se precie, y más todavía si ha de formar a personas con discapacidad, ha de ser un experto en motivación. En primer lugar para encontrarse a sí mismo y encontrar sentido a su propia actividad. Pero después para sembrar motivación en su alumno, tanto como meta a corto y medio plazo como de manera inmediata para conseguir que realice la tarea concreta con que se enfrenta en ese momento.

La motivación es el gran lubricante del aprendizaje, sea de actividades manuales o de intelectuales. En el caso de las personas con síndrome de Down, el aprendizaje ha de ir dirigido de forma imperiosa hacia la funcionalidad de los conocimientos, hacia el desarrollo de las habilidades sociales, porque son ellos los que le van a facilitar en el futuro su participación en la vida social, el logro de esa vinculación social y ampliación de posibilidades que conciernen a la felicidad humana. Contamos afortunadamente con la demostración empírica de que los buenos programas de intervención, aplicados desde las edades más tempranas y mantenidos con inteligente y versátil constancia, consiguen que los individuos con síndrome de Down progresen en su vida real a cotas que parecían difíciles de superar. Decididamente, también ellos están capacitados para conseguir y gozar de la felicidad, acorde con su dignidad humana.

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