Unos
principios elementales
Con toda seguridad, la razón por la que se nos estrujó el corazón
cuando nos dieron la noticia de que nuestro hijo nacía con síndrome
de Down fue el pensar que iba a desarrollar deficiencia mental; no
pensábamos en otras alteraciones de su organismo. Y es que, en efecto,
la deficiencia mental es una constante de esta condición; será de
mayor o menor intensidad, pero nunca falta. ¿Por qué? La intención
de este artículo es presentar los conceptos más elementales que nos
sirvan para comprender por qué aparece la discapacidad intelectual,
y en qué nos basamos para programas nuestra acción educativa. Al final
presentamos algunos artículos de gran contenido que pueden leer quienes
deseen profundizar en estos temas.
Esta discapacidad intelectual es consecuencia de la disgenesia o alteración
del desarrollo, que en este caso concierne al desarrollo del cerebro.
Pero el cerebro no es un órgano cualquiera que posea unas células
igualitas, pegadas unas a otras. El cerebro es el órgano de estructura
más compleja de todo el organismo. Posee un tipo de célula fundamental,
la neurona, aparte de otras complementarias, la neuroglia. Pero las
neuronas son tan diferentes entre sí y, sobre todo, muestran tal disparidad
en su ubicación, en su actividad, en sus funciones y en su capacidad
de conectarse unas con otras, que solamente se entiende la formación
del cerebro (su organogénesis) si aceptamos la existencia de unos
mecanismos delicadísimos y armoniosos que regulen la formación de
las neuronas, su capacidad de migrar, es decir, de desplazarse desde
el sitio en que nacen hasta el lugar en donde han de quedar finalmente
ubicadas, y su capacidad de diferenciarse, es decir, de adoptar sus
características definitivas. Es por ello imposible que exista un solo
cromosoma humano cuyos genes intervengan en el mantenimiento de ese
desarrollo armónico del cerebro. Por eso, la ausencia de cualquiera
de ellos o la presencia de uno de más (como es el caso de la trisomía
del par 21 o síndrome de Down) indefectiblemente redunda en una alteración
del desarrollo del cerebro y en la consiguiente aparición de la discapacidad
intelectual.
Ahora bien, conviene tener muy en cuenta varios principios.
a) La intensidad de la alteración del cerebro en una determinada persona
no guarda relación con la que pueda aparecer en cualquier otro de
sus órganos. Es decir, una persona puede tener unos rasgos faciales
muy acusados, o una malformación congénita grave (por ejemplo, en
el corazón) y sin embargo el daño cerebral ha podido ser menor.
b) En la disgenesia cerebral no sólo influye el cromosoma 21 extra
sino también el juego de fuerzas y relaciones que se haya establecido
entre los genes de ese cromosoma y los demás cromosomas, que dependen
de la herencia de los padres.
c) Si la herencia juega un papel evidente, ninguna función del organismo
se encuentra tan sometida a la influencia del ambiente, es decir,
de la educación, como la función intelectual. Por tanto, una buena
base genética con una escasa formación o ambiente para poco sirve;
una base genética alterada con una formación enriquecedora y constante,
consigue superarse.
d) Como consecuencia de lo anterior, nadie está en condiciones de
poder afirmar, ni en el momento del nacimiento ni muchos meses después,
hasta qué nivel cognitivo podrá avanzar y llegar un niño con síndrome
de Down. El esfuerzo que la familia, bien dirigida por los profesionales,
ha de poner debe ser constante y esencialmente optimista. Si de entrada
aceptamos que uno de nuestros hijos no podrá llegar a hacer esto o
lo otro (sin perder realismo, claro está), jamás intentaremos conseguirlo
y nuestro hijo no lo conseguirá. Ha sido, precisamente, el empuje
de muchos padres que no hacían caso de los malos augurios el que ha
ido derribando murallas en el avance cognitivo de las personas con
síndrome de Down.
La estructura cerebral y sus funciones
El sistema nervioso es el sistema por excelencia que, dentro de nuestro
organismo, tiene como función esencial recibir información, procesarla
y emitirla. Gracias a él mantenemos relación con el ambiente exterior,
es decir, percibimos la vida que nos circunda; gracias a él recibimos
constantes señales de nuestro propio mundo interno; y gracias a él
respondemos a esas señales, las externas y las internas, para entrar
en contacto con nuestro ambiente. Pero además, como seres dotados
de unas cualidades de las que carece cualquier otro organismo vivo,
gracias a nuestro peculiar sistema nervioso somos capaces de "manipular"
la información que recibimos, hacerla consciente, elaborarla y reelaborarla,
codificarla, y crear pensamiento: adquirimos conciencia de nosotros
mismos, dudamos o decidimos, tenemos capacidad de innovar, de seguir
la corriente o de ir contra corriente, de cerrarnos en nuestra propia
concha o de abrirnos a los demás... ¡Realmente, nuestro sistema nervioso
sirve para algo!
Si hemos enumerado todas estas funciones tan intrínsecamente humanas
es para que se comprenda hasta qué punto el sistema nervioso, y dentro
de él de modo muy especial el cerebro, es el elemento esencial de
nuestra naturaleza. Y cómo, cuando ese sistema resulta alterado, empiezan
a deteriorarse algunas de las funciones a las que debe servir. Pues
bien, la neurona es la célula clave que, gracias a su
estructura y función, está especialmente capacitada para recibir simultáneamente
una gran cantidad de información, codificarla, interpretarla, elaborarla
y, a su vez, transmitirla en fracciones de segundo.
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| Figura 1. Estructura
de una neurona |
Tenemos que recordar que una neurona consta, esencialmente, de (fig.
1):
a) un cuerpo o soma, dentro del cual se encuentra el núcleo que es
el elemento que guarda los cromosomas y, por tanto, los genes;
b) una arborización que se extiende y expande en abundantes ramificaciones,
y se llaman dendritas, las cuales a su vez, contienen unas pequeñas
expansiones denominadas espinas;
c) una prolongación, larga o corta según el tipo de neurona, que al
final también se ramifica y bifurca, llamada axón o cilindroeje. El
soma y las dendritas son las zonas de la neurona preparadas para recibir
información proveniente de otras neuronas, mientras que el axón es
el elemento encargado de transmitir la información a otras neuronas.
El soma y las dendritas de una sola neurona reciben cientos o miles
de terminaciones axónicas provenientes de otras neuronas (principio
de convergencia); a su vez, esa neurona puede conectar con cientos
o miles de otras neuronas a través de sus ramificaciones axónicas
(principio de divergencia).
Una neurona no se funde con las otras cuando contacta con ellas sino
que mantienen su identidad. De la misma manera que nuestro dedo no
se funde con los objetos que toca sino que uno y otros conservan su
identidad. El sitio de contacto entre la terminación axónica de una
neurona y el soma o dendritas de otra con la que contacta para emitir
la información se llama sinapsis. La sinapsis, pues, es el órgano
por excelencia de la comunicación entre las neuronas. ¿Cómo se lleva
a cabo esta comunicación? Se ejecuta mediante la emisión de unas moléculas
químicas por parte de la neurona emisora, que llamamos neurotransmisores,
y tienen la virtud de activar otras moléculas situadas en el aparato
dendrítico de la neurona receptora, por lo que se llaman moléculas
receptoras. Es decir, el neurotransmisor se convierte en una especie
de mensajero.
Puesto que una neurona recibe numerosos terminales axónicos que forman
sinapsis, y cada uno de ellos puede actuar con un neurotransmisor
distinto, eso significa que una neurona está recibiendo constantemente
información de naturaleza variada, a veces de carácter excitador y
oras de carácter inhibidor; una podrá servir para que origine una
determinada respuesta, otra para reforzar esa respuesta, otra para
influir en un sentido o en otro. De este modo, la neurona recibe la
información y la integra, dando origen a una respuesta que puede ser
inmediata o diferida, instantánea o repetida, etc. Y de esta manera
se forman redes de neuronas, o vías, o circuitos de tamaño y de actividad
variables, que constituyen la base de la actividad cerebral.
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| Figura 2. Una red de neuronas |
Pensemos que los miles de millones de neuronas de nuestro cerebro
están permanentemente intercambiándose información. Así es como elaboramos
nuestros sentimientos, como prestamos atención, como elaboramos una
decisión, como retenemos información en la memoria, como ejecutamos
un operación matemática, como expresamos un sentimiento de amor, o
de ira, o de benevolencia...
Las neuronas, sin embargo, no constituyen un elemento estático y granítico.
Por el contrario, poseen lo que llamamos plasticidad, lo que significa
que su estructura y su función son en parte moldeables. En primer
lugar, en el momento del nacimiento no están desarrolladas plenamente:
les faltan muchas de sus arborizaciones y de los contactos sinápticos;
tanto las unas como los otros se van completando a lo largo de los
primeros meses de la vida, en parte de acuerdo con su propio programa
genético (de nuevo nos encontramos con los genes dirigiendo una operación),
y en parte de acuerdo con los estímulos que las neuronas reciben.
Un animalito privado de luz desde el nacimiento sufrirá atrofia en
las arborizaciones de las neuronas situadas en la corteza cerebral
encargada de recibir los estímulos luminosos. En sentido contrario,
un ambiente rico en estímulos facilita el pleno desarrollo neural,
toda la extensión y calidad de los contactos sinápticos. Los buenos
estímulos refuerzan y estabilizan la función de las sinapsis.
Hoy sabemos, además, que, a diferencia de lo que ocurre en la mayor
parte del cerebro, existe una pequeña zona en el hipocampo en donde
siguen naciendo neuronas a lo largo de toda la vida, y su producción
aumenta cuando existen buenas condiciones de estimulación.
Pero no vayamos a creer algo que se ha venido filtrando sin querer:
que el desarrollo sigue una relación lineal con el estímulo (a doble
estímulo, doble desarrollo neuronal; a triple estímulo, triple desarrollo
neuronal). Las cosas no son así de sencillas. La clave, además, no
está tanto en la cantidad como en la calidad. Hay formas de estimulación
que, incluso, pueden resultar contraproducentes para el desarrollo
armónico del cerebro. Más bien hemos de pensar que es necesario un
mínimo estímulo ambiental para que el programa genético se cumpla,
y que este estímulo es tanto más necesario cuanto más disminuidas
se encuentren las posibilidades de expresión de dicho programa, como
es el caso del síndrome de Down, siempre y cuando las condiciones
de desarrollo sean las mínimas necesarias.
Las alteraciones cerebrales en el síndrome de
Down
En el síndrome de Down apreciamos varias alteraciones cerebrales que
explican las dificultades con que determinados grupos neuronales pueden
expresarse. Estas alteraciones parecen deberse tanto a problemas de
desarrollo -disgenesia- como a la presencia de factores tóxicos que
pueden lesionar la vida neuronal. Como consecuencia de ello observamos:
a) una disminución de determinados tipos de neuronas situadas en la
corteza cerebral, quizá las neuronas que mejor sirven para asociar
e integrar la información;
b) una alteración en la estructura y una disminución en el número
de las espinas dendríticas que conforman parte del aparato receptor
de la neurona;
c) una reducción en el tamaño de ciertos núcleos y áreas cerebrales,
como es el caso del hipocampo, del cerebelo y de algunas áreas de
la corteza prefrontal;
d) una menor eficacia en la organización bioquímica por la cual las
señales que recibe la neurona se integran para originar una respuesta.
Parte de estas alteraciones se han podido apreciar en ciertas áreas
de asociación de la corteza cerebral, hipocampo y cerebelo; es decir,
zonas que tienen por función la de almacenar, recapitular, integrar,
cohesionar la información para, a partir de ahí, organizar la memoria,
la abstracción, la deducción, el cálculo. En consecuencia, las órdenes
que recibe ese cerebro serán más lentamente captadas, lentamente procesadas,
lentamente interpretadas, incompletamente elaboradas.
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| Figura 3. El cerebro
y sus principales áreas corticales. |
Así se explica la demora y la lentitud del
desarrollo psicomotor del bebé y el niño, la lentitud en el desarrollo
del lenguaje y la dificultad de expresión verbal, la morosidad en
entender ciertas órdenes y retener las secuencias, la resistencia
para cambiar de tareas o modificar una opción ya tomada, la dificultad
para elaborar pensamiento abstracto y comprender el cálculo, la dificultad
para el aprendizaje de tareas complejas. Que existan dificultades
no significa que no se llegue a realizar muchas de estas tareas, sino
que habrá de enseñarse con mayor constancia, precisión, paciencia.
Como ya hemos dicho, existe una enorme variabilidad entre las personas
con síndrome de Down en cuanto al número de funciones cerebrales afectadas
y en cuanto a la intensidad de esta afectación. Lógicamente, se hace
preciso analizar cuáles son los puntos más débiles en una persona
concreta para poder, en cambio, desarrollar otras posibilidades. La
intervención temprana trata, precisamente, de compensar y superar
estas limitaciones, de aprovechar a tiempo la plasticidad neuronal,
de extraer al máximo lo que la realidad genética de ese individuo
permita. (Ver información sobre
Intervención Temprana).
Y así, si la información auditiva deja menos huella o es menos eficaz
que la visual, habrá que aprovechar la visual, o habrá que combinar
ambas. Esa labor ha de ser constante, paciente y, sobre todo, creativa,
ajustada a la auténtica realidad que tenemos en ese bebé o ese niño.
La respuesta será variable en una misma persona: habrá épocas en que
el avance sea rápido y tangible; otras, en cambio, mostrarán un estancamiento
desesperante. Pero si se trabaja sin desánimo, siempre habrá avance.
La capacidad de aprender no cesa ni a los 15, ni a los 20, ni a los
30 años. Y las oportunidades se aprovechan mejor cuando se está cerca,
cuando se está conviviendo, cuando se observa con inteligencia, con
picardía. Los profesionales cumplen el gran papel de saber analizar,
interpretar, aconsejar. La aplicación de las recetas y hasta la posibilidad
de adaptarlas recaen en los grandes protagonistas de la educación
de las personas con síndrome de Down: quienes con ellas más conviven.
Para ampliar la información
Si desea ampliar el contenido de estos principios fundamentales, le
recomendamos la lectura de los siguientes artículos que aparecieron
en dos números monográficos sobre síndrome de Down de la revista Siglo
Cero, que edita la Confederación Española de Organizaciones a favor
de las Personas con Retraso Mental (FEAPS: General Perón, 32, 28020
Madrid.):
http://www.feaps.org
Flórez J. Bases neurobiológicas del aprendizaje. Siglo Cero 1999;
vol 30(3): 9-27.
Flórez J. Patología cerebral y sus repercusiones cognitivas en el
síndrome de Down. Siglo Cero 1999; vol 30(3): 29-45.
Troncoso MV, del Cero M, Ruiz E. El desarrollo de las personas con
síndrome de Down: un análisis longitudinal. Siglo Cero 1999; vol 30(4):
7-26.
Y además:
Dierssen M. Las bases neurobiológicas de la intervención temprana.
Rev Síndrome Down 1994; 11: 3-9.
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