¿Qué nivel de motivación alcanzará?
La primera pregunta que nos hacemos es: Esto que hemos apreciado en sus primeros años, ¿nos indicará el nivel de motivación que podrá desarrollar después? En modo alguno.
Los primeros años van marcados por la lentitud, asincronía y retraso en el desarrollo de su cerebro, y ello repercute en el desigual establecimiento del marco estructural en el que deben conformarse su conducta, sus reacciones, el establecimiento de normas y valores.
De ahí que la dirección normativa de padres y profesores va a ser decisiva en esos primeros años en los que se van a establecer y consolidar las formas básicas de la motivación y de las conductas. Si el niño sabe que existen determinados límites, que va a haber exigencias claras, ajustadas eso sí a sus características, pero exigencias al fin y al cabo que van a tirar de él y no dejarlo parado, aunque le disgusten, irá elaborando su propia conciencia de lo que puede y no puede hacer y, sobre todo, de lo que debe y no debe hacer. Fijémonos que no es un proceso de adquisiciones académicas: actuará y aprenderá lo que realmente pueda aprender. Lo fundamental aquí es que conozca e interiorice la realidad de que hay cosas que debe hacer, que debe aprender, en las que debe intervenir, porque de ellas se derivan resultados que le benefician a él y a las personas más próximas a las que quiere.
Es un proceso lento: lo es con todos los niños y lógicamente lleva más tiempo y exige más constancia en quienes tienen problemas de desarrollo y de comprensión. Saber involucrar el lado afectivo de la inteligencia y del pensamiento en esta tarea, va a ser un factor decisivo precisamente porque la tensión afectiva del niño con síndrome de Down es alta.
Hemos de estar convencidos, pues, que la educación y promoción de la motivación interna de las personas con síndrome de Down es tarea necesaria, importante, valiosa... y rentable; ya que permite que, al llegar a la adolescencia y a la juventud, el interesado disponga de un recurso sólido y bien trabajado para ir avanzando durante ese período, siempre más agitado.
¿En qué grado las expectativas que nos hacemos ante una persona con síndrome de Down influyen sobre su grado de motivación? Ésta era la segunda pregunta que nos hacíamos en el artículo anterior. Cada vez estamos más convencidos de la enorme influencia que tiene sobre nuestra conducta la visión que los demás se forman de nosotros, para bien o para mal. Por varios motivos.
Si los padres o maestros desconfían de lo que el niño pueda conseguir, el nivel de exigencia que apliquen caerá y cederá ante los primeros fracasos, y no insistirán mediante un cambio inteligente de estrategias. Es decir, los primeros inmotivados van a ser precisamente los educadores. Pero, además, nuestra actitud, nuestra conducta y nuestra forma de actuación -¡hasta nuestro semblante y nuestros gestos! son captados con extraordinaria precisión por la persona con síndrome de Down, las interioriza y establece de inmediato el grado de autoexigencia y de motivación. Cuando una y otra vez, a lo largo de meses y aun de años, el niño percibe la desconfianza y la poca estima con la que los adultos más próximos a él le tratan, es él mismo quien baja la guardia, quien acepta su fracaso antes, incluso, de iniciar el intento.
Hay muchas maneras de mostrar esa desconfianza y baja estima. La más tosca que, desgraciadamente, observamos es la riña constante o el repetido peyorativo comentario que del niño hacemos en su presencia. Hay otra en la que caemos con frecuencia: la de adelantarnos a hacer por él lo que bien podría aprender poco a poco. Es la llamada inutilidad aprendida.
En capítulos anteriores hemos expuesto el valor que tienen el premio y la gratificación a la hora de establecer las coordenadas de la motivación. El primer premio que uno recibe es la constatación de la satisfacción que su conducta origina en las personas a quienes ama o en quienes le rodean, le observan y lo evalúan. Por ese motivo, como educadores de personas con síndrome de Down habremos de incorporar un conjunto de ideas que nos ayuden en nuestra acción promotora de la motivación:
a) Es preciso que los niños y jóvenes con síndrome de Down desarrollen un correcto nivel de autoestima. b) Para ello, somos nosotros los primeros que deberemos estimarlos y valorarlos. c) De entrada, alcanzan mucho más de lo que a primera vista parece (si tenemos en cuenta sus problemas de lenguaje, su inconstancia, etc.). Por consiguiente, hemos de tender a poner alto el listón de nuestras expectativas: ya la realidad se encargará de hacerlo descender un poco, si es preciso. d) Hemos de ser rápidos y constantes en la expresión de nuestro reconocimiento sobre sus valores y sus logros. e) Hemos de hacerles sentir nuestra felicidad y agrado por el hecho de que estén con nosotros y a nuestro lado.
Todo ello no significa que no reconozcamos sus fallos y limitaciones, y que se los hagamos ver y comprender y se los corrijamos. Pero ha de hacerse con delicadeza y con inteligencia; eligiendo el momento para la reflexión (el mejor momento para él... y para nosotros, libres del enfado inmediato); con pocas palabras, bien dichas para que las entienda; no un sermón o un conjunto de tópicos.
Cuanto más claras sean nuestras expectativas y más positivamente se reflejen en nuestros modos y maneras de tratar al niño, mayores serán las oportunidades de que vayan estableciendo las bases íntimas de su motivación interior.
Es así como irá adquiriendo conciencia de su propia valía y, en función de las nuevas exigencias que aparecen conforme va creciendo y haciéndose adulto, incorporará patrones de actitud y de conducta que han de hacerle un ciudadano feliz consigo mismo y socialmente responsable y aceptado. Nuestra motivación interna es consecuencia ineludible del conocimiento y la confianza en nuestras propias posibilidades. Se tenga o no síndrome de Down.
¿En qué grado
sus limitaciones para aprender, para adaptarse, para mantener relaciones
Es una pregunta que tiene un alto contenido porque nos sitúa en el nivel de realismo necesario. Todo nuestro aprecio por la persona con síndrome de Down y nuestra admiración por el esfuerzo que realiza para superar sus dificultades no ocultan la realidad de las limitaciones que, en diverso grado, muestran en su capacidad de adaptación, planificación, ejecución, etc. Quizá su conducta, tantas veces tan natural, nos hace olvidar que, en efecto, tienen necesidades especiales en su modos de aprender, de retener lo aprendido, de establecer relaciones, de saber guardar el equilibrio en la conducta, etc. Estas limitaciones influyen directa o indirectamente sobre el desarrollo de la motivación. ¿Por qué?
Por diversos motivos. La conciencia que tiene de sus fracasos, de sus deseos por conectar con sus compañeros en un régimen de igualdad y de reciprocidad que casi nunca consiguen, de vivir como los demás, son motivos para el desaliento y la pérdida de motivación que se agudizan cuando los años de la adultez transcurren sin especiales acontecimientos que les estimulen y hagan atractiva su vida. Esto significa que hace falta cambiar muchas actitudes y formas de comportamiento, en ellos y en nosotros, adaptadas a cada etapa de su vida. Pero antes y con mucha mayor profundidad, deben integrar el convencimiento de que son seres humanos dotados de una dignidad incuestionable y reconocida con hechos, no con declaraciones, y que las limitaciones forman parte integrante de toda persona.
Descendiendo de la esfera de los principios a la tierra de las realidades, es el desarrollo constante y sistemático de sus capacidades cognitivas, de su capacidad adaptativa, de sus habilidades sociales, de su capacidad de superación, lo que les va a dotar de más recursos a corto y largo plazo. Todo eso tiene un método que se perfila y detalla en otras páginas de este Portal. Y su puesta a punto y aplicación sistemática son los que están consiguiendo que más y más personas con síndrome de Down alcancen grados crecientes de autonomía, de disfrute de oportunidades, de participación activa en la sociedad. La satisfacción que ello ocasiona retroalimenta positivamente la conducta y fomenta la motivación del individuo.
Las nuevas generaciones ¿tienen mayores oportunidades para mejorar su grado de motivación? El cambio sustancial promovido en la orientación de la crianza y educación de las personas con síndrome de Down permite contestar positivamente a esta pregunta. Hemos modificado en buena parte no toda, ni siempre nuestras actitudes, hemos incrementado nuestras expectativas y ampliado nuestras perspectivas, sabemos que se les puede exigir más porque rinden más y mejor, y sus vidas ya están siendo más realizadas y completas. Y ello repercute de forma inmediata en la motivación que muestran.
Es preciso que los objetivos que alcanzamos en los jóvenes adultos que ya han disfrutado de esta nueva orientación educativa sean dados a conocer a los padres y educadores de las nuevas generaciones, para que se sientan más seguros y deseos de seguir trabajando. También ellos necesitan ser motivados. La motivación es contagiosa, tanto más cuanto más avalada está por una realidad vivida y experimentada. Jesús FlórezDirector, Laboratorio de Neurobiología del Desarrollo, Universidad de Cantabria Elaborado para Canal Down21 |
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