Jesús Flórez Efectivamente, los adultos jóvenes con síndrome de Down que hoy día vemos por nuestras calles presentan unas características que van a condicionar significativamente la forma y el modo de envejecer, entendidos en su visión biológica más completa. Es conocida la frecuencia con que las personas con síndrome
de Down evolucionan hacia un envejecimiento precoz e incluso hacia la
enfermedad de Alzheimer, lo que las hace particularmente vulnerables.
La relación entre síndrome de Down y enfermedad de Alzheimer,
por otra parte, plantea interrogantes biológicos de hondo calado
que han atraído el interés de los investigadores, quienes
comprenden que la investigación en el síndrome de Down puede
ayudar a clarificar los mecanismos patogenéticos de la enfermedad
de Alzheimer, lo que beneficiaría a un número muy grande
ciudadanos ancianos. De acuerdo con nuestro actual estado de conocimientos, debemos partir de los siguientes datos: 1. La esperanza media de vida de las personas con síndrome
de Down se aproxima a los 60 años. Esta cifra es claramente inferior
a la que ofrece la población general y la población con
discapacidad intelectual que no tiene síndrome de Down. La cifra
es una media y su intervalo es muy amplio. Son varios los informes que
van apareciendo sobre personas con síndrome de Down que han llegado
a la década de los setenta e incluso ochenta sin signos de demencia
(Chicoine y McGuire, 1997). Centraremos el análisis en la presentación
de los datos biológicos que pueden explicar este proceso de envejecimiento
precoz en el síndrome de Down, por una parte, y esta tendencia
marcada hacia la aparición de la enfermedad de Alzheimer, por otra.
Todos estos cuadros son valorados sistemáticamente si se siguen bien las instrucciones del Programa de salud para Personas con Síndrome de Down. Es particularmente necesario resaltar la frecuencia con que pueden iniciarse procesos depresivos coincidiendo con acontecimientos variados que ocurren en la vida de un adulto: muerte de familiares, cambios de domicilio y de ambiente, pérdida de un amigo, temas laborales, etc. Otras veces son las pérdidas sensoriales de la visión y de la audición, o la aparición de hipotiroidismo que, si no son reconocidas y no son expresadas por el interesado, pueden ocasionar graves modificaciones de conducta. De ahí la importancia de crear, mantener y fortalecer relaciones de compañía y amistad que suplan la pérdida de seres queridos; la importancia de conseguir y promover la comunicabilidad durante la vida de adulto, para que sepan y se acostumbren a contar sus problemas y notifiquen las molestias y dificultades que experimentan. Desde el punto de vista de la evaluación
cognitiva y conductual, habrá que aplicar el uso de unas determinadas
escalas de evaluación psicométrica que han sido progresivamente
adaptadas y perfeccionadas para su aplicación en personas con deficiencia
mental y específicamente con síndrome de Down. En la tabla
2 se indican las más utilizadas.
Una vez descartada la existencia de cuadros patológicos que podrían confundir el diagnóstico de demencia, hay que analizar si existen otras causas de demencia que no sean enfermedad de Alzheimer (p. ej., de origen vascular, enfermedades desmielinizantes). El factor decisivo va a ser la documentación de que existe una progresión, un declive en varias áreas específicas, lo cual requiere un estudio sistemático y longitudinal del individuo. Por las razones arriba expuestas, son los estudios longitudinales prospectivos los que ofrecen mayor garantía a la hora de evaluar las características y la evolución de las personas con síndrome de Down que padecen demencia. Una vez que disponemos de una población habremos de analizar cuándo se puede precisar que se inicia la demencia, qué curso sigue, cuáles son los elementos que más se deterioran. Es necesario insistir en el concepto de que un simple declive asociado a la edad en las capacidades adaptativas no significa que hay enfermedad de Alzheimer. Para llegar a diagnosticar la demencia, es preciso observar cambios importantes en la cognición, el humor, la conducta y el funcionamiento social, de acuerdo con los criterios diagnósticos de la DCR-10 (Diagnostic Criteria for Research) establecidos por la OMS en 1993, y que se mantengan o agraven durante un mínimo de 2 años. De esta manera, deberemos distinguir entre lo que es un envejecimiento normal que se inicia precozmente (en el sentido de que aparece antes que en el resto de la población pero el declive progresa lentamente), y lo que es una evolución franca hacia la demencia. Así, pues, los criterios para confirmar la presencia de un declive no son absolutos pero han de demostrar que existe una progresiva pérdida funcional, diferente de la que es propia del envejecimiento normal. Este declive se aprecia en las siguientes áreas: a) Memoria.
Hay problemas en la adquisición de nueva información: acordarse
de encuentros sociales, ubicación de objetos colocados recientemente,
tareas rutinarias que hay que hacer, qué se ha tomado en el desayuno
de la mañana. Parece lógico partir de la base de que las peculiaridades
características del envejecimiento en el síndrome de Down
son consecuencia directa de su particular dotación cromosómica:
la sobredosis génica que aporta la presencia de un cromosoma extra
del par 21. Hoy día vamos conociendo cada vez mejor que sobredosis
de gen no significa necesariamente que vaya a haber sobreexpresión
de ese gen en forma de una mayor cantidad de la proteína derivada
de ese gen. Puede haberla o no; e incluso puede haber disminución
de la expresión de otras proteínas (ver en este Portal:
http://www.down21.org/salud/neurobiologia/Genes_cerebr.htm). Numerosos datos experimentales indican que determinadas células del organismo con síndrome de Down muestran signos claros de estrés oxidativo. El estrés oxidativo viene definido por la aparición y acumulación de un conjunto de productos derivados del metabolismo oxidativo, que ejercen una acción tóxica sobre las estructuras de la célula en donde se forman. La acumulación de estos productos se debe a que hay un exceso de producción, no compensada por la adecuada capacidad de neutralizarlos. Los productos son los llamados radicales de oxígeno que poseen una alta capacidad reactiva, o especies reactivas de oxígeno; es decir, tienen una gran capacidad de interactuar con otras moléculas de las estructuras celulares, modificándolas y, por así decir, debilitándolas para ejercer su correcta función. Con lo cual, a la larga, la célula va perdiendo su capacidad funcional e, incluso, puede llegar a morir. Los principales radicales de oxígeno, que son generados como subproductos de la fosforilación oxidativa, son los siguientes: - aniones superóxido (•O2?) Las mitocondrias respiratorias representan la principal
fuente de producción de superóxidos en la mayoría
de las células, y los aniones superóxido funcionan como
precursores directos en la formación de peróxido de hidrógeno.
El superóxido se forma dentro de las mitocondrias cuando los electrones
son liberados fuera de la secuencia en la cadena de transporte electrónico,
siendo transferidos directamente al oxígeno molecular.
En condiciones normales, la producción de estos radicales puede verse neutralizada por la acción de otras enzimas, como la glutation peroxidasa. Pero si hay sobreproducción de peróxido de hidrógeno por una actividad excesiva de la SOD1, o si la glutation peroxidasa no contrarresta suficientemente el formado, habrá un exceso de radicales libres de oxígenos altamente reactivos que producirán peroxidación de lípidos de membrana y otras acciones hasta lesionar las estructuras celulares. Como consecuencia del exceso de actividad de SOD1 en el síndrome de Down, no acompañada por una mayor actividad de la glutation peroxidasa, se ha podido demostrar un incremento de la producción de superóxidos (aniones superóxido) en las mitocondrias de diversas células de las personas con síndrome de Down. El resultado es que estas mitocondrias son menos eficientes con el tiempo. Aparecen lesiones o cambios conformacionales en sus lípidos, en sus proteínas y, lo que es más grave, en el propio ADN mitocondrial. La lesión de las proteínas de la cadena de transporte de electrones dentro de la membrana mitocondrial interna puede alterar la eficiencia de la cadena de transporte de electrones y, consiguientemente, el metabolismo oxidativo. Pero, además, la lesión del ADN mitocondrial provoca cambios más radicales; en efecto, a diferencia del ADN nuclear, el mitocondrial no se encuentra protegido por proteínas del tipo de las histonas; es decir, se encuentra más vulnerable frente a la lesión oxidativa, lo que termina por producir mutaciones o pérdida de bases en sus nucleótidos; y además, está menos sometido a la acción de procesos reparadores intrínsecos. Estudios en neuronas aisladas Todo este conjunto de alteraciones es lo que llamamos
estrés oxidativo. Lo que nos interesa señalar aquí
es que se han observado signos de estrés oxidativo ya durante el
desarrollo fetal y etapa postnatal temprana en las neuronas de fetos y
niños con síndrome de Down. Ello, lógicamente, puede
afectar negativamente a dos tipos de procesos: Más aún, la adición al líquido de cultivo de productos antioxidantes contrarrestaba parcialmente esos incrementos en las neuronas SD y restablecía su supervivencia. Más recientemente, investigadores de ese mismo laboratorio han expuesto nuevas contribuciones. En este caso, utilizando la misma técnica de cultivo de neuronas fetales con y sin síndrome de Down, analizaron la respuesta de las neuronas frente a un radical superóxido, el superóxido de hidrógeno (H2O2). El superóxido produjo notable reducción de la supervivencia neuronal por degeneración de las estructuras en ambos tipos de neuronas, con producción de radicales libres de oxígeno y aumento de peroxidación de lípidos(figura 3).
Es evidente, pues, que el superóxido de hidrógeno (que en el síndrome de Down puede estar aumentado por el incremento de la dosis génica de SOD1) se convierte en un elemento desestabilizador de las neuronas SD. Estas neuronas muestran signos de estrés oxidativo, con consecuencias perjudiciales para ellas. El fenómeno no es exclusivo de las células neuronales. Recientemente ha sido observado también, por ejemplo, en los macrófagos obtenidos de la sangre de niños con síndrome de Down (1 a 8 años), en donde se apreció un aumento en la producción de superóxidos a nivel mitocondrial (Capone et al., 2002); en cultivos de fibroblastos (Busciglio y col., 2002); se aprecian alteraciones en las proteínas mitocondriales de personas con síndrome de Down (Kim et al., 2000). Conclusión La conclusión que podemos obtener a partir de todos estos estudios es que ciertas células de las personas con síndrome de Down están bajo la amenaza del estrés oxidativo, posiblemente expresado por la acumulación de radicales superóxido que reducen la capacidad funcional de la mitocondria. La lesión que estos radicales ejercen sobre los lípidos mitocondriales, las proteínas y el ADN mitocondrial pueden explicar la acción permanente y perjudicial que va erosionando la vida y la permanencia de las células, llevándolas hacia el envejecimiento y la muerte. Es así como explicaríamos el envejecimiento precoz, al que consideramos como una de las características más acusadas (aunque no constantes) del síndrome de Down.
Trabajo elaborado para Canal Down21 (Marzo 2005) Jesús Flórez es Director del Laboratorio de Neurobiología del Desarrollo en la Universidad de Cantabria, Director Adjunto de www.down21.org y Asesor científico de la Fundación Síndrome de Down de Cantabria (Santander, España) |
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