Cáncer
y Síndrome de Down
Introducción
En las personas con síndrome de Down, se conoce mal la
patología tumoral porque durante mucho tiempo ha quedado
enmascarada por complicaciones malformativas e infecciosas que
reducían la esperanza de vida. Todavía recientemente,
los estudios sobre las causas de muerte en el síndrome
de Down colocaban a los cánceres en el 5º o 6º
puesto. Se estima actualmente que en la trisomía 21 los
cánceres serían al menos tan frecuentes como en
la población general. En todo caso, se desmarcan porque
presentan un reparto de los tipos de tumores netamente diferente
del que existe en la población general.
La distinción clásica entre tumores malignos sanguíneos
(o hemopatías malignas) y tumores sólidos malignos
o cánceres sólidos, cobra aquí toda su importancia
porque su incidencia en las personas con trisomía 21 es
netamente divergente. Es por este motivo por el que las leucemia,
más frecuentes, están bien estudiadas (ver
Leucemias y síndrome de Down). En cambio, los tumores
sólidos que son menos frecuentes, no han sido hasta ahora
objeto de trabajos clínicos específicos. Veremos
que, incluso en el grupo de los tumores sólidos, ciertos
tipos se encuentran sobrerrepresentados y esos tumores aparecen
más precozmente, mientras que otros son sorprendentemente
raros.
Este reparto global, muy particular en los cánceres de
la trisomía 21, ha sido denominado perfil tumoral
(Satgé y col., 1998a) por analogía con el perfil
malformativo que caracteriza al particular reparto de malformaciones
en una afectación genética determinada. Si se conoce
bien este perfil tumoral, se realizará un mejor seguimiento
médico de las personas con síndrome de Down.
¿Están aumentados
los cánceres en el síndrome de Down?
¿Hay un aumento de riesgo de desarrollar una afección
maligna por parte de las personas con síndrome de Down?
Es difícil responder a esta pregunta de una manera tajante.
La idea comúnmente admitida de que este riesgo está
netamente aumentado se debe a la fuerte incidencia de leucemias
en los niños con trisomía 21. Pero esta incidencia
disminuye claramente con la edad, y los tumores sólidos
habituales del niño y del adulto son menos frecuentes en
el síndrome de Down. Este hecho impide generalizar para
todas las edades y para todos los tipos tumorales lo que es verdadero
para las leucemias en los primeros años de la vida. La
elevación del riesgo se encuentra sobre todo en los primeros
años de vida. El análisis por tipo de tumores va
a ilustrar otras particularidades que nos conducen a abordar de
manera separada los tumores del niño y los del adulto.
Cánceres del niño
El síndrome de Down es la segunda causa genética
de cánceres en la infancia (Narod y col., 1991), esencialmente
por el hecho de presentar un mayor número de leucemias;
en cambio, los tumores sólidos, en especial los cerebrales
y abdominales, son particularmente raros.
Leucemias
Se estima que una persona de cada cien que nazca con
síndrome de Down tendrá leucemia.
Esta proporción es muy superior a la de la población
ordinaria. Las leucemias en el síndrome de Down (incluidas
las leucemias transitorias) son ampliamente explicadas
en este Portal en las siguientes páginas:
http://www.down21.org/salud/salud/leucemia.htm
y en
http://www.down21.org/salud/genetica/leucemia_megacar.htm
Tumores sólidos
Conforme las leucemias son numerosas y han sido muy estudiadas,
los tumores sólidos infantiles son globalmente menos frecuentes
que en los niños sin síndrome de Down. No obstante,
dentro de este grupo muy heterogéneo de tumores sólidos,
distinguimos un pequeño grupo de tumores en exceso.
Los cánceres sólidos más frecuentemente
descritos en los niños con trisomía 21 son los tumores
germinales, es decir los tumores que se desarrollan a
partir de las células de la reproducción. Se desarrollan
esencialmente en los testículos, en menor grado en los
ovarios, pero también en la región abdominal posterior
y en la región cerebral, y para esta última localización
de modo particular en la raza asiática. Son los tumores
denominados seminomas, disgerminomas, teratocarcinomas,
tumores de senos endodérmicos, coriocarcinomas.
Su pronóstico varía según el tipo histológico,
la localización y el grado de extensión tumoral.
Como para las leucemias, su tratamiento puede imponer problemas
importantes de toxicidad (Dexeus y col., 1988; Chik y col., 1999).
El segundo grupo de tumor sólido en exceso es el de los
linfomas (Barber y Spiers, 1964; Satgé y col.,
1996). Son tumores sólidos que se desarrollan a partir
de células sanguíneas y que se manifiestan por modificaciones
del volumen de los ganglios linfáticos, del hígado,
del bazo. Son de diverso tipo, incluyendo también la enfermedad
de Hodgkin. Se dispone todavía de pocos datos sobre su
evolución bajo tratamiento. Para estos dos últimos
tipos de tumores, destaca un neto predominio en niños.
Se han descrito también casos de aparición muy precoz,
como las lesiones precancerosas, testiculares en el período
fetal (Jacobsen y Henriques, 1992) y un caso muy excepcional de
linfoma neonatal (Lorenzana y Schorin, 1989). Este carácter,
de aparición precoz, es un índice clásico
de predisposición genética a los tumores.
Se discute desde hace tiempo la frecuencia de los tumores
cerebrales y, en ausencia de un estudio epidemiológico
para este tema, no es siempre posible saber si están globalmente
en exceso o son menos frecuentes que en la población general
(Narod y col., 1991). Queda también por definir si se dan
en exceso los sarcomas, es decir, los tumores
desarrollados a partir de los tejidos de sostén del organismo,
como son los músculos, los huesos, los cartílagos,
los tejidos conjuntivos (tendones, aponeurosis así como
las paredes de ciertos órganos). Por último, puesto
que se ha publicado un número importante de casos de tumores
oculares (retinoblastomas), habría que
saber cuál es su frecuencia real en la trisomía
21. Otros cánceres específicamente infantiles son
netamente más raros en la trisomía 21 que en la
población general. Son los llamados tumores embrionarios
o del blastema, porque vistos al microscopio reproducen el aspecto
de órganos del embrión humano. Así, en la
trisomía 21 sólo se han descrito 3 casos de neuroblastomas
(tumor nervioso de la glándula suprarrenal), 3 casos de
nefroblastomas (riñón), 1 caso de hepatoblastoma
(hígado), ninguno de meduloblastoma (tejido nervioso cerebral),
ni de pneumoblastoma (pulmón), ni de pancreatoblastoma
(páncreas), 1 de gonadoblastoma (ovario y testículo).
Dos estudios epidemiológicos recientes han confirmado esta
rareza en cuanto a los neuroblastomas (Satgé y col., 1998b)
y nefroblastomas (Olson y col., 1995). Hasta el presente, el estado
de los retinoblastomas (tumor del blastema de la retina, del que
hemos comentado anteriormente) parece diferente y queda pendiente
de mayor precisión.
Una encuesta epidemiológica
reciente. Satgé y col. (2003) han
publicado los resultados obtenidos sobre tumores sólidos
en niños con síndrome de Down, recogidos en todos
los centros de la Sociedad Francesa de Oncología Pediátrica
entre 1980 y 2001. Cubre una población general de 15 millones
de personas con una edad inferior a 20 años. En este periodo
se registraron 21 casos de tumores sólidos en personas
con SD de edad inferior a 20 años. De estos 21 casos, 6
aparecieron en el primer año de vida y 8 entre los 15 y
19 años. El tipo de tumores fue el siguiente:
- Tumores de células
germinales: 6, tanto de localización gonadal como extragonadal
(abdominal).
- Tumores sólidos hematopoyéticos (linfomas):
5
- Sarcomas: 5 |
| |
- óseos: 2
- tejidos blandos: 2
- riñón: 1 |
- Sarcoma de Ewing: 2
- Tumor cerebral (astrocitoma): 1 |
Los resultados confirman las afirmaciones anteriormente expuestas:
1. En su conjunto, los tumores sólidos aparecen en los
niños con síndrome de Down con menos frecuencia
que en el resto de la población.
2. Algunos de estos tumores, sin embargo, son más frecuentes
que en los de la población general: los de células
germinales, los sólidos de tejido hematopoyético
y los retinoblastomas.
3. Son muy raros, claramente, menos frecuentes que en el resto
de los niños, los tumores cerebrales y los embrionarios.
Tumores benignos
Es difícil saber si los tumores benignos como los angiomas
(desarrollados a partir de los vasos sanguíneos), los lipomas
(del tejido graso) y los fibromas (tejido fibroso) son frecuentes
en el síndrome de Down porque son globalmente poco descritos.
No conviene descartar de entrada la posibilidad de que existan
tales tumores benignos ante una masa anormal, de situación
superficial o en órganos profundos de un niño. Se
estima que los pequeños tumores cutáneos benignos
y múltiples de las glándulas sudoríparas,
en los párpados y a veces en otras zonas del cuerpo, son
treinta veces más frecuentes en la trisomía 21.
Tenderán a aparecer a una edad más precoz y a veces
a estar muy extendidos (Butterworth y col., 1964) pero son lesiones
cuyo impacto es poco importante.
Cánceres del adulto
Raras veces se describen y son mal conocidos los cánceres
del adulto en el síndrome de Down. Esto se explica en parte
por una esperanza de vida que estaba netamente reducida hace unos
decenios. De hecho, ello se traducía también en
una disminución real de incidencia de esos tumores. Más
aún que el niño, el adulto con trisomía 21
parecía protegido contra los cánceres.
Algunos tumores sólidos, sin embargo, son más frecuentes
en la edad adulta. Son los mismos cánceres desarrollados
a partir de las células germinales y de las células
sanguíneas que ya hemos visto, y que muestran que el riesgo
neoplásico que les afecta continúa más allá
de la infancia. Los cánceres testiculares
de células germinales, que ya hemos citado, aparecen en
el adulto joven de la población general con una incidencia
de 5 por cada 100.000 varones aproximadamente. En la trisomía
21 el riesgo es más elevado, estimándose que se
multiplica entre x6 y x50 y queda por precisar, si bien su realidad
está actualmente admitida (es decir, un varón con
trisomía 21 tendría la posibilidad de desarrollar
este tipo de cáncer entre un caso por 3.000 y un caso por
400) (Satgé y col., 1997; Dieckman y col.,1997). El examen
de los testículos es uno de los elementos de seguimiento
oncológico en los varones con trisomía 21, sobre
todo porque el tratamiento de estos cánceres da resultados
tanto mejores cuanto más precozmente son diagnosticados
en su estado de evolución.
El segundo grupo corresponde a los linfomas,
pero queda todavía por establecer el grado de riesgo. En
términos prácticos, la frecuencia de la patología
infecciosa en el síndrome de Down puede hacer olvidar una
posible patología tumoral que también se manifiesta
en forma de grandes ganglios linfáticos.
Para los demás tumores, no se posee todavía suficientes
elementos para afirmar si hay elevación de riesgo: es el
caso de los tumores pancreáticos, de los tumores cerebrales
y de los cánceres de ovario (Windham y col., 1985).
Por otra parte, numerosos tumores son menos frecuentes. Así,
una encuesta muestra que el riesgo de leucemia,
contrariamente a lo que se pensaba (Fong y Brodeur, 1987) desciende
netamente con la edad pudiendo legar a ser inferior al de la población
general después de los 30 años (Hasle y col., 2000).
La gran mayoría de los cánceres de los adultos
en la población general son, con mucho, los carcinomas.
Son los cánceres que se desarrollan a partir de las superficies
internas de los órganos huecos, de las glándulas
y de la piel. Los carcinomas son claramente menos
frecuentes en la trisomía 21. Así,
no conocemos ningún caso publicado de cáncer de
próstata en los varones con síndrome de Down, mientras
que éstos son la segunda variedad de cánceres masculinos
en los países de la Unión Europea. La incidencia
de estos tumores aumenta fuertemente a partir de los 50 años.
Su ausencia puede quizá deberse en gran parte a la menor
duración de vida en el síndrome de Down. Pero este
argumento no sirve para explicar la rareza de los cánceres
de mama para los que no hemos encontrado publicados más
que cuatro casos (Jackson y col., 1968; Scholl y col., 1982; Bernardino
y col., 1997), ya que aparecen a una edad menos tardía.
Su escasez había sido sugerido en dos estudios epidemiológicos
(Scholl y col., 1982; Oster y col., 1975), y se confirma claramente
en la encuesta danesa en la que no se había observado ningún
caso, mientras que hubiese habido que atender más de 7
si la incidencia hubiese sido la misma que en la población
general (Hasle y col., 2000). Esta rareza del tumor sólido
femenino más frecuente en el mundo (Hill y col., 1997)
resulta extraordinaria puesto que el riesgo de cáncer de
mama aumenta cuanto menor es el número de hijos, y las
mujeres jóvenes con síndrome de Down tienen hijos
muy excepcionalmente. Paralelamente, se ha señalado un
solo caso de carcinoma uterino (Hasle y col., 2000). Los carcinomas
digestivos parecen también inusualmente raros. Que sepamos,
se ha publicado un solo caso de carcinoma esofágico, 4
cánceres gástricos (Satgé y col., 1998c),
4 cánceres colo-rectales publicados teniendo en cuenta
que estos últimos representan alrededor del 15% del conjunto
de cánceres normalmente. Se puede señalar también
la rareza de los cánceres de vejiga (3 casos), de la piel
(3 casos), del tiroides (2 casos), de los bronquios (2 casos)
y la ausencia, que sepamos, de publicación de carcinoma
de boca y faringe. Los cánceres metastásicos, de
origen desconocido, también son publicados excepcionalmente
(Hasle y col., 2000).
La rareza de las observaciones descritas en la literatura médica
sugiere una incidencia verdaderamente baja, confirmada por los
estudios epidemiológicos. Evidentemente, se necesitan estudios
epidemiológicos complementarios para precisar bien la importancia
de la reducción del riesgo.
En conjunto, pues, los adultos con trisomía 21, y más
particularmente las mujeres, parecen estar globalmente mejor protegidas
contra los cánceres habituales de la población general.
Las variaciones en la incidencia pueden ser muy diferentes e incluso
estar invertidas entre un tipo tumoral y otro. En consecuencia,
es difícil considerar que un solo factor pueda ser el responsable
de modificaciones tan diversas. Es probable que intervengan varios
factores con un impacto diferente según el tipo de cáncer
y el órgano en cuestión, y por tanto según
el tejido en el que esté desarrollado. A este respecto,
hemos visto cómo el tejido formador de los elementos sanguíneos
es particularmente vulnerable (leucemias, linfomas), así
como el tejido de las células de la reproducción
(tumores germinales), mientras que el tejido nervioso y el tejido
renal en el niño, y los tejidos epiteliales del adulto
son netamente resistentes.
¿Cuáles son las causas de los cánceres
y de sus variaciones de incidencia?
Como se comprenden mal los mecanismos carcinológicos de
la trisomía 21, se han propuesto hipótesis variadas.
Se ha señalado, de manera confusa, la intervención
de varios factores; algunos pueden favorecer la iniciación
del cáncer, mientras que otros pueden reducir su producción
al favorecer la diferenciación celular o la muerte celular.
De modo esquemático, al igual que para las personas que
no tienen trisomía 21, se puede considerar dos órdenes
de factores: los factores externos u exógenos que favorecen
(por ejemplo, el alcohol, el tabaco y los tóxicos químicos)
o protegen (por ejemplo, las vitaminas) contra la carcinogénesis,
y los factores constitucionales o genéticos propios del
individuo. Los dos grupos de factores son muy interdependientes
porque el impacto de un agente externo es tanto más marcado
cuanto más vulnerable a ese agente sea el sujeto, de modo
constitucional.
Los factores exógenos pueden
tener un papel preponderante en la carcinogénesis, por
ejemplo para los carcinomas de la piel (papel de las radiaciones
solares), los carcinomas orofaríngeos y bronquiales (papel
del tabaco y del alcohol), los carcinomas cervico-uterinos (papel
del comportamiento sexual). Los carcinomas son raros, y algunos
muy raros, en los adultos con síndrome de Down. De hecho,
estas personas viven a menudo en un ambiente protegido en relación
con numerosos factores carcinógenos: no fuman o lo hacen
poco, beben poco o muy poco alcohol, tiene una vida sexual menos
activa y no están sometidas a los tóxicos profesionales
como lo sería una muestra de personas en la población
general. En cambio, es posible que el impacto de ciertos factores
sea más fuerte. Schapiro (1994) considera que en le síndrome
de Down, el organismos es menos apto para compensar agresiones
externas del ambiente.
Los factores constitucionales son más
evidentes para los cánceres del niño pero también
posiblemente para los del adulto.
1. Así la fragilidad en el ADN y las anomalías
de los mecanismos de reparación, observadas en los
linfocitos de las personas con síndrome de Down, en
presencia de agentes químicos y de radiaciones, han
sido puestas en relación con el exceso de leucemias
(Bartholomei-Santos y De Lucca, 1997).
2. Paralelamente, el sistema inmunitario, es decir de defensa
del organismo frente a los agentes externos infecciosos, es
deficitario en la trisomía 21, y se achaca a estos
déficit el exceso de infecciones y de enfermedades
autoinmunes en la trisomía 21 (Rogers y Coleman, 1992).
Se considera a esta déficit de carácter moderado,
pero podría explicar en parte el exceso de linfomas
de la trisomía 21, siendo los linfomas los cánceres
que de forma regularse encuentran en exceso en las deficiencias
inmunitarias congénitas o adquiridas (Penn, 1994).
3. Las perturbaciones de los fenómenos de crecimiento
y de diferenciación celular son el resultado de desequilibrios
bioquímicos debidos al exceso de genes que se encuentran
en el cromosoma 21 extra. Estos desequilibrios pueden perturbar
complejos mecanismos celulares. Algunos de estos genes son
oncogenes o genes del cáncer que juegan su papel en
la transformación cancerosa. Existen tres oncogenes
en el cromosoma 21: ETS2, ERG y RUNX1 (Savasan y col., 1997).
El gen RUNX1 por ejemplo podría estar implicado en
el exceso de leucemias de las personas con síndrome
de Down así como en las de la población general
(ver http://www.down21.org/salud/genetica/leucemia_megacar.htm)
Un factor de diferenciación nerviosa, la proteína
S100? podría, por el contrario, al ejercer una acción
de maduración celular, impedir el desarrollo de tumores
nerviosos intra y extracraneales (Satgé y col., 1998b).
Además, parece muy verosímil que el cromosoma
21 contenga genes supresores de cánceres contra los
tumores epiteliales (Yamamoto y col., 1999). Recientemente,
el factor de transcripción Sim2, cuyo gen se encuentra
en el cromosoma 21, ha sido implicado en la génesis
de ciertos tumores sólidos (De Young et al., 2003).
4. Ciertas características fisiológicas del
síndrome de Down pueden constituir un factor de riesgo.
Así, el exceso de hormonas hipofisarias FSH y LH, actuando
sobre los ovarios y los testículos, pueden favorecer
los tumores germinales testiculares (Satgé y col.,
1997). Como los hemos recordado anteriormente, la ausencia
de embarazo es un factor de riesgo para el cáncer de
mama (Hill y col., 1997). Una malformación, la criptorquidia
o testículo que no ha descendido a la bolsa escrotal,
aumenta el riesgo de cáncer de testículo. Afortunadamente,
las otras malformaciones, especialmente las cardíacas
y digestivas más frecuentes en el síndrome de
Down, no favorecen la aparición de cánceres.
5. La fórmula cariotípica podría también
jugar un papel. Se ha sugerido que las leucemias serían
un poco más frecuentes para las personas con un cariotipo
raro de tipo mosaico, traslocación, isocromosoma (Shen
y col., 1995). Esto sigue siendo debatible y no ha sido confirmado
por un estudio reciente (Traub y col., 1999). |
Actitud terapéutica
La diversidad en la frecuencia con que los distintos tumores aparecen
en las personas con síndrome de Down, según su edad,
condiciona la actitud del clínico hacia el diagnóstico.
Las medidas de prevención, que incluyen las exploraciones
programadas, han de ser similares a las establecidas para el resto
de la población.
En principio, la actitud terapéutica ante la presencia
de un tumor determinado debe ser la misma que se propone para
la población general. Sin embargo, la problemática
física o mental puede condicionar la toma de determinadas
decisiones. En efecto, la presencia de otras alteraciones orgánicas
o de menor capacidad adaptativa impone limitaciones al uso de
determinadas maniobras o agentes terapéuticos, porque su
toxicidad puede afectar excesivamente algunas funciones (Satgé
et al., 2003). Ello exige reducir la dosis de un producto determinado
a costa de restringir su eficacia, por lo que habrá que
recurrir a otros productos alternativos. Piénsese, por
ejemplo, en la cardiotoxicidad de la daunorubicina y doxorubicina
en personas con malformaciones cardíacas, o en la neurotoxicidad
del cisplatino o la vincristina).
La toxicidad hematológica de los diversos agentes puede
ser también mayor: igualmente pueden ser más intensas
las reacciones de las mucosas en forma de mucositis. Algunos productos
pueden ser menos eficaces (metotrexato), obligando a aumentar
la dosis, y otros en cambio ser más sensibles (citarabina,
mitoxantrona). La aplicación de la radioterapia puede resultar
más complicada por la necesidad de mantener inmóvil
al paciente; en ocasiones ha habido que anestesiarle.
Nota
La presente revisión ha sido preparada para Canal
Down21, y está basada en los siguientes
artículos del especialista oncológico francés
Dr. Daniel Satgé:
Satgé D. Aspectos sobre los cánceres en el síndrome
de Down. Revista Síndrome de Down 2000; 17(3):
91-96.
Satgé D y Société Française d’Oncologie
Pédiatrique. A 22-year French experience with solid tumors
in children with Down syndrome. Pediatric Hematology and Oncology
2003; 20: 517-529.
La bibliografía incluida en el texto de esta revisión
se encuentra completa en los citados artículos.
Jesús Flórez
Para Canal Down21
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