1. ASPECTOS
BIOMÉDICOS
Por sus propias características, el síndrome
de Down es claramente detectable en la etapa prenatal
o en el momento mismo del nacimiento, muestra
un fenotipo que resulta inconfundible para cualquier
profano, y por su frecuencia ocupa un amplio espacio
dentro del campo de las discapacidades intelectuales.
Estas circunstancias hacen que, por una parte,
el síndrome de Down sea considerado por
muchas personas en la sociedad como el buque insignia
de la discapacidad intelectual, hasta el punto
de identificar a ambos de forma casi absoluta;
y por otra, que el diagnóstico de síndrome
de Down acompañe siempre a las etapas del
embarazo y del nacimiento de un hijo, alterando
profundamente el estado emocional de los padres
en momentos cruciales de sus vidas.
Teniendo en cuenta estas realidades, y a la vista
de los importantes avances conseguidos en el desarrollo
y educación de las personas con síndrome
de Down durante los últimos 25 años,
es absolutamente vital que los profesionales que
atienden a un niño con síndrome
de Down y a su familia en los primeros momentos
de su vida destaquen e insistan de forma muy especial
en los aspectos positivos y en las capacidades
reales que ese particular niño será
capaz de desarrollar a lo largo de su niñez,
juventud y adultez, y no tanto en los problemas
que quizá puedan sobrevenir. Los cuidados
que se presten y los tratamientos que se prescriban
deberán atender a las necesidades del niño
y de su familia consideradas en su globalidad.
Los niños, los jóvenes y los adultos
con síndrome de Down pueden tener algunos
problemas similares entre ellos y, sin embargo,
cada uno es un individuo con personalidad y características
distintas y únicas. Cada uno tiene el derecho
a participar en la sociedad con toda la plenitud
de que es capaz. Cada uno tiene el derecho a gozar
de una plena salud, tanto en su vertiente física
como psico-emocional, y por tanto el derecho a
recibir los tratamientos médicos y las
intervenciones psico-educativas que sus necesidades
demanden. Por último, debemos tener en
cuenta que es mucho más lo que les identifica
a las personas con síndrome de Down con
el resto de la población que lo que les
separa.
1.1. La etiopatogenia
El síndrome de Down o trisomía 21
es una entidad que en la actualidad constituye
la causa genética más frecuente
de discapacidad intelectual y malformaciones congénitas.
Es el resultado de una anomalía cromosómica
por la que los núcleos de las células
del organismo humano poseen 47 cromosomas en lugar
de 46, perteneciendo el cromosoma excedente o
extra al par 21. Como consecuencia de esta alteración,
existe un fuerte incremento en las copias de genes
del cromosoma 21, lo que origina una grave perturbación
en el programa de expresión de muy diversos
genes, no sólo del cromosoma 21 sino de
otros cromosomas. Este desequilibrio génico
ocasiona modificaciones en el desarrollo y función
de los órganos y sistemas, tanto en las
etapas prenatales como postnatales. Consiguientemente,
aparecen anomalías visibles y diagnosticables;
unas son congénitas y otras pueden aparecer
a lo largo de la vida. El sistema más comúnmente
afectado es el sistema nervioso y dentro de él,
el cerebro y cerebelo; por este motivo, casi de
manera constante la persona con síndrome
de Down presenta, en grado variable, discapacidad
intelectual.
Pese a la existencia común y constante
de los tres cromosomas 21, el modo en que se desarrolla
la acción de sus genes – lo que denominamos
su expresión génica – varía
en cada individuo. Por este motivo, el grado de
afectación de los distintos órganos
y sistemas es extraordinariamente variable. Esto
hace que el número y la intensidad de las
alteraciones orgánicas propias de cada
persona pueda ser muy diferente. Esta realidad
incluye a la discapacidad intelectual; al ser
consecuencia de la patología cerebral derivada
del desequilibrio en la expresión génica,
las variaciones individuales de esta patología
repercutirán en el grado y la manifestación
de la discapacidad que, por tanto, habrá
de ser considerada, evaluada y tratada de manera
individual. Pero como la propia realidad cerebral
y sus consecuencias – la personalidad, la
inteligencia, la capacidad adaptativa –
están fuertemente condicionadas por el
influjo ambiental – educación, nutrición,
bienestar –, y éste es también
altamente variado para cada persona, el resultado
final del funcionamiento vital del individuo con
síndrome de Down es una condición
que no es predecible en su inicio y es altamente
influenciable en su desarrollo (Flórez,
2003).
Por otra parte, el desequilibrio génico
opera sobre los órganos de forma altamente
independiente. Esto significa, en primer lugar,
que distintos individuos presentan distintas alteraciones
orgánicas; y en segundo lugar, que la intensidad
de la alteración en un órgano puede
ser muy diferente de la que ocurra en otro órgano.
Y aun dentro de un mismo órgano complejo
como es el cerebro, la alteración puede
diferir notablemente de unas áreas y núcleos
a otras. Como ejemplo, el hecho de que el corazón
pueda estar muy afectado no significa que el cerebro
lo haya de estar en el mismo grado; o que rasgos
faciales muy característicos signifiquen
grave afectación del cerebro. Puede ocurrir,
sin embargo, que la mala función de ciertos
órganos vitales – por ejemplo, corazón,
tiroides – limitan la actividad del individuo
y condicionen negativamente el desarrollo del
cerebro y de sus funciones.
1.2. El diagnóstico
La incidencia de síndrome de Down es variable
y oscila desde 1 por 660 hasta 1 por 1.000 ó
más nacimientos vivos; esta variabilidad
está siendo fuertemente condicionada por
la decisiones que se toman tras el diagnóstico
prenatal en forma de aborto voluntario. La incidencia
es similar en las diversas etnias pero aumenta
en función de la edad materna: 1:800 (30-34
años), 1:270 (35-39 años), 1:100
(40-44 años), 1:50 (mayores de 45 años).
Sin embargo, la mayoría de los niños
con síndrome de Down nacen de madres menores
de 30 años, por ser la edad en que suele
haber más embarazos.
Aunque existen signos orientativos de síndrome
de Down en el análisis ecográfico
realizado durante el embarazo, el diagnóstico
prenatal definitivo exige la realización
de amniocentesis o de biopsia de las vellosidades
coroideas para poder realizar el cariotipo de
células fetales. Si no ha habido diagnóstico
prenatal, el diagnóstico en el momento
del parto se realiza inicialmente sobre la base
de los signos y rasgos físicos, y debe
ser siempre confirmado mediante la realización
del cariotipo. Los principales signos físicos
quedan señalados en la tabla 1.
Trisomía simple. Aproximadamente,
el 95 % de los casos con síndrome de Down
presenta trisomía simple del par 21; esto
significa que todas las células del organismo
poseen las 3 copias completas del cromosoma 21.
suele deberse al proceso de no disyunción
(no separación) de los cromosomas homólogos
en las células germinales (el óvulo
con mayor frecuencia que el espermatozoide) en
el momento de la meiosis I o meiosis II. En mujeres
de menos de 30 años, el riesgo de volver
a tener un hijo con síndrome de Down es
del 0,5 %; en las mayores de 30 años, el
riesgo viene a ser el que corresponde al grupo
de edad.
Translocación. En alrededor del
3,5 % de los casos con síndrome de Down
se debe a la presencia de una translocación
no equilibrada, generalmente entre los cromosomas
14 y 21. El óvulo o el espermatozoide aporta
un cromosoma 21 completo más el trozo adherido
a otro cromosoma, y la célula germinal
de la pareja aporta un cromosoma 21. En la concepción
el resultado final será la presencia de
dos cromosomas 21 más una tercera porción
del 21. Es muy frecuente que el fenotipo de la
persona con SD por translocación tenga
características similares a las de la trisomía
simple porque el trozo translocado suele corresponder
a la porción más distal del cromosoma
en donde se acumulan los genes que más
contribuyen al fenotipo propio del síndrome
de Down (región 21q22.2-q22.3). Cuando
el cariotipo revela la presencia de translocación
es preciso practicar cariotipos a los padres para
conocer cuál de ellos es el portador de
la translocación. Si lo es la madre, el
riesgo de tener otro hijo con síndrome
de Down es del 12 %; si lo es el padre, el riesgo
es del 1,2 %.
Mosaicismo. Aparece en el 1-2 % de los
casos con síndrome de Down. El individuo
presenta dos líneas celulares en su organismo,
una con trisomía 21 completa y la otra
normal; suele deberse a una no disyunción
durante las primeras divisiones celulares post-concepción.
La proporción en que estas dos líneas
se presentan varía mucho de un individuo
a otro. Cuanto mayor sea la proporción
de la línea normal, mayor será la
probabilidad de que el individuo presente menos
rasgos propios del síndrome de Down, de
que la discapacidad intelectual sea más
leve, y de que tenga menos complicaciones médicas.
1.3. Las primeras
orientaciones
Consideramos de extraordinaria importancia la
acción orientadora y asesora que reciben
los padres en el momento del diagnóstico,
sea en la fase prenatal o en el momento del nacimiento;
y no sólo por lo que atañe a su
contenido sino también a la forma en que
se les proporciona. Porque de la información
que reciben y del modo en que se les orienta va
a depender en buena parte el arranque inicial
de su acción como padres; primero para
aceptar el hijo sin reservas, y después
para actuar con vigor y decisión en su
acción cuidadora.
En el diagnóstico prenatal confluyen
dos circunstancias: el impacto que causa el diagnóstico,
particularmente agresivo, y la necesidad de tomar
una decisión sobre la continuación
o no del embarazo. Por consiguiente, el ambiente
que debe rodear y asistir a los padres en ese
momento ha de estar marcado por la delicadeza,
la comprensión, el afecto, el respeto a
sus decisiones, y la profesionalidad con que se
ha de ofrecer una información que sea veraz
y actualizada sobre la realidad de la persona
con síndrome de Down en su totalidad, los
programas de apoyo actualmente existentes y las
diversas opciones de crianza de que se dispone.
Los expertos recomiendan que el profesional ofrezca
la posibilidad de apoyo informativo y emocional
por parte de otros padres con experiencia personal.
En cualquier caso, el objetivo prioritario del
profesional en ese momento es garantizar que los
padres tomen una decisión de forma libre
y plenamente informada (Parens y Asch).
Cuando la noticia ha de darse en el momento
del nacimiento, el profesional ha de tener
en cuenta que los padres se enfrentan ante una
de las situaciones más críticas
de su vida. Por tanto, el médico ha de
prepararse emocionalmente, libre de cualquier
otra ocupación o preocupación, ha
de estar bien informado sobre el estado actual
de conocimientos, ha de sentirse libre de prejuicios
y sesgos, dispuesto a contestar de forma paciente,
directa, serena y honrada. Es importante que dé
la noticia a ambos padres simultáneamente,
en un ambiente privado, con el niño en
sus brazos si las circunstancias lo permiten,
al que toca y acaricia con naturalidad. Es necesario,
porque la realidad así lo posibilita, que
el profesional ofrezca esperanza, señale
las grandes posibilidades y avances alcanzados
en la educación y desarrollo vital de las
personas con síndrome de Down, e indique
la singularidad con que cada una de ellas va a
evolucionar.
El buen profesional debe insistir en la absoluta
humanidad del hijo, y lejos de ofrecer un listado
de posibles problemas, ha de mostrar una visión
equilibrada y serena, dispuesto a seguir informando
conforme los padres lo requieran. Igualmente,
ha de darles la oportunidad de que entren en contacto
con asociaciones de padres que estén especializadas
en síndrome de Down.
Todo ello no quita para que explique la serie
de exploraciones a las que se ha de someter el
recién nacido con el fin de descartar o
tratar cualquiera de las anomalías congénitas
que pueden aparecer. Por último, debe informar
sobre la necesidad de que los padres acudan a
los servicios especiales de intervención
temprana, explicando las razones por las que el
niño debe iniciar esos programas.
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2. SALUD Y PROBLEMAS
MÉDICOS
En relación con la salud física
y psíquica de las personas con síndrome
de Down, es preciso que adoptemos una posición
de base que sea realista y sensata: en su mayor
parte, gozan de buena salud hasta el extremo de
que su esperanza de vida se ha situado cerca de
los 60 años como media. Al mismo tiempo,
debemos considerar que la trisomía 21 acarrea
algunos problemas de salud que unas veces son
leves, fácilmente previsibles y corregibles,
y otras veces son graves. La gravedad no significa
que las alteraciones no pueden ser tratadas: una
grave cardiopatía o una atresia de duodeno
pueden ser plenamente corregibles mediante cirugía;
una leucemia puede ser curada mediante quimioterapia.
En una visión global y longitudinal, la
persona con síndrome de Down presenta las
siguientes características:
1. Un conjunto de rasgos y signos detectables
en el recién nacido que han sido indicados
anteriormente.
2. Lentitud y reducción del crecimiento
corporal, incluido el cefálico. Consiguientemente,
la talla alcanzada es más pequeña
y suelen presentar microcefalia.
3. Lentitud del desarrollo motor y del desarrollo
cognitivo. La variabilidad individual es enorme.
Lentitud no significa que no progrese, de modo
que aunque el coeficiente intelectual disminuya
con la edad, la capacidad cognitiva y las habilidades
progresan de modo que la mayoría de las
personas pueden llegar a experimentar con satisfacción
sus capacidades cognitivas y adaptativas en el
medio ordinario.
4. Problemas de inmunidad. Eso explica la frecuencia
con que se presentan infecciones recurrentes (p.
ej., rinitis crónica, otitis media serosa,
neumonías, periodontitis). Otras veces
puede aparecer algún cuadro autoinmune
(p. ej., disfunción tiroidea, enfermedad
celíaca), o alguna enfermedad maligna (p.
ej., leucemia infantil que aunque es rara en términos
absolutos, inferior al 1 %, es más frecuente
que en el resto de la población).
5. Otros trastornos. Insistimos sobre la amplia
variabilidad con que pueden aparecer los diversos
trastornos orgánicos y funcionales. Los
principales se indican en la tabla 1.
Tabla 1. Principales
rasgos clínicos en el recién nacido,
y principales problemas médicos en las
personas con síndrome de Down
| Rasgos
y problemas médicos |
Frecuencia
(%) |
| A. Rasgos
neonatales |
|
Hipotonía
Disminución del reflejo de Moro
Hiperlaxitud de las articulaciones
Exceso de piel en la nuca
Perfil plano de la cara
Inclinación de las fisuras palpebrales
Anomalías en la forma del pabellón
auricular
Displasia de la pelvis
Displasia de la falange media del dedo meñique
Surco simio en la palma de la mano |
80
85
80
80
90
80
60
70
60
45 |
| B. Problemas
médicos |
|
Trastornos de la audición
Otitis serosa del oído medio
Alteraciones del ojo
Cataratas congénitas
Cataratas adquiridas
Errores de refracción
Cardiopatías congénitas
Obstrucción respiratoria durante el
sueño
Inestabilidad atlanto-axoidea
Disfunción tiroidea
Anomalías del aparato gastrointestinal
Anomalías de las caderas
Convulsiones
Leucemia
Trastornos psiquiátricos
Enfermedad de Alzheimer |
38-75
50-70
4
30-60
50
44
31
15
15
12
8
5-10
< 1
22-38
creciente a partir de los 35-40 años |
2.1.
El seguimiento de la salud
Para conseguir el óptimo desarrollo de
una persona con síndrome de Down que le
permita utilizar todas sus posibilidades y recursos,
es preciso actuar de manera individual y continua
en dos líneas de intervención:
- el mantenimiento de una buena salud
- la formación personal y el desarrollo
de sus habilidades cognitivas y adaptativas.
La buena salud es elemento sustancial de nuestro
bienestar, y uno de los pilares que conforman
no sólo nuestra buena actitud para recibir
y aprovechar la intervención educativa,
sino para mantener un buen nivel de relaciones
interpersonales que enriquecen nuestra personalidad.
Si en la persona con SD existen ya dificultades
intrínsecas para procesar la información
y poner en marcha los mecanismos de aprendizaje
de las habilidades cognitivas y adaptativas, resulta
aún más necesario que experimente
una buena sensación corporal y física,
derivada de una buena salud, y evite las dificultades
añadidas de los procesos patológicos.
Conocemos en la actualidad las alteraciones orgánicas
que pueden surgir como consecuencia de la trisomía
21, su frecuencia, su cronología, y la
intensidad o gravedad con que se presentan. Ello
ha promovido la elaboración de programas
de salud específicos para las personas
con síndrome de Down (Cohen, 1999; FEISD,
1999). Como tantas veces hemos repetido, la afectación
de los órganos es muy variable entre los
distintos individuos, pero la disponibilidad de
un programa de salud que contemple la aparición
de posibles problemas según la edad, permite
estar alertas, a veces prevenir esos problemas,
y siempre tratarlos del modo más precoz
y eficaz posible.
Lógicamente, como cualquier otra persona,
la que tiene síndrome de Down puede padecer
otras enfermedades no contempladas en los programas
de salud. No pretendemos en este capítulo
ofrecer un programa completo de salud que puede
ser consultado en otros lugares, sino señalar
los hechos que consideramos más importantes
en el ámbito estricto de la salud física.
2.1.1. Recién
nacido y primer mes
Se explorarán las posibles anomalías
congénitas que se hayan podido desarrollar
durante el período fetal: aparato cardiovascular
(cardiopatías, cuyo diagnóstico
exige la realización ineludible de una
ecografía), aparato gastrointestinal (malformaciones,
algunas de ellas incompatibles con la vida que
exigen su reparación inmediata), visión
(cataratas congénitas), tiroides, hematología
(reacciones leucemoides), ortopedia (subluxación
de cadera), vacunaciones.
Debe prestarse especial atención a la lactancia
natural que, además de aportar las conocidas
ventajas sobre la artificial, favorece el refuerzo
del vínculo madre-hijo y promueve el ejercicio
más intenso de los músculos orofaciales,
tan necesarios para el posterior desarrollo del
lenguaje.
2.1.2. Infancia,
niñez, adolescencia
a) Ha de hacerse un seguimiento anual del desarrollo
psicomotor, teniendo en cuenta la edad y
los programas de intervención apropiados
a cada etapa evolutiva: la atención temprana,
la etapa escolar en sus diversos grados. Es preciso
analizar la implicación de los padres en
la etapa de la intervención temprana, teniendo
en cuenta que su valor reside en el trabajo diario
realizado en casa, más que en el realizado
en el gabinete de intervención.
b) Valorar el crecimiento (hay curvas
especiales). Guiar en la nutrición
de acuerdo con la edad, lo que exige adaptaciones
sucesivas de la alimentación. No es infrecuente
que existan dificultades cada vez que se cambian
los sabores o texturas de los alimentos, y hay
que enseñar a adaptarse. Vigilar la ingesta
calórica porque es en las primeras edades
cuando se inicia la obesidad, un problema muy
frecuente en los niños y jóvenes
con síndrome de Down.
c) Vacunaciones: ha de seguir el régimen
ordinario del resto de la población. Debe
incluirse la vacunación de la hepatitis
B, H. influenzae y meningococo C, y es
recomendable la de la varicela.
d) Atender a las infecciones del aparato respiratorio
que muchas veces son reincidentes, tanto de las
vías respiratorias altas y bajas (nariz,
garganta, senos, tráquea, bronquios) como
del pulmón (neumonías).
e) Trastornos del sueño. Atender
a posibles problemas respiratorios (obstrucción,
apneas del sueño).
f) Explorar la posibilidad de desarrollo de enfermedad
celíaca.
g) Explorar anualmente la audición
(tapones de cera, otitis serosa, hipoacusia) y
la visión (son muy frecuentes el estrabismo
y los problemas de refracción que exigen
su corrección con gafas).
h) Seguir el desarrollo de la dentición.
Muy probablemente necesitará corrección
a la edad conveniente.
i) Explorar anualmente la función tiroidea.
j) Explorar el aparato locomotor: subluxaciones
articulares, inestabilidad atlantoaxoidea.
k) Iniciar y educar la higiene personal,
adaptada a la edad y al sexo.
l) Trastornos de conducta, especialmente
los relacionados con conductas patológicas
de carácter obstructivo y negativo, hiperactividad
con inatención, y trastornos del espectro
autista.
2.1.3. Adultez
y ancianidad
a) Seguir explorando periódicamente la
función tiroidea, la audición y
visión (cataratas), el estado genital del
varón (testículos) y de la mujer
(mamas, genitales). Vacunación antigripal
anual.
b) Mantener la nutrición correcta y el
aporte de calcio.
c) Patología indirecta: nos referimos a
la que surge como consecuencia de situaciones
especiales como pueden ser la falta de trabajo,
la falta de relaciones sociales, la pérdida
o ausencia de familiares, etc. Destaca la presencia
de depresión que en el síndrome
de Down presenta unas características especiales,
o de cambios de conducta incluida la agresiva.
d) Cuadros referidos al envejecimiento fisiológico
precoz, o al envejecimiento tipo Alzheimer.
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3. CARACTERÍSTICAS PSICOLÓGICAS
Es habitual suponer que las personas con síndrome
de Down tienen unas peculiaridades comunes que
las diferencian de los demás. El propio
John Langdon Down cuando describió en 1.866
por primera vez las características del
síndrome, observó su “facilidad
para el humor imitativo y la mímica"
y los definió “con aptitudes musicales
y obstinados”, atributos que se han incorporado
al conjunto de lugares comunes que florecen alrededor
del síndrome de Down. Su aspecto físico
invita también a ubicarlos en un grupo
homogéneo. Sin embargo, como ya hemos indicado
anteriormente, la variabilidad existente entre
estas personas es tan grande e incluso mayor que
la que se da en la población general (Pueschel,
2002). Por ejemplo, los márgenes temporales
en que adquieren determinadas capacidades o hitos
de desarrollo como la marcha o el habla, son más
amplios.
Presuponer unos rasgos propios y exclusivos de
las personas con síndrome de Down lleva
consigo dos peligros que suelen acompañar
a los tópicos aplicados a cualquier grupo
humano. Por un lado, el efecto inmediato de etiquetaje
o generalización, que nos llevará
a suponer que cualquier sujeto por el mero hecho
de tener síndrome de Down ya contará
con esos atributos, configurando un prejuicio
difícil de superar posteriormente. En segundo
lugar, la creación de unas expectativas
respecto a las posibilidades futuras de esa persona,
por lo general, limitando sus opciones. Está
comprobado que las expectativas que se establezcan
sobre su evolución determinarán
en gran medida el grado de desarrollo que va a
alcanzar en realidad.
No obstante, nos parece que se dan algunos elementos
comunes en su forma de ser y de actuar (Chapman,
2000; Troncoso, 1999; Arranz, 2002), lo que nos
permite describir algunas características
propias, distribuidas en bloques por funciones
psicológicas. El objetivo fundamental de
esta descripción es conocer mejor a estos
hombres y mujeres, para proporcionarles los apoyos
que puedan precisar y atender a sus necesidades.
Por ello, en cada bloque se incluirán unas
propuestas de actuación, con sugerencias
para responder de la mejor forma posible a sus
peculiaridades. Sin embargo, conviene insistir
en que estas características no se dan
siempre ni en todas las personas con síndrome
de Down, sino que pueden aparecer entre los sujetos
de esta población en distintas proporciones.
3.1. Carácter
y personalidad
Como ya se ha explicado, la trisomía del
par 21 suele ir acompañada de alteraciones
orgánicas originadas por el exceso de material
genético, cuya influencia en la conformación
de la personalidad y en el desarrollo les da un
valor esencial. En muchos casos aparece cardiopatía
congénita que puede influir en una menor
resistencia física y que obligará
a tomar ciertas precauciones ante el esfuerzo.
En la actualidad, el porcentaje de cardiopatías
no reparadas entre personas con síndrome
de Down es muy bajo, ya que se suele intervenir
tempranamente con notable éxito. Con frecuencia
presentan alteraciones oculares y de la audición
que deben ser atendidas en cuanto se detecten
para tomar las medidas de corrección que
sean precisas. También suelen tener alteraciones
de la función tiroidea, esencialmente hipotiroidismo
que puede repercutir sobre el comportamiento.
Respecto a su personalidad, en la bibliografía
científica y de divulgación sobre
síndrome de Down se recogen calificativos
que constituyen estereotipos y que han dado pie
a la mayor parte de los mitos que sobre ellas
maneja mucha gente. Se les califica, por ejemplo,
de obstinadas, afectuosas, fáciles de tratar,
cariñosas o sociables. Se dice de ellas
que tienen capacidad para la imitación,
buen humor, amabilidad y tozudez. O que son alegres,
obedientes y sumisas. Las anteriores afirmaciones
no siempre están claramente demostradas
y en muchos casos carecen de fundamento. Ocasionan
generalizaciones perjudiciales, que pueden confundir
a padres y educadores y en muchos casos determinan
las expectativas que sobre ellos se hacen unos
y otros. Sin embargo, por encima de estereotipos
y coincidencias aparentes, entre las personas
con síndrome de Down se encuentra una rica
variedad de temperamentos, tan amplia como la
que aparece en la población general.
Dejando clara la salvedad anterior, existen unas
formas de actuar que se dan con mayor frecuencia
entre las personas con síndrome de Down
y que podríamos definir como características
generales de la personalidad de estos sujetos.
De hecho, su personalidad y temperamento van quedando
bastante perfilados y claros antes de los 12 ó
13 años (Troncoso, 2003). Algunas de estas
peculiaridades son:
a) Escasa iniciativa. Se observa en la utilización
reducida de las posibilidades de actuación
que su entorno les proporciona y en la baja tendencia
a la exploración. Se ha de favorecer por
tanto su participación en actividades sociales
normalizadas, animándoles e insistiéndoles,
ya que ellos por propia voluntad no suelen hacerlo.
b) Menor capacidad para inhibirse. Les cuesta
inhibir su conducta, en situaciones variadas que
van desde el trazo al escribir hasta las manifestaciones
de afecto, en ocasiones excesivamente efusivas.
Se les debe de proporcionar control externo, sobre
la base de instrucciones o instigación
física, por ejemplo, que poco a poco debe
convertirse en autocontrol.
c) Tendencia a la persistencia de las conductas
y resistencia al cambio. Por ejemplo, les cuesta
cambiar de actividad o iniciar nuevas tareas,
lo que puede hacer que en algunos casos parezcan
"tercos y obstinados". Sin embargo,
en otras ocasiones se les achaca falta de constancia,
especialmente en la realización de actividades
que no son de su interés. Es recomendable
acostumbrarles a cambiar de actividad periódicamente,
para facilitarles su adaptación a un entorno
social en continua transformación.
d) Baja capacidad de respuesta y de reacción
frente al ambiente. Responden con menor intensidad
ante los acontecimientos externos, aparentando
desinterés frente a lo nuevo, pasividad
y apatía. Tienen además una más
baja capacidad para interpretar y analizar los
acontecimientos externos.
e) Constancia, tenacidad, puntualidad. De adultos,
una vez se han incorporado al mundo del trabajo,
al darles la oportunidad de manifestar su personalidad
en entornos sociales ordinarios, han dado también
muestras de una determinada forma de actuar y
de enfrentarse a las tareas, característica
del síndrome de Down. Son trabajadores
constantes y tenaces, puntuales y responsables,
que acostumbran a realizar las tareas con cuidado
y perfección.
Aunque podemos calificar como características
de personalidad a las anteriormente enumeradas,
entendiendo ésta como una combinación
de rasgos heredados e influencias ambientales,
no han de ser consideradas como inmutables. Por
el contrario, se ha de actuar intentando potenciar
las capacidades y habilidades que les puedan facilitar
su incorporación a la sociedad y corregir
aquellos otros que les limiten ese acceso.
3.2. Motricidad
Es frecuente entre los niños con síndrome
de Down la hipotonía muscular y la laxitud
de los ligamentos que afecta a su desarrollo motor.
Físicamente, entre las personas con síndrome
de Down se suele dar cierta torpeza motora, tanto
gruesa (brazos y piernas) como fina (coordinación
ojo-mano). Presentan lentitud en sus realizaciones
motrices y mala coordinación en muchos
casos.
Es aconsejable tener en cuenta estos aspectos
para mejorarlos con un entrenamiento físico
adecuado. Los bebés se han de incorporar
lo más pronto posible en programas de atención
temprana, en los que la fisioterapia debe estar
presente. Más tarde, los niños pueden
y deben practicar muy diversos deportes y actividades
físicas, por supuesto, adaptados a las
peculiaridades biológicas de cada uno de
ellos. Caminar y nadar se han mostrado como dos
ejercicios recomendables para la mayor parte de
las personas con síndrome de Down. Es conveniente
estudiar previamente sus características
físicas y de salud y el riesgo que pueda
suponer realizar un determinado ejercicio, por
ejemplo en el caso de padecer inestabilidad atlantoaxoidea.
La práctica de deportes les proporciona
la forma física y la resistencia que precisan
para realizar adecuadamente sus labores cotidianas
y les ayuda a mejorar su estado de salud y a controlar
su tendencia al sobrepeso. Respecto a este último
aspecto, precisan una ingesta calórica
menor que otros niños de su mismo peso
y estatura, debido a la disminución de
su metabolismo basal.
3.3. Atención
En el síndrome de Down existen alteraciones
en los mecanismos cerebrales que intervienen a
la hora de cambiar de objeto de atención
(Flórez, 1999). Por ello suelen tener dificultad
para mantener la atención durante periodos
de tiempo prolongados y facilidad para la distracción
frente a estímulos diversos y novedosos.
Parece que predominan las influencias externas
sobre la actividad interna, reflexiva y ejecutora,
junto a una menor capacidad para poner en juego
mecanismos de autoinhibición.
La atención es una capacidad que requiere
un entrenamiento específico para ser mejorada.
Es conveniente presentar actividades variadas
y amenas que favorezcan el que consigan mantenerla
en aquello que están haciendo. En el caso
de niños con síndrome de Down en
etapa escolar es imprescindible programar ejercicios
para que aumenten el periodo de atención
poco a poco, primero un minuto, luego dos y así
sucesivamente, o realizar varias actividades de
corta duración en lugar de una actividad
larga. En el trabajo con ellos, son muy buenas
estrategias las siguientes: mirarles atentamente
cuando se les habla, comprobar que atienden, eliminar
estímulos distractores, presentarles los
estímulos de uno en uno y evitar enviarles
diferentes mensajes al mismo tiempo. Por otro
lado, en ocasiones se interpreta como falta de
atención la demora en dar una respuesta,
algo que en ellos es habitual porque el tiempo
que tardan en procesar la información y
responder a ella es más largo.
3.4. Percepción
Numerosos autores confirman que los bebés
y niños con síndrome de Down procesan
mejor la información visual que la auditiva
y responden mejor a aquélla que a ésta.
Y es que, además de la frecuencia con que
tienen problemas de audición, los mecanismos
cerebrales de procesamiento pueden estar alterados.
Por otro lado, su umbral de respuesta general
ante estímulos es más elevado que
en la población general, incluido el umbral
más alto de percepción del dolor.
Por ello, si en ocasiones no responden a los requerimientos
de otras personas, puede deberse a que no les
han oído o a que otros estímulos
están distrayéndoles. En ese caso
será preciso hablarles más alto
o proporcionarles una estimulación más
intensa.
Se les ha de presentar la estimulación
siempre que sea posible a través de más
de un sentido, de forma multisensorial. Se les
proporcionará la información visualmente
o de forma visual y auditiva al mismo tiempo,
e incluso a través del tacto, permitiéndoles
que toquen, manipulen y manejen los objetos. En
el campo educativo el modelado o aprendizaje por
observación, la práctica de conducta
y las actividades con objetos e imágenes
son muy adecuadas. Para favorecer la retención
conviene que las indicaciones verbales que se
les den, vengan acompañadas de imágenes,
dibujos, gestos, modelos e incluso objetos reales.
3.5. Aspectos
cognitivos
La afectación cerebral propia del síndrome
de Down produce lentitud para procesar y codificar
la información y dificultad para interpretarla,
elaborarla y responder a sus requerimientos tomando
decisiones adecuadas. Por eso les resultan costosos,
en mayor o menor grado, los procesos de conceptualización,
abstracción, generalización y transferencia
de los aprendizajes. También les cuesta
planificar estrategias para resolver problemas
y atender a diferentes variables a la vez. Otros
aspectos cognitivos afectados son la desorientación
espacial y temporal y los problemas con el cálculo
aritmético, en especial el cálculo
mental.
Es preciso proporcionarles la información
teniendo en cuenta estas limitaciones. Al dirigirse
a una persona con síndrome de Down es necesario
hablar despacio, utilizando mensajes breves, concisos,
directos y sin doble sentido. Si la primera vez
no nos han entendido, se les han de dar las indicaciones
de otra forma, buscando expresiones más
sencillas o distintas. Se les ha de explicar hasta
las cosas más evidentes, no dando por supuesto
que saben algo si no nos lo demuestran haciéndolo.
Y se ha de prever en su formación la generalización
y mantenimiento de las conductas, ya que lo que
aprenden en un contexto, no lo generalizan automáticamente
a otras circunstancias. Se ha de utilizar, en
fin, mucho entrenamiento práctico, en situaciones
diferentes y trabajar desde lo concreto para llegar
a la abstracción y la generalización.
Por último, debemos mencionar dos peculiaridades
que pueden confundir a quien no esté acostumbrado
a relacionarse con personas con síndrome
de Down. En ocasiones sorprenden porque se muestran
incapaces de realizar determinada actividad cuando
pueden hacer otra aparentemente más compleja.
Además, tienen dificultad para entender
las ironías y los chistes, tan frecuentes
en las interacciones cotidianas. Suelen tomarlos
al pie de la letra y por ello en ocasiones responden
a ellos con una seriedad insólita.
3.6. Inteligencia
Independientemente de otras características
psicológicas, el síndrome de Down
siempre se acompaña de deficiencia intelectual.
Pero el grado de deficiencia, como ya se ha indicado,
no se correlaciona con otros rasgos fenotípicos.
La afectación puede ser muy distinta en
cada uno de los órganos, por lo que no
se puede determinar el nivel intelectual por la
presencia de ciertos rasgos fenotípicos
visibles, ni siquiera por la incomprensibilidad
de su lenguaje.
La mayoría de las personas con síndrome
de Down alcanzan en las pruebas para medir la
inteligencia un nivel intelectual de deficiencia
ligera o moderada. El resto se mueve en los extremos
de estas puntuaciones, con una minoría
con capacidad intelectual límite (habitualmente
son personas con mosaicismo) y otra minoría
con deficiencia severa o profunda, producida por
lo general por una patología asociada o
un ambiente poco estimulante. En épocas
anteriores se les consideraba con sujetos con
deficiencia mental grave o profundo o, como mucho,
“entrenables” pero “no educables”.
Esta calificación les llevó a ser
ingresados en instituciones para enfermos mentales
o deficientes graves. En el mejor de los casos
eran “entrenados” en niveles elementales
de autonomía, como el aseo, el vestido
o la comida independiente. Salvo raras excepciones
nadie les preparaba para tareas académicas.
Afortunadamente, la labor de muchos padres y profesionales
que han creído en ellos y su propio esfuerzo,
han permitido demostrar lo que son capaces de
hacer, incluso en el campo académico. En
la actualidad un alto porcentaje de niños
con síndrome de Down puede llegar a leer
de forma comprensiva si se utilizan programas
educativos adecuados, y alcanzar niveles de formación
más elevados.
La mayoría se maneja en el terreno de la
inteligencia concreta, por lo que la diferencia
intelectual se nota más en la adolescencia,
cuando otros jóvenes de su edad pasan a
la fase del pensamiento formal abstracto. Por
otro lado, en los tests estandarizados para medir
la inteligencia obtienen mejores resultados en
las pruebas manipulativas que en las verbales,
lo que les penaliza como grupo, dadas las dificultades
que tienen en el ámbito lingüístico
y el alto contenido verbal que suelen incluir
estas escalas. Respecto a los tests de inteligencia
(Ruiz, 2001), es preferible hablar de edades mentales
antes que de C.I., al objeto de poder recoger
las mejoras que se producen en su capacidad intelectual
con entrenamiento apropiado, incluso en la etapa
adulta.
El trato diario con las personas con síndrome
de Down y el ritmo habitual de la vida cotidiana
pueden hacer que, en ocasiones, los demás
olviden que tienen deficiencia mental. Sin embargo
necesitan que se tenga en cuenta esta peculiaridad.
Se les ha de hablar más despacio (no más
alto), si no entienden las instrucciones habrán
de repetirse con otros términos diferentes
y más sencillos. Precisan más tiempo
que otros para responder, por lo que hay que esperar
los segundos que necesiten. Además, les
costará entender varias instrucciones dadas
de forma secuencial, les va a resultar difícil
generalizar lo que aprenden, aplicándolo
en circunstancias distintas a las de adquisición
y van a ser poco flexibles en sus actuaciones.
Por último, conviene destacar el aumento
en más de 20 puntos de la media del C.I.
de las personas con síndrome de Down producido
en los últimos 25 años, que es posiblemente
uno de los mayores logros educativos alcanzados
en el último tramo del siglo pasado, equiparable
a la mejora de su esperanza de vida en 20 años,
en el mismo periodo de tiempo. Estos datos han
mostrado cómo el progreso en las condiciones
sanitarias unido a una intervención educativa
apropiada han originado unos resultados inimaginables
hace unos años.
3.7. Memoria
Las personas con síndrome de Down tienen
dificultades para retener información,
tanto por limitaciones al recibirla y procesarla
(memoria a corto plazo) como al consolidarla y
recuperarla (memoria a largo plazo). Sin embargo,
tienen la memoria procedimental y operativa, bien
desarrollada, por lo que pueden realizar tareas
secuenciadas con precisión. Presentan importantes
carencias con la memoria explícita o declarativa
de ahí que puedan realizar conductas complejas
que son incapaces de explicar o describir. Por
otro lado, les cuesta seguir más de tres
instrucciones dadas en orden secuencial.
Su capacidad de captación y retención
de información visual es mayor que la auditiva.
La mayoría es capaz de repetir entre 3
y 4 dígitos tras escucharlos y, sin embargo,
con ítems visuales el margen de retención
se mueve entre 3 y 5 elementos.
Su mayor limitación respecto a la memoria
estriba en que no saben utilizar o desarrollar
estrategias espontáneas para mejorar su
capacidad memorística, probablemente por
falta de adiestramiento (Ruiz y col., 1998). Por
ello es recomendable realizar un entrenamiento
sistemático desde la etapa infantil, que
puede incluir recoger recados e instrucciones,
coger el teléfono o contar lo que han hecho
en casa y en el colegio. También son de
gran utilidad los ejercicios de memoria visual
y auditiva a corto y largo plazo, el estudio sistemático
o las lecturas comprensivas y memorísticas
y enseñarles estrategias como la subvocalización
o la agrupación de objetos por categorías
para retener la información.
3.8. Lenguaje
En el síndrome de Down se da una conjunción
compleja de alteraciones que hacen que el nivel
lingüístico vaya claramente por detrás
de la capacidad social y de la inteligencia general.
Con respecto a otras formas de discapacidad intelectual,
las personas con síndrome de Down se encuentra
más desfavorecidas en este terreno. Presentan
un retraso significativo en la emergencia del
lenguaje y de las habilidades lingüísticas,
aunque con una gran variabilidad de unas personas
a otras (Miller et al., 2001).
Les resulta trabajoso dar respuestas verbales,
dando mejor respuestas motoras, por lo que es
más fácil para ellas hacer que explicar
lo que hacen o lo que deben hacer. Presentan también
dificultades para captar la información
hablada, pero se ha de destacar que tienen mejor
nivel de lenguaje comprensivo que expresivo, siendo
la diferencia entre uno y otro especialmente significativa.
Les cuesta transmitir sus ideas y en muchos casos
saben qué decir pero no encuentran cómo
decirlo. De ahí que se apoyen en gestos
y onomatopeyas cuando no son comprendidos e incluso
dejen de demandar la ayuda que precisan cansados
por no hacerse entender. Sus dificultades de índole
pragmática conllevan con frecuencia respuestas
estereotipadas como “no sé”,
“no me acuerdo”, etc.
La labor del entorno familiar, ecológico,
en el desarrollo del lenguaje desde las primeras
edades es fundamental (Gràcia, 2002). En
la etapa escolar, es recomendable que el lenguaje
sea trabajado individualmente por parte de especialistas
en audición y lenguaje, por ser un campo
en el que casi todos los alumnos con síndrome
de Down tienen carencias. Algunos objetivos son:
mejorar su pronunciación y articulación
haciéndolas más comprensibles, aumentar
la longitud de sus frases, enriquecer su vocabulario
o favorecer la comunicación espontánea.
El ordenador puede ser un instrumento muy útil
para alcanzar estas metas. Por otro lado, en la
clase es conveniente utilizar lo menos posible
exposiciones orales y largas explicaciones, ya
que esta metodología didáctica no
favorece el aprendizaje de los alumnos con síndrome
de Down.
Esencialmente se aprende a hablar hablando, por
lo que en el trato cotidiano, hablarles y escucharles
son las mejores estrategias, intentando frenar
la tendencia a corregirles insistentemente. Se
ha comprobado que la lectura y la escritura favorecen
mucho el desarrollo de su lenguaje, por lo que
se recomienda su introducción en edades
tempranas (Troncoso y del Cerro, 1999).
3.9. Sociabilidad
Aunque tradicionalmente se consideraba a las personas
con síndrome de Down muy “cariñosas”,
lo cierto es que, sin una intervención
sistemática, su nivel de interacción
social espontánea es bajo. Sin embargo
en conjunto alcanzan un buen grado de adaptación
social, y ofrecen una imagen social más
favorable que personas con otras deficiencias.
Suelen mostrarse colaboradores y ser afables,
afectuosos y sociables. Por ello, la inmensa mayoría
de los niños pequeños con síndrome
de Down pueden incorporarse sin ninguna dificultad
a los centros de integración escolar y
se benefician y benefician a sus compañeros
al entrar en ellos. En su juventud, si se ha llevado
a cabo un entrenamiento sistemático, llegan
a participar con normalidad en actos sociales
y recreativos (cine, teatro, acontecimientos deportivos),
utilizar los transportes urbanos, desplazarse
por la ciudad, usar el teléfono público
y comprar en establecimientos, todo ello de forma
autónoma.
En los niños suele darse una gran dependencia
de los adultos, algo que se manifiesta tanto en
el colegio como en el hogar. Además prefieren
habitualmente jugar con niños de menor
edad, conducta que suele ser una constante entre
personas con discapacidad intelectual. Por otro
lado, se dan en ocasiones problemas de aislamiento
en situación de hipotética integración,
en muy diversos entornos, debido a las condiciones
ambientales o a sus propias carencias. A veces
están solos porque así lo eligen,
ya que les cuesta seguir la enorme cantidad de
estímulos que presenta el entorno y porque
los demás se van cansando de animarles
y de favorecer su participación. En clase,
en ocasiones, muchos cambios de situación
o de actividad los realizan por imitación
de otros niños y no por auténtica
comprensión o interiorización de
lo propuesto por el profesor.
En el terreno social se les ha de favorecer el
contacto con otras personas, promoviendo que participen
en actividades de grupo y que intervengan en todo
tipo de actividades, como en juegos y deportes
(Cuckle y Wilson, 2003). Los programas de entrenamiento
en habilidades sociales pueden ser aplicados con
éxito con personas con síndrome
de Down desde edades tempranas, alcanzándose
resultados observables en poco tiempo. Estos programas
tienen un efecto añadido de concienciación
y cambio de actitudes. Por un lado la familia
se decide a permitirles hacer cosas que ni se
habían planteado que pudieran llevar a
cabo; por otro, se les saca a la calle y se hace
más “normal”, por frecuente,
su participación en actos sociales comunes
y generales. La integración social plena
de las personas con síndrome de Down se
ha de entender como un proceso de doble dirección:
preparando al discapacitado para su acceso a la
sociedad y concienciando a la sociedad de la necesidad
de acoger a todo tipo de personas, aceptando sus
diferencias.
Su comportamiento social en general suele ser
apropiado en la mayor parte de los entornos si
se han establecido claramente las normas de actuación.
Cuando aparecen conductas inadecuadas, una pronta
intervención, sistemáticamente programada
y coordinada entre todos los implicados en su
educación, da resultados en escaso margen
de tiempo. En casos aislados, existe la posibilidad
de agresión u otras formas de llamar la
atención si no se le proporcionan otros
medios de interacción social más
apropiados. Se ha observado, que a medida que
mejoran sus competencias lingüísticas,
suelen reducirse sus comportamientos disfuncionales
y que al ir alcanzando un adecuado nivel lector
y aficionarse a la lectura, disminuyen las conductas
autoestimulantes y estereotipadas. El control
conductual externo, que a través de la
práctica se irá interiorizando,
y la participación en todo tipo de actividades
sociales en el entorno real de la persona con
síndrome de Down, son algunas actuaciones
recomendables. La familia tiene una responsabilidad
ineludible, con mucho que aportar en este terreno.
En el ámbito social lo más importante
es la normalización, es decir, un trato
semejante a los demás, en derechos y exigencias.
Tanto la protección excesiva como la dejadez
y el abandono son actuaciones negativas para ellos.
Es fundamental el establecimiento de normas claras,
de forma que sepan en todo momento lo que deben
y no deben hacer. Los límites sociales
bien definidos les proporcionan tranquilidad,
seguridad y confianza.
3.10. Reflexión
final
Una descripción de las principales características
psicológicas de las personas con síndrome
de Down realizada hace 30 años recogería
peculiaridades como “sobrepeso”, “nula
relación social”, “analfabetismo”
y “deficiencia mental severa o profunda”.
En la presentación actual se muestra cómo
estas limitaciones han sido superadas. Y ello
es debido a que estas características no
son estables, dado que se produce una interrelación
constante entre condiciones ambientales y sustrato
genético. La intervención ambiental
produce mejoras observables incluso en una discapacidad
con una carga genética tan substancial
como es el síndrome de Down. El tono muscular,
el nivel intelectual, la memoria o el lenguaje
son campos en los que se han producido avances
impensables hace algunos años. En esa línea
se ha de seguir, con el convencimiento corroborado
por los hechos de que la intervención educativa
bien programada y sistemáticamente realizada
produce resultados y es eficaz.
volver
4. PRONÓSTICO
El diagnóstico preciso de síndrome
de Down exige la realización del cariotipo,
como se explica en la sección 1.2. Pero,
como también se ha indicado, la presencia
de la trisomía completa o parcial del cromosoma
21 no determina el grado de patología orgánica
ni de discapacidad intelectual que un individuo
concreto vaya a mostrar a lo largo de su vida.
La variabilidad individual es un rasgo constitutivo
del síndrome de Down. Ello tiene dos consecuencias:
a) la imposibilidad de aventurar un pronóstico
en el momento del diagnóstico, y
b) la necesidad de hacer un seguimiento y de aportar
permanentemente los mejores recursos para tratar
de alcanzar las mayores capacidades que cada persona
posee.
La media de la esperanza de vida en las personas
con síndrome de Down está actualmente
en los 56 años. Esto se debe a la mayor
mortalidad que existe a lo largo de la vida como
consecuencia de la patología orgánica
de algunos individuos y a la presencia de un envejecimiento
precozmente instaurado. Este envejecimiento puede
aparecer ya a partir de los 40-45 años,
acompañado de un declive más o menos
rápido de ciertas capacidades cognitivas,
lenguaje y habilidades sociales, sin demencia,
o bien puede adoptar la forma propia de la enfermedad
de Alzheimer. En cualquier caso, todas las personas
con síndrome de Down desarrollan lesiones
cerebrales (placas amiloides, ovillos neurofibrilares)
características de la enfermedad de Alzheimer,
razón por la que tienen mayor tendencia
a evolucionar hacia esta enfermedad.
5. TRATAMIENTO: BUENAS
PRÁCTICAS
No existe en el momento actual ningún
tratamiento médico que “cure”
el síndrome de Down, o que suprima el cromosoma
21 extra, o que contrarreste o anule las acciones
de las copias de genes que existen en exceso.
Disponemos, sin embargo, de muy buenas estrategias
terapéuticas mediante las cuales se consigue
incorporar a cada individuo en la sociedad, en
donde va a ser capaz de desarrollar sus múltiples
habilidades personales.
5.1. Ámbito
médico
Es posible mantener la buena salud mediante acciones
que curan, alivian o previenen las alteraciones
orgánicas que forman parte del síndrome
de Down. Para ello es preciso seguir las especificaciones
señaladas en la sección 2.1, atendiendo
a las características propias de cada edad:
recién nacido y primer mes (2.1.1), infancia,
niñez y adolescencia (2.1.2), adultez y
ancianidad (2.1.3).
Se recomienda seguir estrictamente los programas
de salud específicos para el síndrome
de Down, que se pueden ver en las siguientes páginas:
http://www.down21.org/salud/salud/mainsalud.htm
http://www.infonegocio.com/downcan/todo/interes/salud.html
5.2. Ámbito
psicopedagógico
Se trata de promover, fomentar, activar y mejorar
las habilidades psicomotoras, cognitivas y conductuales.
Las buenas prácticas, que se inician con
la correcta información, recepción
y evaluación de la noticia, como se ha
explicado en 1.3, tienen su continuidad en los
programas de Atención Temprana así
como en la aplicación de las estrategias
psicopedagógicas dirigidas a atender, mejorar
o enderezar los problemas que son explicados en
la sección 3. En cada una de las subsecciones,
tras la descripción de cada problemática
se especifica el tipo de intervenciones que conviene
realizar. Adicionalmente, en la tabla 2 se indican
un conjunto de reglas nacidas de la experiencia,
que contienen un alto valor práctico.
Es preciso llamar la atención sobre las
“terapias”. Frecuentemente las familias
de los niños con síndrome de Down
son bombardeadas con anuncios y consejos sobre
terapias de todo tipo, algunas muy activa e insensatamente
promocionadas en internet (ionización,
celuloterapia, etc.). Algunas de ellas son absurdas,
otras innecesarias, otras son propuestas como
terapias cuando se trata simplemente de actividades
aconsejables o no según las circunstancias
personales y familiares (animales de compañía,
equinoterapia, delfinoterapia, etc.). El valor
de las distintas terapias es analizado detalladamente
en la siguiente página web:
http://www.down21.org/salud/terapias/mainterapias.htm
En ocasiones, el niño o joven con síndrome
de Down es sometido a diario y en horarios interminables
a sesiones y profesionales múltiples, incluso
duplicados, para atender a distintas “terapias”
(fisio, lenguaje, etc.). Esto es altamente perjudicial
para el niño, que necesita tiempo de asimilación,
de distracción, de descanso y relajación.
Una tensión y exigencia mantenidas promueven
rechazo en forma de conductas inapropiadas: distracción,
irritabilidad, agresión.
Tabla
2. Buenas prácticas de educadores eficaces:
padres y profesionales (Troncoso, 2003)
1. Cualidades
• Entusiasmo
• Paciencia “activa”
• Enfoque positivo
• Sentido del humor
• Sensibilidad
• Respeto al niño
• Flexibilidad
• Calma
2. Reglas de oro
para una educación eficaz
• Conocer al niño
en sus habilidades y posibilidades, y no tanto
en sus limitaciones y debilidades.
• Aceptar al niño
como es y no como quisiéramos que fuera.
Ayudarle a mejorar, sin intentar cambiarle.
• Confiar plenamente
en que si actuamos bien, siempre es capaz de
aprender y de progresar.
• Valorar sus esfuerzos
y sus logros, aunque parezcan pequeños.
• Sancionar negativamente
sólo las conductas. Respeto absoluto
al niño, sin ningún tipo de condena
o insulto a su persona.
• Comparar al niño
sólo consigo mismo, con sus propios avances.
No utilizar nunca a otro niño como modelo
o patrón.
• Esperar cuanto sea
preciso para conseguir un objetivo, participando
activamente para lograrlo.
• Estimular al niño
con optimismo realista para que se esfuerce
y logre metas alcanzables para él.
• No hablar nunca delante
del niño de sus fallos o problemas o
de cualquier sensación o actitud negativa
que él pueda provocar.
• Evitar siempre la sobreprotección
así como la exigencia excesiva, intentando
adaptarse a la capacidad del niño y a
su ritmo de aprendizaje.
• Luchar personalmente
cada día contra el desánimo, la
desilusión, la desgana, la tristeza,
rodeándose de personas que ayuden y realizando
actividades gratificantes.
• Pensar, cada día,
que ese día es el primero de los que
se tienen por delante y que sólo hay
que esforzarse ese día. No lamentarse
por el pasado, ni preocuparse por el futuro
3. Modo de trabajar
con su hijo/alumno
• Establezca una rutina sobre el lugar
de trabajo y el momento del día más
adecuado: que el niño sepa cuándo
es tiempo de trabajar y qué se espera
de él en ese rato.
• Elimine todas las cosas que puedan distraer
al niño. Hay que facilitarle la concentración.
Si está en casa, ni radio, ni televisión,
ni hermanos o hermanas alrededor. Dedíquese
sólo a él en ese rato y no le
deje solo. (Posteriormente habrá que
planificar su autonomía en el trabajo,
acostumbrándole a que vaya trabajando
solo).
• Tenga en la mesa de trabajo sólo
lo necesario para cada una de las actividades
que está enseñando al niño.
Si ve los materiales de otras tareas, puede
estar más interesado en ellos que en
lo que Vd. quiere que haga o aprenda.
• Antes de impartir la sesión,
decida qué va a enseñarle y en
qué orden. Empiece por una tarea sencilla
que el niño sepa hacer, continúe
con las más difíciles o que exigen
mayor concentración. Deje para el final
las actividades que más gustan al niño.
Así trabajará con más atención
en lo que más le cuesta y las actividades
más gratas actuarán como premios.
• Consiga la atención del niño
antes de empezar a enseñarle cualquier
actividad. Esté seguro de que el niño
está bien sentado, que le mira, las manos
están quietas y está preparado
para empezar a trabajar. El niño aprenderá
pronto a prepararse adecuadamente con sólo
decirle: “¿Preparado?” ...
Esto ahorrará repetirle las instrucciones
o que se equivoque por falta de atención
a la orden dada.
• Al darle instrucciones, utilice siempre
un lenguaje que el niño entienda. No
haga más difícil el aprendizaje
usando palabras o expresiones que el niño
no capta. Dé una breve explicación
o un mandato corto, o muéstrele qué
tiene que hacer, haciéndolo Vd. antes
que el niño.
• Evite darle pequeñas “claves”
que él capta sin que Vd. se dé
cuenta, porque el niño aprenderá
menos. En cada actividad no le ayude más
que lo imprescindible y que Vd. haya previsto.
Por ejemplo: evite mirar al dibujo o bloque
lógico que quiera que el niño
señale o coja (cuando sea suficiente
la orden verbal); no retire la mano cuando el
niño esté contando objetos, antes
de que el niño coja más de los
pedidos, porque tardará más en
captar la noción de contar. Debe procurar
mirar al niño y no a los materiales,
y debe cambiar con frecuencia la posición
de los objetos.
• Recuerde que el tiempo de trabajo, aunque
sea un rato de esfuerzo para su hijo o alumno
y para Vd., debe ser un rato agradable, sin
tensiones ni ansiedad, sin nerviosismos y, menos
aún, enfados. Si Vd. no está relajado,
es mejor dejarlo para otro momento. Los dos
deben disfrutar en la sesión de trabajo,
y a Vd. le corresponde contagiar al niño
la ilusión y el entusiasmo por lo que
están haciendo juntos.
• Es fundamental anotar un breve resumen
concreto de cada sesión de trabajo para
reflejar qué objetivos van consiguiéndose
y cuáles son las dificultades. Ello ayuda
mucho para ver los progresos que va haciendo
el niño y permite reajustar los objetivos
de las siguientes sesiones.
• Todos los niños son capaces de
aprender MUCHO si sabemos enseñárselo.
Cuando un niño no aprende, el educador
debe plantearse qué está haciendo
mal, qué otros objetivos, actividades,
métodos o materiales debe emplear para
facilitar al niño el aprendizaje programado.
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