Editorial: La Discapacidad; un reto en la vocación del buen maestro

La Discapacidad; un reto en la vocación del buen maestro

Hubo un humanista español cuya magia intelectual lo convirtió en personaje imperecedero: José Ortega y Gasset. Dedicó su vida entera a escudriñar el pensamiento humano y su comportamiento, a buscar la causa de los hechos para entender mejor sus efectos. Fue un maestro de maestros y la vocación inherente a sí mismo fue, en definitiva, enseñar a enseñar, enseñar a aprender y aprender a enseñar.

En el mundo de la discapacidad puede que a este hecho tengamos, inexorablemente, que sumar una total vocación por ser ávido alumno y, a la vez, intuitivo maestro. Alumnos en tanto en cuanto que, primero, debemos aprender de ellos y de su discapacidad, observarlos, conocerlos, descubrirlos y descifrarlos. Maestros, después, para saber por dónde empezar a enseñarles lo necesario para ser ellos mismos e integrarse en la sociedad contemporánea.

Enseñar no es fácil en ningún caso y de ello somos conscientes los padres en todo momento, pues la enseñanza no se limita únicamente al terreno didáctico y académico sino a un cúmulo de materias que abarcan desde las normas cívicas de convivencia hasta los principios éticos y morales imprescindibles para el desarrollo de nuestros hijos como personas de bien.

Enseñar a leer, a escribir, a calcular y un largo etcétera, pareciera material imprescindible para su correcta formación técnica, académica y, no se nos olvide, humana también. A mayor información procesada, mayor adaptación al medio y sus circunstancias. Pero ante el temor de que cualquiera de nuestros hijos se nos quede atrás en el cruel mundo de la "competencia" y de que su futuro se vea ensombrecido por la luminosidad y brillantez de su compañero de pupitre, les imbuimos de discursos sobre lo importante que es estudiar, trabajar, saber expresarse, competir, ser el mejor, el más fuerte, el más alto, el políglota, el listo, el rápido, el todo... Y olvidamos que, quizá, ellos sólo quieren ser ellos.

Nuestros hijos con síndrome de Down juegan con desventaja aparente. ¿Realmente saben lo que son y hasta dónde pueden llegar a ser ellos mismos?
Inicialmente es obvio que no. De nosotros, sus padres, depende que sepan cuanto antes que son personas, que tienen límites cuyos lindes nadie con certeza conoce. Del buen maestro; de aquel que ama su profesión, dependerá el que lleguen a ser ellos mismos en toda su magnitud intelectual y personal.