Habilidades sociales, otra vez

Pudiera parecer que el interés por integrar a un niño o a un joven con síndrome de Down u otra discapacidad intelectual dentro de las pautas educativas y sociales habituales supusiera una especie de irrupción inadmisible en su personalidad, en su formar de ser. Como si atentáramos o hiciéramos peligrar su derecho a ser diferente. Como si nos entrometiéramos en su forma específica de vivir su identidad, y de vivirla felizmente, a su manera.

Cuando hablamos de pautas de conducta o de formación en habilidades sociales, lo único que pretendemos es mejorar la sociabilidad, el bienestar relacional que asegure su mejor encaje en el mundo, precisamente como instrumento que les permita a la larga, y en el mundo real en que vivimos, sentirse más a gusto, más autorrealizado, más aceptado.

Es evidente que nosotros debemos conocer su realidad y aceptarla: la lentitud de ciertas reacciones, la tendencia a persistir en determinadas formas de actuar y al mismo tiempo su tendencia a cambiar con excesiva facilidad las tareas que no les satisfacen o aburren, las dificultades de expresión con sus muchas consecuencias, los problemas de manipulación manual fina, de pensamiento abstracto, de generalización…

Pero hay otras habilidades que, ciertamente, si no se desarrollan de manera específica, van a constreñir su capacidad de relación con claro perjuicio para ellos mismos. Por ejemplo, mirar a los ojos de su interlocutor cuando se dirigen a él, no utilizar adecuadamente las fórmulas de cortesía, no respetar las distancias interpersonales, no saber cómo interactuar con los demás niños en el juego o con las demás personas en espacios de trabajo o de ocio, no saber cómo iniciar, mantener o finalizar una conversación, cómo identificar sentimientos y emociones en ellos mismos y en los demás.

Es, pues, conveniente que nos interroguemos por el grado de sociabilidad de nuestros hijos, a sabiendas de que son necesarios programas de trabajo sistematizado. No podemos pensar que las habilidades sociales se aprenden y se incorporan en sus hábitos simplemente por ósmosis. Nuestro buen ejemplo es indispensable, pero la experiencia de muchos padres y educadores nos dice que es necesaria la programación sistemática, tanto en la familia como en la escuela, y que ambos ámbitos funcionen coordinadamente.

La obra que comentamos en “Panorama de libros” de nuestra revista virtual de este mes es un claro exponente. Basada en una investigación previa realizada por las profesoras y educadoras de educación especial Dolores Izuzquiza y Raquel Ruiz con grupos de tutores y de familias, ofrece un ramillete espléndido de actuaciones que se habrán de desarrollar en el hogar y en la escuela, llenas de contenido, sistematización, originalidad e imaginación. Como ellas mismas afirman: “Entre todos, hemos sido capaces de elaborar un proyecto basado en las necesidades reales de los niños y con un único objetivo: aprender a ser felices con nosotros mismos y con los demás”.