Integración: no todo el monte es orégano

Lo ideal del objetivo educativo resulta claro y luminoso. Es imposible decir que no. Y resulta tan poderosamente atractivo que lo damos por algo lógico, hecho y conseguido. Más aún, no aceptamos la posibilidad, siquiera remota, de otra alternativa.

La educación de un niño con síndrome de Down o con otro tipo de discapacidad intelectual en sistema de colegio integrado ha sido convertida en dogma de tal fuerza que, cuando en ocasiones la administración educativa se ve obligada a sugerir que la modalidad de educación especial puede ser más conveniente para ese hijo nuestro, nos sentimos heridos, casi maltratados.

Quizá no caemos en la cuenta de que la educación integrada de un alumno con síndrome de Down exige, ella misma, una educación especial; llámenle adaptada si prefieren. No vale decir que la educación de todo niño debe ser especial y adaptada porque cada niño es distinto. Con ello no soslayamos la realidad de que, por definición, educar a un niño con síndrome de Down exige un plus de preparación, de conocimiento y de adaptación curricular superior al que hemos de utilizar para el resto del alumnado.

Esa preparación, conocimiento y adaptación no se improvisan. Las leyes son necesarias para promover, inducir, obligar a iniciar los procesos normativos necesarios. Pero no capacitan por sí mismas a transformar al maestro en profesional responsable y capaz para hacerse cargo de una educación que conlleva esfuerzo, imaginación, preparación, conocimiento, estudio. Nadie piense que con ello excusamos a los maestros de su obligación de seguir aprendiendo y actualizándose. Pero no pidamos imposibles cuando quienes hacen las leyes tranquilamente desde sus confortables despachos se olvidan de aportar los medios materiales y humanos, las facilidades y oportunidades de reciclaje indispensables para llevar a buen puerto esta difícil travesía.

Son muchos los ciudadanos de países latinoamericanos que tienen puesta su mirada en la experiencia española relacionada con la integración escolar de sus hijos con síndrome de Down. Junto a situaciones de excelente resultado las hay de enorme decepción. Basta asomarse diariamente al Foro de este Portal para comprobar unas y otras; o leer artículos de Canal Down 21 (por ejemplo, los que están en las páginas De la segregación a la inclusión escolar ; Diez años después de la Declaración de Salamanca sobre Necesidades Educativas Especiales en España. Entre la retórica esperanzadora y las resistencias al cambio*) o los de otros portales (por ejemplo, http://www.downcantabria.com/articulopdf.htm?Integracion_escolar.pdf), en los que se aprecian las enormes dificultades y decepciones que diariamente surgen. La legislación española de los años ochenta del pasado siglo, llena de buenas intenciones, se aplicó insensatamente deprisa y sin previa preparación del terreno educativo, por motivos más políticos que profesionales como se ha podido saber ahora; y de ese equivocado inicio estamos pagando ahora muchas de sus consecuencias.

Tres puntos quisiéramos subrayar. En primer lugar, seguimos convencidos de que los alumnos con síndrome de Down son, en general, magníficos candidatos para una educación integrada.

En segundo lugar, no malgastemos ni malogremos toda la experiencia y los logros acumulados por los profesionales de la educación especial. Por el contrario, estos profesionales han de sentirse particularmente invitados a contribuir y compartir —en estrecho hermanamiento— sus conocimientos dentro de una educación bien organizada dentro de las escuelas ordinarias.

En tercer lugar, los padres no podemos desentendernos de lo que ocurre con nuestro hijo en la escuela. Podemos sentirnos muy satisfechos porque el niño ha sido aceptado en una escuela ordinaria. ¿Es ya de por sí una garantía? De ninguna manera. Un niño mal conducido, mal atendido, mal enseñado es fuente inagotable de frustraciones: para él mismo porque, al sentirse aislado e incomprendido y no saber expresarlo verbalmente, se expresará con su conducta mal adaptada que distorsionará el ambiente, y pierde así la oportunidad de progresar en su educación; para los profesores porque, si no están preparados, se sienten inseguros y desbordados; y para los que vienen detrás porque una mala experiencia puede cerrar para siempre la puerta a otros que, mejor preparados, podrían beneficiarse.

Nadie pide que los padres sustituyamos a los profesores. Pero sí que nos responsabilicemos en la transmisión de lo que denominamos habilidades sociales, que en buena parte es, simplemente, buena educación.