Editorial: Seguimiento apasionado

Han coincidido casualmente en este número dos relatos especialmente incisivos y, en buena parte, coincidentes. El uno aparece como artículo profesional, como respuesta reflexiva al artículo profesional del mes pasado. El otro aparece como testimonio recibido que ofrece una pequeña anécdota. Ambos están escritos por madres de sendas chicas adolescentes con síndrome de Down de similar edad. Y ambos nos muestran una misma característica: el seguimiento apasionadamente inteligente.

Las circunstancias de cada familia son muy distintas. La historia de cada joven, también. La voluntad de las madres es la misma y lo fue desde el primer momento del nacimiento de su hija: entrega incondicional, sensibilidad para detectar sus reclamos y responder a ellos activamente, dedicación, formación personal para conocer más y mejor, aprovechamiento de las circunstancias personales, superación de múltiples barreras —serios problemas de salud desde el nacimiento o los primeros meses, dificultades de diverso tipo en la escolarización en régimen de integración—, mentalidad abierta y receptiva, aplicación del sentido común, disposición al "sí" pero reflexionando cuándo hay que decir "no".

Cuando uno se toma en serio a otro ser humano, aunque tenga limitaciones, y se esfuerza en compartir —dar y recibir— con él vida y afanes para arrancar una felicidad que se distribuye y desparrama a su alrededor, no caben relativismos de ninguna clase. Sucede, eso sí, que se relativizan los dogmas impuestos por “los sabios”. La capacidad estrictamente cognoscitiva se ve enriquecida por la influencia de los sentimientos y los afectos en tal grado que se llega a conformar un principio de energía que impulsa a la acción y a la ejecución de tareas de otro modo impensables. La mente humana se abre, percibe, entiende y aprecia con infinita sutileza.

Resulta que sí, que hay otras formas más inteligentes de mirar y abarcar la realidad, y de extraer de ella el principio que nos ilumina para entender mejor nuestro mundo; en el que nadie nos ha pedido permiso para entrar, cierto, pero con el que estamos irrenunciablemente comprometidos para llenarlo de eso, de alegría de vivir.

A veces da la impresión de que el mundo que consideramos más académico, más culto, más indagador e investigador y, a la larga, más influyente en el pensamiento y en la acción de la sociedad, es el que se encuentra más distante e incapaz de reconocer incondicionalmente la grandeza de un ser humano, cualquiera. Estima a la persona en cuanto brilla —por su belleza, por su inteligencia, por su poder—y no en cuanto es. Gradúa al ser humano por el número de cualidades y acepta que nazca si es perfecto, pero le niega su derecho a nacer y a vivir si adolece de algún defecto, aunque sea pequeño. Como si ese defecto anulara su intrínseca dignidad y si inconmensurable grandeza.

El mundo académico dice cultivar la inteligencia; y es lógico que haya de hacerlo. Nuestro recelo nace, por una parte, del concepto que podamos elaborar sobre la inteligencia; y, por otra, de si esa "inteligencia", tal como la solemos concebir, ha de constituir la única y exclusiva magnitud que configura y clasifica al ser humano. Con otras palabras, si la calidad de un ser humano ha de quedar restringida a su capacidad para la indagación y el análisis.

Comentarios   

#1 respuestalilian castro 07-02-2015 14:12
es alta mente gratificante leer estos editoriales , ya que nuestra lucha por sacar a nuestros hijos adelante es dura, en el sentido de que la sociedad todavía los discrimina pero bravo por todos los padres y personas que están dispuestas a dar su tiempo para comentar y a educar al mundo
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