Editorial, Noviembre 2015

Las buenas preguntas

Ante la aparición de fórmulas y productos farmacológicos —requieran o no prescripción médica para su adquisición— que son promocionados como útiles para las personas con síndrome de Down, es necesario que tengamos ideas claras sobre los beneficios que pretendemos conseguir. Y nada mejor para ello que plantearnos las preguntas correctas sobre dos áreas fundamentales: la conducta y la cognición. Porque sólo así sabremos si vale la pena administrar el producto.

¿En qué consisten esos beneficios? ¿Qué mejoran realmente? Lógicamente, nuestras esperanzas han de ser acordes con la edad mental del niño.

No basta que observemos una mayor "actividad". Eso sería útil si previamente hemos observado un predominio de inactividad o lentitud en nuestro hijo durante el día. Pero esa mayor actividad, ¿a qué conduce? ¿Es una actividad bien dirigida hacia objetivos sencillos pero claros, o simplemente se mueve más?

¿Está más atento y su atención se prolonga más tiempo?

¿Entiende e interpreta mejor lo que le decimos?

¿Mejora en su lenguaje, de acuerdo con su edad mental, en inteligibilidad, sintaxis, vocabulario, enunciado de frases?

¿Colabora más y mejor en la casa de acuerdo con las responsabilidades que en él hemos depositado?

¿Recuerda más los acontecimientos, los encargos, lo que ve y oye?

¿Muestra más interés por lo que le decimos, por las tareas escolares?

¿Acepta mejor las indicaciones y sigue las observaciones que se le hacen?

¿Planifica mejor sus tareas y actividades?

Es preciso, pues, que antes de dar ninguna medicación, tengamos muy claros los parámetros que hemos de valorar en términos reales y concretos, sabiendo que esa "mejoría de la cognición" que se nos quiere vender se debe traducir en datos sustanciales objetivados en la vida diaria del individuo.

Ha de tenerse presente, claro está, que la mejoría posible que podamos observar puede no ser inmediata sino que lleve tiempo para que se manifieste. En cualquier caso, ningún producto será válido si no se acompaña de nuestra permanente acción educativa, cuya esforzada y paciente aplicación jamás deberá ser abandonada en la falsa confianza de que el medicamento lo consigue todo.

Como tampoco debemos olvidar que los resultados positivos pueden ser debidos más a nuestra acción individual que a la virtud del medicamento. Y esto conviene señalarlo, no sea que estemos medicando sin necesidad.