Artículo: Síndrome de Down Recuperar la figura del padre

Recuperar la figura del padre

Jesús Flórez

"Necesitamos varones que se den cuenta de que la paternidad no finaliza con la concepción. Y que asuman que la hombría no reside en su capacidad de tener hijos, sino en la valentía de criarlos y educarlos".

Realidades

Con esta frase de Barack Obama inicia María Calvo, Profesora de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III (Madrid), un artículo enormemente impactante sobre el rol de la figura paterna en la sociedad actual, recientemente publicado en la revista Nuestro Tiempo (Invierno, 2016). Expondré primero algunos de sus párrafos, como telón de fondo para reflexionar sobre la situación de la figura del padre ante la educación de un hijo con síndrome de Down. No cesan de llegar consultas sobre la educación de niños con síndrome de Down cuyo padre desapareció cuando el niño nació, o a los pocos meses; o cuyas madres son solteras o que, a los años de casados, el matrimonio se separa y contiende sobre cómo reparte la custodia del hijo entre el padre y la madre. O, si el matrimonio se mantiene, la madre se queja de que toda la responsabilidad de la crianza y educación del hijo recae sobre ella.

En España, según el Instituto Nacional de Estadística, por cada diez matrimonios que se celebran, se producen siete rupturas. Cuando el vínculo entre hombre y mujer es débil, también lo es habitualmente el vínculo creado entre ellos y los vástagos; y muy especialmente entre la figura paterna y sus descendientes. Cuando los padres separados no viven con sus hijos (en países desarrollados rara vez la custodia es compartida y la mayoría de las veces se le atribuye a la madre), las investigaciones demuestran que, con el tiempo, la relación padre-hijo acaba desapareciendo en muchos casos. Diez años tras el divorcio, sólo uno de cada diez hijos ve a su padre al menos una vez por semana.

Diversos estudios muestran cómo la carencia de padre está en la base de la mayoría de los conflictos sociales más urgentes, desde la pobreza y la delincuencia, hasta el embarazo de adolescentes, abuso infantil y violencia doméstica, según datos extraídos de la National Fatherhood Initiative. La ausencia del padre, física o simplemente psíquica ―distancia emocional― puede tener efectos muy negativos sobre los hijos ya que la relación madre-hijo, por mucho que algunos quieran, nada tiene que ver y no puede sustituir a la relación paterno-filial.

El sociólogo Duncan Timms, de la Universidad de Estocolmo, realizó durante 18 años un seguimiento de todos los niños nacidos en Suecia en 1953. A intervalos regulares se les hizo un psicodiagnóstico a cada uno de estos 15.000 niños. Los que presentaron un mayor grado de disfunción psicológica fueron varones nacidos de madre soltera y que crecieron sin padre. Son convergentes con estas conclusiones los resultados de un seguimiento de más  de 17.000 menores de 17 años realizado en Estados Unidos por el National Center for Health Statistics: el riesgo de problemas emocionales y de conducta es entre dos y tres veces más alto para niños criados sin padre.

Ronald y Jacqueline Angel, investigadores de la Universidad de Texas, publicaron en 1993 un trabajo en el que evaluaron los resultados de todos los estudios cuantitativos que habían analizado los efectos de la ausencia paterna: «El niño que crece sin padre presenta un riesgo mayor de conducta anómala, de tener dificultades para controlar sus impulsos, de ser más vulnerable a la presión de los amigos y de tener enfrentamientos con la ley». Hace treinta años se pensaba que los motivos principales de las conductas conflictivas de los chicos se encontraban principalmente en la pobreza o la discriminación que rodeaba a esas familias. Sin embargo, hoy se sabe que la ausencia de padre está en la base de la inmensa mayoría de estas actitudes asociales.

Las cifras expuestas por la Administración norteamericana son ejemplificadoras del problema:

  • El 63% de los suicidios de jóvenes se da entre muchachos sin padre.
  • El 90% de los niños que se van de casa son de familias sin padre.
  • El 85% de los chicos con desórdenes de conducta proviene de familias sin padre.
  • El 80% de violaciones con violencia las cometen chicos de padres ausentes.
  • Los jóvenes sin padre protagonizan el 71% de abandono escolar en secundaria.
  • El 75% de los adolescentes en centros de desintoxicación no conocen a su padre.
  • El 70% de jóvenes internados en reformatorios creció. sin padre.
  • El 85% de jóvenes en prisión proviene de familias en las que sólo estaba la madre.

Los efectos negativos de la ausencia paterna adquieren mayor intensidad cuando los hijos son varones, en especial en lo relativo al autocontrol y al fracaso escolar. Estos chicos tienden a mostrar actitudes masculinas muy exageradas con radicalización de estereotipos por la falta de un modelo adecuado de masculinidad. En cuanto a las niñas, la presencia es determinante para su autoestima. En los hogares sin padre las niñas suelen embarcarse antes en relaciones sexuales, embarazos tempranos y divorcios. El riesgo de embarazo en la adolescencia se duplica en ausencia del padre. La ausencia del padre ―o su presencia débil y desdibujada― hace que las hijas necesitadas de las funciones que éste debería brindarles no se sientan ni validadas ni valoradas y empiecen a dudar de sí mismas, a no gustarse, a tratar de modificarse a partir de lo físico de un modo obsesivo y, en última instancia, a llamar la atención a través de fenómenos corporales.

Son muchos los estudios e investigaciones que documentan un nexo de unión directo entre ausencia paterna y violencia. El Dr. James Dobson, fundador de Family Research Council, señala cómo, sin la guía y dirección de un padre, la frustración de los muchachos les conduce a variadas formas de violencia y comportamiento asocial. Desde los ocho o nueve años, los niños buscarán en la calle su medio de vida, sus modelos, sus líderes, sus ritos iniciáticos, su identificación y su sustento. Su vida no será una vida de familias sino de bandas callejeras. Crecerán en el desorden, sin capacidad para integrarse en sociedad e incapaces, asimismo, de asumir más tarde su propia paternidad en toda su dimensión afectiva, educativa y social.

Según Shawn Johnson, no hay nadie más capacitado para frenar la agresión antisocial de un muchacho que su padre. La función paterna tiene una influencia crítica en la instauración y desarrollo de la capacidad de controlar los impulsos en general y el impulso agresivo en particular, es decir, la capacidad de autocontrol. Como señala uno de los más destacados sociólogos de Estados Unidos, el Dr. David Popenoe: «Los padres (varones) son mucho más que simplemente los segundos adultos en un hogar. Los padres implicados traen múltiples beneficios a los niños que ninguna otra persona es capaz de aportar». Nadie duda de que las madres son insustituibles en la vida afectiva y emocional de los hijos, así como en su desarrollo físico y equilibrio personal, pero el listado de beneficios que proporciona un padre implicado en la educación y configuración de la personalidad de los hijos es asimismo considerable y bien diferente. La psicología del vínculo maternofilial ha sido ampliamente estudiada desde hace siglos, pero recientes investigaciones han demostrado cómo los hijos establecen relaciones de apego con el padre tan fuertes como con la madre, y estos vínculos paternofiliales aportan consecuencias muy beneficiosas. La poderosa influencia de un padre sobre sus hijos es única e irremplazable. El estímulo paterno influye en la vida de los hijos.

A diferencia de otros países como Estados Unidos o Reino Unido, en España se sigue ignorando la necesidad de prestar la debida atención a los padres y a la institución matrimonial, y existe una profunda indiferencia ante la paternidad como valor y como función social, indiferencia que se refleja incluso en la práctica judicial. El papel del padre no puede ser ignorado, ni eliminado, ni tergiversado sin consecuencias negativas graves para el hombre que lo ejerce, para el hijo que lo necesita, para la mujer que lo complementa, para la familia y para la entera sociedad.

Hasta aquí algunas de las observaciones y datos expuestos por la Prof. María Calvo. Pero no extrañará que, en esta misma línea, aporte un testimonio bien reciente dirigido a todas las personas de buena voluntad por el Papa Francisco en su exhortación Amoris laetitia.

«Se dice que nuestra sociedad es una sociedad sin padres. En la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida. Aun la virilidad pareciera cuestionada. Se ha producido una comprensible confusión, porque en un primer momento esto se percibió como una liberación del padre-patrón, del padre como representante de la ley que se impone desde fuera, del padre como censor de la felicidad de los hijos y obstáculo a la emancipación y autonomía de los jóvenes. A veces, en el pasado, en algunas casas, reinaba el autoritarismo, en ciertos casos nada menos que el maltrato. Pero como sucede con frecuencia, se pasa de un extremo a otro. El problema de nuestros días no parece ser ya tanto la presencia entrometida del padre, sino más bien su ausencia, el hecho de no estar presente. El padre está a veces tan concentrado en su trabajo y en sí mismo, y a veces en sus propias realizaciones individuales, que olvida incluso a la familia. Y deja solos a los pequeños y a los jóvenes. La presencia paterna, y por tanto su autoridad, se ve afectada también por el tiempo cada vez mayor que se dedica a los medios de comunicación y a la tecnología de la distracción. Hoy, además, la autoridad está puesta bajo sospecha y los adultos son crudamente cuestionados. Ellos mismos abandonan las certezas y por eso no dan orientaciones seguras y bien fundadas a sus hijos. No es sano que se intercambien los roles entre padres e hijos, lo cual daña el adecuado proceso de maduración que los niños necesitan recorrer y les niega un amor orientador que les ayude a madurar».

«Con las características valiosas de su masculinidad, el padre está en la familia cercano a su esposa para compartir todo, alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y debe estar cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando están despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente, siempre».

«Todo niño tiene derecho a recibir el amor de una madre y de un padre, ambos necesarios para su maduración íntegra y armoniosa.  Ambos contribuyen, cada uno de una manera distinta, a la crianza de un niño. respetar su dignidad significa afirmar su necesidad y derecho natural a una madre y a un padre. No se trata sólo del amor de la madre y el padre por separado, sino también del amor entre ellos, percibido como fuente de la propia existencia, como nido que acoge y como fundamento de la familia... Ellos juntos enseñan el valor de la reciprocidad, del encuentro entre diferentes, donde cada uno aporta su propia identidad y sabe también recibir del otro. si por alguna razón inevitable falta uno de los dos, es importante buscar algún modo de compensarlo, para favorecer la adecuada maduración del hijo».

El padre en la familia con un hijo con síndrome de Down

La primera etapa

Quizá alguno piense: "¿Y por qué discriminar, una vez más?". Tiene razón, no habría por qué. Pero siendo realistas, la aparición de un hijo con síndrome de Dow, detectada durante el embarazo o en el momento del nacimiento, marca una diferencia, nos guste o no. No voy a entrar a señalar los sentimientos propios de los padres ―con duelo o sin él―, miles de veces descritos y analizados a veces con realismo y otras con un exceso de imaginación. Esas miradas/comentarios/silencios de familiares, amigos, vecinos o compañeros. La familia como tal sufre un bandazo en su rumbo que precisa enderezar. Y es ahí donde el papel del padre y de la madre comienza a desarrollar su propia naturaleza y singularidad.

Sobre la base de ese nido que acoge y fundamenta la familia, antes señalado, surgen unos interrogantes e incertidumbres iniciales que se han de confrontar: en relación con la salud, con las primeras decisiones sobre los programas a seguir, con la distribución de tareas y de tiempos, con el reparto de responsabilidades. Es imposible abarcar y concretar la inmensa variedad de circunstancias que las familias ofrecen en todos los órdenes: los otros hijos, los puestos laborales y profesionales del padre y de la madre, su evolución, siempre individual y diferente, en el desarrollo del vínculo y relación hacia el nuevo hijo.

Siempre hemos aconsejado que no es ese el momento de tomar grandes decisiones sobre la estructura familiar y su futuro, ni en lo afectivo, ni en lo económico, ni en lo profesional. Porque el estado emocional no garantiza la objetividad de las posturas, y el todavía escaso conocimiento de lo que el síndrome de Down significa, impide adoptar la línea de acción más correcta. Pero sí es el momento de que el padre exprese de forma clara y explícita, en primer lugar, la unión afectiva con su esposa, y, en segundo lugar, su absoluta disponibilidad para compartir con ella las ineludibles cargas que se van acumulando. Pero la expresión no son sólo palabras, son hechos.

La relación madre-hijo es inigualable. Va en su ADN, literalmente. Y ello conlleva no sólo las irrenunciables tareas, como pueden ser la lactancia materna directa y ese sexto sentido, intuitivo, para detectar anomalías, sino el desarrollo de un vínculo que no tiene parangón. Pues bien, puede que el padre no sienta inicialmente el mismo apego afectivo de la madre hacia el hijo. Pero su presencia y apoyo callados junto a la madre, sus primeros contactos con el hijo, su capacidad de compartir tareas de una vigilancia obligadas que nadie las configuró como exclusivamente maternas, harán que se inicie un especial vínculo padre-hijo que irá en aumento conforme el niño empiece a reconocer los dos rostros, el de la madre y el del padre, y empiece a configurar sus respuestas discriminadas ―a veces muy lentas en aparecer, hemos de reconocer―, en función de quién es la persona que emite los estímulos.

Se ha afirmado que en esa primera etapa la madre se dedica al niño mientras que el padre se dedica a buscar información. Tenga o no visos de realidad esa afirmación, el papel del padre va mucho más allá. Puede que busque información. Pero lo fundamental es que la comparta, que haya diálogo, que se vea un interés por llegar a objetivos comunes, aunque haya que contrastar diferencias. Las decisiones de los dos padres sobre su respectivo presente y futuro profesional han de ser necesariamente consensuadas, dando por supuesto que los planteamientos e intereses pueden ser inicialmente diferentes: por su propio discurso y modo de razonar ―masculino y femenino― y por las especiales circunstancias que concurran en cada uno de los padres.

En definitiva, es una nueva etapa de la vida matrimonial donde es ineludible tejer la urdimbre de los acuerdos, con recíprocas ofrendas y renuncias para el bien de toda la familia. Compartiendo responsabilidades que atañen a toda la familia, pero considerando que cada hogar es único y cada síntesis matrimonial es diferente. Es una etapa en la que se descubre una nueva realidad, ciertamente inesperada, mucho más desafiante de lo que cabía soñar o esperar. Por eso exige reflexionar responsablemente. Porque puede ser la ocasión de un nuevo encuentro; pero también puede ser el punto de inflexión que lo malogre y termine en desencuentro. Nada separará a la madre del hijo con síndrome de Down, eso seguro. Pero es la figura del padre, consciente y decidida, la que reafirme la unidad y el compromiso, y muestre con sus palabras y sus hechos su decisión de seguir formando parte sustancial de un todo. La que invite a la madre a desviar su quizá exagerada obsesión por ese hijo, y la seduzca para seguir siendo compañera de su esposo y madre de los demás hijos. El padre, por un lado, comparte; y por otro, compensa, sustituye.

Y después...

Después viene el lento y sinuoso recorrido durante el cual el niño con síndrome de Down se va desarrollando, junto con sus hermanos y el resto de la familia, en un proceso enormemente variado. Con sus rosas y sus espinas. Es imposible particularizar pero el pilar son los padres. Pilar en singular porque es la fusión de madre y padre quienes dotan de fortaleza toda la arquitectura familiar. Entiendo que el talante masculino unas veces puede mostrarse como refuerzo, y otras como contraste; siempre como apoyo. De ese equilibrio ―no pocas veces inestable, todo hay decirlo― se benefician los hijos. En ocasiones el padre será "el fuerte, el intransigente"; en otras, por el contrario, "el débil, el permisivo". Es ese el equilibrio que, cuando falta, da origen a las durísimas estadísticas y consecuencias descritas en la primera parte de este artículo. También el hijo con síndrome de Down requiere exigencias en unas ocasiones y transigencias en otras. Pero la dirección que se ha de llevar ha de ser clara una vez que los objetivos han sido previamente fijados con el acuerdo de ambos padres. El padre ha de participar: ha de aportar su propio razonamiento ante la toma de muchas decisiones que no siempre coincidirá con el de la madre. Confrontar razonamientos asegura la solidez del camino elegido. Saber estar con el hijo y con los demás hijos, conocerles, ofrecer cariño y autoridad, proteger sin crear dependencia, dar acogida. Compaginar obligaciones profesionales ―saber decir "no", a veces― y familiares, compensar ausencias obligadas con imaginación.

Y es que en cada etapa hay que sentarse, parar y negociar acuerdos. Cada nuevo paso adelante del hijo con síndrome de Down, cada nuevo avance, no hace más que otear el siguiente, con frecuencia más exigente. Donde no caben decisiones unilaterales, ni porque no nos pidan nuestra opinión, ni porque renunciemos de antemano a darla. Atinar en la formación del hijo, para que vaya asumiendo poquito a poco sus responsabilidades, su autonomía, su autoestima, es toda una inversión por nuestra parte. Y ante circunstancias tan cambiantes y nuevos retos no pocas veces imprevisibles, es preciso aportar opiniones que equilibren, sirvan para estabilizar, para frenar o, al revés, acelerar una decisión. Es el pensamiento que surge de la interrelación hombre-mujer, abierto y libremente expresado, el que mejor puede conseguir la decisión más coherente y más acertada.

La vida transcurre por múltiples altibajos: la del padre, la de la madre, la del hijo con síndrome de Down y la de los demás hijos. Sólo en un ambiente concertado, donde cada uno aporte sus propias e irrenunciables responsabilidades, y ofrezca su aportación al equilibrio general de la familia, se hace posible la convivencia y el progreso de cada uno. Estabilidad, comprensión, sinceridad, servicio... No cabe mejor reparto de los atributos que cada uno, desde su individualidad y características de su propio sexo, debe aportar. En definitiva, una persona con síndrome de Down se hace a sí misma, consigue sus mejores galas, cuando a ello contribuyen, en la mejor simbiosis posible, la madre y... el padre.

Obviamente, nuestro mundo no es un mundo de ángeles. Y aunque se afirma que la presencia de un hijo con síndrome de Down refuerza y ayuda a asegurar la estabilidad familiar, las excepciones no son pocas. Hombre y mujer, envueltos en sus respectivos ambientes, están sometidos a los mismos estímulos, cansancios, desgastes, crisis, desafíos que el resto de los matrimonios. Es fácil encontrar en el otro la razón que justifique el reproche. Reencontrar el nuevo estímulo en la pareja, aceptar que no se convive para ser cada vez menos felices sino para aprender a ser felices de un modo nuevo, a partir de las nuevas posibilidades que ofrece una nueva etapa, puede resultar para algunos una oferta casi insultante, en un ambiente cultural donde prima el abandono casi inmediato. Tener un hijo con síndrome de Down, en el que se han invertido miles de horas de convivencia, obliga. Sin ninguna duda. Hace pensar, y reflexionar, y volver a descubrir motivos para hacer valiosa la convivencia. Padre y madre, explícita o implícitamente, han de mostrarse mutuamente para hallar juntos nuevas motivaciones que aseguren esa convivencia.

Calvo, M. El matrimonio, incubadora de la paternidad. Nuestro Tiempo 2016. Vol. "Invierno", p. 104-111.
Francisco. Amoris laetitia - La alegría del amor. Exhortación apostólica. Roma 2016.
Malmierca, T. La mirada de papá. Ediciones Palabra, Madrid 2016.