Lo que planteas, Chus, es enormemente complejo y forma parte del engranaje diario de múltiples actividades, relacionadas o no con la discapacidad. Empiezas a preocuparte por una persona o un grupo de personas, planteas acciones acordes con sus necesidades presentes y futuras, buscas recursos e incluso los consigues (¡!), constituyes un grupo, atraes buenos profesionales, tus buenas acciones atraen a más gente que te necesita, las necesidades aumentan, las ayudas fluctúan, tienes que asegurar el mantenimiento y estableces contactos con entidades que te los puedan proporcionar –públicos y privados, porque unos u otros solos no bastan–, tienes que demostrar diariamente la calidad de tu entidad, recurres a los diversos medios... Ya te has perdido: terminas por dedicar tu tiempo a asegurar el puesto que has alcanzado y los recursos que ineludiblemente necesitas... y ya no prestas atención a las personas. Tu institución es lo primero. Es el éxito de tu institución. No el éxito de las personas con discapacidad que ponen toda su carne en el asador personal de cada día.
Obviamente simplifico y hasta caricaturizo. Pero no ando demasiado ajeno a la realidad. Esa tentación de volcarme en la institución hasta convertirla en objetivo casi único de mi vida, y no en las personas que a ella acuden, nos invade y nos penetra a todos. Y nos exige preguntarnos al iniciar cada día: ¿cuál es mi objetivo real? ¿cuál es mi atención personal al individuo que me necesita? En esa tensión vivimos y necesitamos hacer ejercicios permanentes de discernimiento para elegir lo adecuado en cada caso y circunstancia.
Prescindo por supuesto de quienes, en la más pura de las realidades, sólo buscan su propio medro, la foto, el titular de prensa, Me dan pena.
Planteas otros temas: conseguir leyes (que son necesarias pero no bastan), negociar derechos (incluso los que deberían ser innegociables)... Eso da para mucho más.