No han pasado diez días y no me siento ya tan nuevo en estas lides. Tratar con María, verla en sus reacciones cotidianas, sus explicaciones, sus emociones tan a flor de piel, me permiten sentir que la entiendo.
Y la entiendo de la misma forma que entiende ella: de una manera intuitiva, visceral, directa... Toda conducta tiene una motivación, y ella se deja ver en sus reacciones.
No sé si tengo una capacidad ignorada, o si soy un tanto prepotente y creído. Pero acierto en mis apreciaciones. Hasta ahora, todas sus reacciones, buenas o malas, han sido emocionales; todos sus desajustes orgánicos se han debido a situaciones en las que ella se imagina falta de apoyo, de compañía, de entendimiento. Basta con hacerle ver que estamos de su lado, para que sus problemas digestivos desaparezcan. Basta con hacerle ver cómo se la quiere, para que duerma tranquila. Basta con darle nuestro apoyo, para que se sienta segura.
Al tiempo que sus reacciones son directamente proporcionales al cariño que se le da, observo, y es el motivo de esta reflexión, que las explicaciones en exceso infantiles y risueñas que se le dan ni explican ni tranquilizan como pretenden. Observo que ella admite explicaciones maduras y que, dentro de unos límites, son las únicas que le permiten retomar su equilibrio.
Así lo veo yo en el caso de María. Quien la conozca de veras sabrá de qué hablo. A veces quitar hierro a una situación es lo adecuado; pero otras es mejor hablar, desde el cariño, con la madurez que ella es capaz de asumir para resolver los problemas.
No tratemos a estas personas como niños, pues una parte muy importante de ellos no lo es. El cariño, la protección, el apoyo lo necesitamos todos para desarrollarnos como personas. Cuando nos falta, a veces, se tambalean también nuestros cimientos.