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ÍNDICE DE CAPÍTULOS

Capítulo 9. Lectura: Tercera etapa. Progreso en la lectura

DESCRIPCIÓN DEL MATERIAL Y MODO DE USARLO

LECTURAS

Se aprende a leer, leyendo y se progresa en la lectura, leyendo más y leyendo mejor. Al igual que sucede en el resto de las actividades humanas, una práctica frecuente y bien realizada, nos hace casi expertos. Por tanto, si el objetivo que nos proponemos es que el alumno con síndrome de Down sea un buen lector, le ofreceremos un mayor número de lecturas, con variación y ampliación de contenidos. Se realizarán diferentes prácticas lectoras en función de cada uno de los objetivos elegidos para el progreso lector. El profesor será quién señale los objetivos y el modo de alcanzarlos. Será quien programe, marque el camino a seguir, seleccione o diseñe el material e indique las actividades a realizar. Todos los demás sugerirán según las experiencias en sus propios ámbitos. Además, el alumno que ya es lector indicará sus preferencias. Es indudable que por su cuenta elegirá y leerá aquello que más le guste, por lo que conviene que tenga a su alcance buenas lecturas en cuanto a presentación, contenido, grado de dificultad, etc. Las lecturas deben seleccionarse o prepararse en función del objetivo concreto que se quiere trabajar en un momento dado, teniendo en cuenta el nivel lector del alumno, su edad y sus intereses. Puede suceder que un niño de 6 años y otro de 11 tengan el mismo nivel lector en relación con la mecánica lectora, pero esto no justifica que la lectura que se les prepare sea la misma. El chico mayorcito tiene un vocabulario más amplio, sus intereses, sus experiencias y sus conocimientos son distintos y más amplios que los del niño de 6 años. La lectura puede ser más compleja desde el punto de vista del contenido. También puede necesitar otro tipo de letra, más pequeña o de imprenta, porque su capacidad perceptiva está más desarrollada. A veces puede suceder al revés, que, por problemas sensoriales de visión, necesite un trazo más grueso o un color o tono de tinta más oscuro.

Con esto sólo queremos recordar que el profesor debe preparar el material más adecuado para cada uno de los alumnos.

Con la práctica lectora, dirigida por el profesor, se pretende mejorar la articulación e inteligibilidad, la entonación, la fluidez, la comprensión y la generalización. Además, el alumno debe aprende y practica la lectura silenciosa. En función de cada uno de estos objetivos se prepara el material y se desarrollan las actividades evitando exigir al alumno todo a la vez. Es mejor trabajar cada uno de los objetivos de un modo concreto y específico porque permite analizar las dificultades y diseñar con más acierto las estrategias de intervención. No se debe agobiar y bloquear al alumno con varias advertencias y correcciones simultáneas. Trabajando un solo objetivo la evaluación es mucho más precisa y acertada. Poco a poco, se notará el efecto global del progreso lector en todos sus componentes, a pesar de que el trabajo de cada una de las sesiones se enfoque a un solo objetivo.

  1. Articulación, inteligibilidad y fluidez

    Para mejorar la articulación, inteligibilidad y fluidez de la lectura realizada por el alumno en voz alta, es necesario que el texto escrito se le presente con una letra bien trazada, suficientemente grande y perceptible que no suponga al alumno un esfuerzo visual-sensorial. El texto no debe contener palabras complicadas desde el punto de vista de su desciframiento, o sea que se evitarán las sílabas complejas y las palabras muy largas. Las frases serán más bien cortas para facilitar al alumno la administración del aire a lo largo de la lectura de cada frase. El esfuerzo único que debe realizar el alumno, es el de pronunciar bien. Las frases, al comienzo de esta práctica, deben ser sólo declarativas o enunciativas.

    Si el objetivo que se quiere alcanzar es el de mejorar la entonación, conviene elegir o preparar pequeños textos con diálogos, en los que se incluyen preguntas y respuestas sencillas y exclamaciones. Es muy útil preparar o adaptar libros con las frases habituales de saludo, cortesía y conversación diaria, porque así el niño aprende a hablar con una expresión y entonación mejores. También, en este caso, las frases no deben ser largas, para que el alumno pueda mantener el tono interrogativo o exclamativo a lo largo de toda la frase. Un ejemplo de un texto sencillo, al que se pueden añadir con facilidad unas ilustraciones, puede ser:

    —¡Buenos días, Lucía!

    —¡Hola, mamá!

    —¿Has dormido bien?

    —Sí mamá, muy bien.

    —¿Quieres desayunar? ¿Tienes hambre?

    —¡Claro que tengo hambre! ¿Qué hay para desayunar?

    —He preparado zumo, tostadas y leche.

    —¡Qué rico! Me gusta todo.

    —Siéntate. Desayuna despacio.

    —Lucía, ¿has terminado? ¡Date prisa! ¡Papá se va!

    —¡Lucía! ¡Que llegamos tarde!

    —Ya voy, papá. ¡Adiós mamá!

    —¡Adiós, Lucía! Un beso.

    Para facilitar al alumno el aprendizaje de las pausas, las primeras lecturas en voz alta contendrán tres o cuatro frases cortas, separadas por puntos. Si es preciso los puntos se resaltaran haciéndolos en rojo o un poco más grandes. A veces conviene que el alumno, antes de realizar la lectura en voz alta, haga un seguimiento visual de toda la frase para interiorizar su longitud. Esto le sirve de ayuda para la administración del aire y dar el tono adecuado al llegar al final y pararse. En el momento en el que el alumno realice bien las pausas marcadas por los puntos, se iniciará el trabajo con las comas y con la lectura de frases un poco más largas.

    Para algunos niños es una ayuda recoger las grabaciones de sus propias lecturas, de modo que puedan hacer un análisis y comparación con la lectura del adulto y con la suya propia, comprobando así sus avances. Una nueva estrategia, que ayude al alumno con síndrome de Down a mejorar la articulación y la entonación, es que el educador haga de modelo realzando, o sea exagerando un poco, tanto la articulación como la entonación, según sea el objetivo a mejorar. En este sentido, es una buena práctica la lectura por parte del profesor de poemas ya que el ritmo, la cadencia y la rima, ayudan al niño a interiorizar mejor las inflexiones. El alumno puede leerlas a continuación, pero es probable que tarde tiempo en recitarlas con cierta naturalidad y tono adecuado.

    Además de la preparación artesanal de textos y de las adaptaciones, actualmente es posible encontrar libros impresos que, aunque tengan poco texto, éste es apropiado para la edad del niño. Es cuestión de visitar con cierta frecuencia las librerías y buscar despacio. Existen varias colecciones de entre las cuales pueden elegirse los cuentos que a cada alumno le gusten. Algunos de estos cuentos están impresos con letra cursiva semejante a la manuscrita y otros con letra de imprenta, por lo que el alumno puede practicar la lectura con ambos tipos de letra.

    Casi todos los niños leen con mucho gusto los cuentos de Walt Disney. Muchas editoriales los editan y pueden encontrarse desde libros con mucha ilustración y poquísimo texto con letra grande, hasta libros con textos largos y letra pequeña. Dado que los niños conocen los personajes y las aventuras porque los ven en el cine y en la televisión, se sienten felices y muy cómodos leyendo los libros.

    También es frecuente que les gusten los libros de Enid Blyton de los que, aunque tienen la desventaja de ser traducidos del inglés, hay colecciones de varios niveles diferentes, muy adecuados para las distintas edades de los lectores. Lo mismo pasa con los cuentos de los Hollister, la colección "El Club de las Canguro", etc. Conviene consultar a las librerías especializadas.

    En estos momentos lectores, el alumno tendrá ya unas preferencias personales que conviene tener en cuenta, respetándolas, y animándole también a ampliar sus lecturas a otros textos. Con frecuencia se consigue si es el adulto quien toma la iniciativa de leer un capítulo cada día en voz alta. Para esta tarea, la familia puede colaborar de un modo muy eficaz, siendo la encargada de buscar y leer libros más variados. Muchos alumnos con síndrome de Down disfrutan volviendo a leer un libro cuyo argumento ya conocen, porque previamente se lo han leído.

  2. Comprensión

  3. En relación con la comprensión de la lectura, queremos señalar que es fácil sacar conclusiones falsas sobre cuánto comprende un alumno con síndrome de Down porque le es muy difícil explicar lo que ha leído. Por tanto, tenemos que emplear distintos métodos, al principio cuanto más sencillos mejor, para comprobar qué ha comprendido. Si se comprueba que no hay comprensión, es preciso analizar la causa. Puede ser que todo o parte del vocabulario del texto no lo conozca el alumno, que el enunciado sea demasiado largo o complejo o que el tema esté muy alejado de sus conocimientos o de su capacidad mental. También es una causa que la letra sea casi ilegible, indescifrable y el esfuerzo que tiene que hacer el alumno en el desciframiento no le permita atender al mismo tiempo al mensaje. En otras ocasiones sucede casi lo contrario y es que, dominada la mecánica lectora, puede producirse un exceso de velocidad al leer. Para nuestra sorpresa, hemos comprobado que algunos alumnos con síndrome de Down disfrutan tanto cuando dominan la mecánica lectora que leen demasiado y leen demasiado deprisa. Eligen cualquier lectura, en cualquier momento, incluso cuando deberían estar interrelacionándose con otros. Cada una de las causas que dificultan una buena comprensión, exige una solución diferente, desde una mejor preparación formal del texto a leer, pasando por una adecuada elección del tema y una redacción cuidadosa del mismo. En cuanto a los lectores veloces es preciso frenarles para que siempre lean con la intención de enterarse. Convendrá que las lecturas que tengan a su alcance sean las apropiadas, muy interesantes, divertidas y que puedan entenderlas sin necesidad de que el adulto les aclare al vocabulario. Conviene evitarles la tentación de leer por leer cualquier cosa, como editoriales de prensa o novelas, cuando están en la etapa en la que aún no pueden entender el contenido.

    Para valorar la comprensión es preciso, en primer lugar, que los textos escritos sean apropiados para el alumno concreto a quién se quiere evaluar. Se elegirán o prepararán lo mejor posible en sus aspectos formales de presentación, tamaño y tipo de letra, longitud de enunciados, y en su contenido en relación con el vocabulario y el mensaje. Deben ser asequibles al nivel mental, a los conocimientos y a las experiencias del lector.

    En segundo lugar hay que elegir y preparar el modo de recoger la información. Si se le pide al alumno que cuente lo que ha leído, lo más probable es que no responda o que diga que no sabe, que se le ha olvidado. Es preferible preparar unas preguntas concretas para que las conteste oralmente. Si puede contestar por escrito, se pueden elaborar preguntas a las que conteste con un o un no o con una palabra. Otro modo un poquito más avanzado sería presentarle dos o tres frases cortas como respuestas posibles para que seleccione la adecuada. Esto evita al alumno la elaboración de la frase y su transmisión por escrito, pero nos informa sobre su comprensión de la lectura, que es lo que deseamos. En cuanto sea posible será el alumno quien elabore y escriba la frase. Al principio el adulto le ayudará para que dé una respuesta oral bien estructurada de modo que después puede escribirla con corrección gramatical y sin omitir palabras. Poco a poco, con mucha práctica, aprenderá a hacer pequeños resúmenes de los textos.

    Las respuestas a las preguntas aparecerán en la lectura de forma explícita en los primeros textos, para que el esfuerzo que deba realizar el alumno sea sólo el de memoria. El progreso se dará más adelante, cuando el alumno tenga que deducir, por reflexión, las respuestas que no aparecen explícitas en el texto. Para llegar a este nivel será preciso darle una explicación realizar varios ejercicios de demostración de modo que vaya dándose cuenta de que, con los datos que aparecen en la lectura, pueden deducirse otros.

    Si el texto es muy extenso, aunque el vocabulario y el mensaje sean adecuados, convendrá dividirlo en 2 o 3 partes, para que pueda contestar a las preguntas en 2 o 3 veces. Cuando lea y conteste la primera parte, el profesor volverá a leerla para que el alumno la recuerde y pueda comprender el texto de la segunda y así sucesivamente.

    En ocasiones, los alumnos necesitan que se empiece el ejercicio realizando una lectura conjunta en la que se aclaran las dudas de vocabulario. Después, el alumno lee el texto y al final responde. Si el alumno tiene buena comprensión pero tiene importantes problemas de memoria secuencial, será necesario preparar unos párrafos e incluso frases que sean más cortos, sin comprometer por ello lo esencial del mensaje a transmitir. El profesor tiene que desarrollar la habilidad de decir lo mismo con menos palabras.

  4. Generalización

    La generalización supone que el alumno es capaz de leer cualquier texto, tenga la letra que tenga y sea cual sea su presentación: cartas manuscritas, periódicos, revistas. carteles, libros de texto, cómics, cuentos, poesías, escritos mecanografiados, pantallas de ordenador, etc. Como es lógico, nos referimos a la capacidad de desciframiento o de mecánica lectora. En cuanto a la comprensión, es evidente que estará limitada por el nivel de conocimientos y por la capacidad intelectual del lector. Igual que puede sucedernos a nosotros si tenemos ante la vista un texto que no es de nuestra especialidad y que es muy técnico: lo leemos pero no lo entendemos. Como hemos dicho, los alumnos aprenden sin esfuerzo a conocer y descifrar todas las letras. El uso del ordenador es un medio que hace más fácil y rápido el aprendizaje. Aconsejamos que los alumnos con síndrome de Down lo utilicen como medio auxiliar, especialmente para la escritura.

  5. Lectura silenciosa

    La mayoría de los alumnos muestran que comprenden o que recuerdan mejor los textos que leen en voz alta. Sin embargo, deben aprender a leer en silencio, con comprensión y con retención de la información. Al comienzo de esta práctica se prepararán textos más sencillos que los que el alumno lee en voz alta. Las primeras lecturas silenciosas suelen ser con articulación, con movimientos de la boca, diciendo todo en voz baja. Poco a poco, aprenden a leer sólo con los ojos o sea con el cerebro, sin necesidad de silabear en voz baja, ni de mover un músculo, enterándose bien de lo leído. Se dan cuenta de que así no molestan a los demás, incluso que pueden leer más deprisa.

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